El cerco

El paisaje era desolador, árido, pedregoso y con algún pequeño arbusto achaparrado producto de las ventiscas gélidas que azotaban la región andina.

Sumido en ese inhóspito lugar, a lo lejos, se divisaba un paraje.

Enclavadas en esa llanura, a la sombra de las montañas, apenas despuntaban algunas pequeñas construcciones rudimentarias.

Sólo dos de ellas estaban habitadas.

En ese fin de mundo, la solidaridad jugaba un papel fundamental. Ambos vecinos se complementaban.

Cierta noche, uno de los campesinos tuvo un sueño. Soñó con delimitar su propiedad.

Transcurrió el tiempo y ese anhelo se concretizó.

Un día, a los pies de la cerca lindera, entre una grieta árida emergió un brote.

Tal acontecimiento fue motivo de asombro.

Nadie imaginaba de dónde provenía.

Era irrisorio que, en esa soledad ambiental, ese tallo lleno de vida emergiera a la luz.

Como era nacido de la nada, era hijo de todos.

Por eso, le prodigaron cuanto cuidado estuvo a su alcance.

Y el tallo evolucionó convirtiéndose en árbol.

No había linde, ni inclemencia alguna que le detuviera. Avanzaba por debajo de la cerca así como también por encima.

Una mañana, una flor asomó de entre sus ramas.

Al cabo de unas semanas, ese pimpollo se convirtió en un fruto cuyo aroma embriagaba el aire de dulzura.

Quiso el destino que el fruto fuera motivo de discordia.

Pues, éste pendía hacía un lado de la cerca mientras que su tronco estaba del otro lado.

Cada uno tenía un motivo de pertenencia.

Pero no quedaba claro quién de ellos tenía la potestad absoluta.

El preciado bien había empezado a marchitarse sin que nadie resolviera el conflicto.

Entonces, ocurrió lo que ninguno se imaginaba.

El fruto se desprendió de la rama y, rodando cuesta abajo por las inmensas llanuras del valle, avanzó a la tierra de nadie.

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