De vinos, amores y muerte

Cuando Luigi subió al barco en Génova nadie lo acompañaba. Su madre y sus hermanos menores se habían despedido de él en el pequeño pueblo donde había pasado toda su vida. Unas pocas casas de piedra, unidas por calles cortadas a pico y pala de la ladera de una montaña. Hacia cualquier lugar que se mirara desde el centro del pueblo se veían las largas filas de las viñas. Salir de la pobre vida de ese rincón perdido de la vieja Italia sería la mayor aventura de su vida.
Había muchos llegando como él. No tenían muy claro a qué país pertenecía esa ciudad a la que habían llegado. Él no entendía la lengua que hablaban. Todo era nuevo para él. Todo lo angustiaba. Cuando otro italiano perdido en la ciudad le contó de una zona donde había plantaciones de viña a Luigi se le abrió una esperanza. Tras mucha búsqueda encontró esa zona de Canelones donde descendientes de italianos y españoles trataban de vivir de la tierra como lo hacían sus antepasados en Europa.
Ya hablaba un cocoliche entreverado que costaba entender cuando lo contrataron en un viñedo que ocupaba varias hectáreas y tenía una gran bodega. Los dueños del predio necesitaban quien se hiciera cargo de las viñas y Luigi los impresionó muy bien. En poco tiempo, les mostró a sus patrones que, esa plantas de troncos arrugados y retorcidos que la mano del hombre mutila y ata como crucificadas a las líneas de alambre, no tenían misterios para él. Allí, carpiendo los surcos, podando, injertando y curando esas plantas Luigi se volvió a sentir seguro. Eso era lo suyo. Allí, se libro de esa angustiosa sensación de esa soledad que lo envolvía desde que le dio el último beso a su madre.
Le adjudicaron una pequeña vivienda para que se instalara a vivir en el predio. Cuando el trabajo era mucho se contrataban peones de otras zonas y, al llegar la vendimia, venían hombres y mujeres para ayudar a recoger las uvas a tiempo.
Así fue que Luigi conoció a María una muchacha de piernas fuertes, blancos brazos y risa alegre. No fue un romance de novelas ni un noviazgo convencional. Tras pocos encuentros, Luigi invitó a María a quedarse con él en su casa. Pasado un tiempo se casaron y se convirtieron en los caseros del establecimiento. Ahora, Luigi había completado su vida, tenía su compañera y dejó para siempre atrás la tan temida soledad.
Con el correr de los años, las risas de María se atenuaron un poco, los arranques de pasión fueron menos frecuentes y la sensación de seguridad que da la convivencia moldeó la vida de la pareja. María era para Luigi el ancla a la realidad de vivir en América. El viejo pueblo de Italia era ahora un recuerdo cariñoso y lejano.
El establecimiento tenía otra actividad muy diferente que era producir el vino. Un capataz general que vivía en otra pequeña casa y varios peones conformaban el personal de la bodega.
Cuando Emilio llegó, contó que había estado casado antes pero ahora vivía solo. Hombre de pocas palabras, hecho al oficio de mandar y muy conocedor de los misterios de la producción de vino de uva. Su relación con el matrimonio de Luigi era amable pero fría. Con sus propios peones casi que no tenía relación personal pero consiguió rápidamente el respeto de todos. Una vez a la semana, salía del establecimiento para ir al pueblo y volver siempre tarde de madrugada. Nunca contó donde iba.
Después de una semana de mucho trabajo, Emilio quiso bajar apurado de la pileta de vino más alta, perdió el equilibrio y terminó en el suelo. Fue casi un milagro que no se matara pero se quebró una pierna en dos lugares. Como lo tuvieron que enyesar, los patrones organizaron todo para que no se atrasara el trabajo. Los peones debían presentarse en su cuarto a recibir las órdenes y María, la señora de Luigi, se encargaría de traerle comida mientras él estuviera imposibilitado de levantarse.
Rápidamente, se estableció la nueva rutina. Todo funcionó bien a pesar del accidente.
Una tarde, Luigi tuvo que ir al pueblo por unas pistolas de sulfatar que había llevado a reparar y le advirtió a María que llegaría tarde a comer.
María preparó la comida y le llevó su plato a Emilio y, mientras esperaba que éste terminara de comer, se sentó frente al hombre a charlar. Conversaron más de lo habitual, se miraron de forma diferente y, cuando los picaros dioses que se divierten complicándoles la vida a los hombres intervinieron, se produjo lo que era más o menos inevitable que sucediera.
Luigi había terminado en el pueblo más rápido de lo que pensaba, llegó a su casa y no encontró a María. Pensó que ella habría ido a llevarle la comida a Emilio y decidió ir a ver como seguía el hombre.
La puerta estaba entreabierta. Sintió murmullo de voces y entró a la pieza. La escena que vio lo paralizó. Los tres enmudecieron e intercambiaros mirada. Luigi se retiró en silencio. Hizo el camino a su casa a los tumbos. Las emociones se atropellaban en su cabeza y sintió volver la angustia del pasado. Lo atrapó esa terrible sensación de estar nuevamente solo en este mundo. Se detuvo frente al galpón. Ahí estaban las piedras de sulfato de cobre con que curaba las viñas.
Cuando uno de los dueños del establecimiento llegó, se sorprendió de ver un auto de policía frente a la entrada de la bodega. Un agente conversaba con una señora que portaba varios papeles de notas y se le acercó.
—Buen día señor, me alegro que haya llegado. Ya hemos terminado nuestra tarea. La ambulancia de la morgue ya se llevó el cuerpo, tomamos declaraciones a la esposa del difunto, al capataz que está imposibilitado en su casa y a dos peones. Yo prepararé el informe para el Juez. Por supuesto que el magistrado tiene que tomar decisión pero le adelanto que mi informe es concluyente. Recomiendo se archive como muerte auto inducida mediante envenenamiento con alta dosis de sulfato de cobre. Causa probable, depresión aguda originada por un conflicto familiar.

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