El anónimo

Cuando lo terminé de leer quedé paralizada por el miedo. Mi cuerpo se heló y mi cabeza bullía. Costó recuperar algo de mi habitual control pero, con ese poquito, empecé a pensar. Lentamente la sangre volvió a su cauce y pude enfrentar una realidad jamás imaginada. Lo insólito era que no entendía por qué a una persona de perfil tan bajo y económicamente mediana le ocurría algo que no correspondía a su nivel. Para broma era muy grotesca ¿qué querría de nosotros esa gente? Como no era solo a mí sino a toda la familia que agredían, decidí que el primer paso era contárselo a mi marido. Lo esperé toda la tarde deseando que no se demorara. Las horas se me hacían eternas. Ni bien entró, me miró y espetó
— ¿Qué te pasa?
—Vamos a sentarnos y te cuento— le dije seria.
Entendió enseguida que algo malo pasaba y me siguió sin chistar a la sala de estar lugar que, hasta ese momento, sólo tenía para nosotros recuerdos gratos. Esta vez no sería igual. Me senté y le estiré la carta que él tomó con temor. Tenso la leyó frunciendo el entrecejo. Al terminar, se tiró para atrás y sacudiéndola me dijo.
— ¿Qué pensás? ¿A quién se le puede ocurrir esta locura?
—No tengo la menor idea. Me he pasado la tarde entre temblores y escalofríos. Por momentos el pánico me domina. Veo fantasmas. Imagino horrores.
—Por ahora, solo tira el celular, total eso es lo de menos.
—Decile a los chicos y vas al banco a retirar los títulos. Todo eso hacelo fijándote bien qué pasa a tu alrededor. Yo me voy a poner en contacto con alguien que nos pueda ayudar.
—No vayas a la policía, por favor, porque pueden tener contactos.
—No, trata de quedarte tranquila. Sobre todo en estos momentos necesitamos a alguien que nos ayude a pensar fríamente. Hemos perdido la paz, no debemos perder la cabeza. Al día siguiente, recurrió a un siquiatra amigo que había colaborado en investigaciones policiales. Él opinó que, por el tono de la carta, se trataba de algo personal y que buscaban destrozarnos la familia. No lo encontró raro. Esas cosas pasaban.
—Mi marido demoró dos días en confesar que una aventura amorosa lo estaba torturando y se le había ido de las manos.

Ahora estamos tratando de recuperar nuestra paz. El fin justificó los medios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.