Encuentro bajo condena

Federica se puso el abrigo, tomó su grabadora y salió con toda prisa hacia la cárcel de mujeres.
Se acercaba la hora de la entrevista y debía ser puntual.
Era una periodista seria, responsable y con una gran sensibilidad para tratar los distintos temas referidos al sufrimiento humano especialmente los que atañen a la condición femenina.
Había quedado conmovida por la historia de Betina una joven madre culpable de asesinar a sangre fría a sus abuelos. Se había interiorizado del caso y entrevistado a las autoridades responsables de la causa, amigos, compañeros de trabajo e incluso había viajado hasta el pueblo donde se habían cometido los crímenes.
A medida que profundizaba sus investigaciones se iba interesando cada vez más en esta peculiar mujer y, le iban surgiendo dudas, inquietudes incluso curiosidad acerca de los abismos a los que puede descender la mente en algunas circunstancias.
Le parecía tener ante sí a dos Betina: una madre tierna y amorosa y a la vez una feroz asesina, pensaba que todas las mujeres en algún momento de sus vidas habían jugado con la fantasía siendo madres amorosas, fieles amantes, pero también pérfidas y vengativas.
¿Qué había conducido a Betina a semejante quiebre? ¿Qué hechos habían soltado esos oscuros impulsos que desbocados tomaron su alma?
Llegó al penitencial y fue conducida al área de talleres de terapia ocupacional donde la reclusa daba clases de maquillaje artístico. Había trabajado hasta antes de su detención en la filmación de cortometrajes desempeñándose como maquilladora y era justamente ese oficio el que cumplía un rol importante en su rehabilitación.
Federica esperó en una pequeña sala de paredes grises cuyo único adorno era un cuadro barato que lucía unas flores rojas dentro de un amarillento jarrón.
Se sentó en la silla y apoyó la grabadora sobre la mesa, entretenida en la visión del cuadro mientras esperaba que el guardia fuera a buscar a Betina.
Las flores del cuadro le parecieron malvones, flores que siempre creyó ordinarias, incapaces de transmitir afectos o sentimientos como las rosas, los claveles o las orquídeas. Cuando era niña arrancaba los malvones del jardín de la abuela y los trituraba en pequeñas tacitas y platos simulando comida para un montón de muñecas hambrientas. Su abuela festejaba el juego y le decía: “Ni se te ocurra tocar mis rosas, solo puedes arrancar el malvón, esa flor no sirve para nada”
Qué injusto pensó ellas también son como estas flores… desechadas… separadas… sin posibilidades de formar parte de un ramo…
La voz del guardia avisándole que traía a la reclusa la sacó de sus pensamientos, se levantó para colocar otra silla frente a ella al otro lado de la mesa. Le gustaba ver de frente al entrevistado: sus gestos, cambios en la mirada, sus posturas. De esa forma podía adentrarse en su mundo, intentar sentir lo que éste sentía.
Una mujer joven con poco más de treinta años, delgada y de largos cabellos castaños le extendía su mano para saludarla. Federica señaló la silla y la invitó a sentarse.
Observó sus ojos oscuros de mirada calma. No transmitían sobresaltos ni estaban a la defensiva, al contrario, creyó ver en ellos una íntima satisfacción por contar su historia, y de esa manera dejar sueltos todos los fantasmas y sombras para ser absueltos a través de la palabra.

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