La mudanza

Alberto había tenido un largo día de trabajo ordenando sus trastos. Mudarse de la casa donde acumuló cosas durante 50 años era  agobiante. Lo peor eran los libros, no solo cansaba bajarlos de las bibliotecas sino que, cada uno, le traía algún recuerdo y no podía evitar ojearlos.

En el  último estante estaban los referidos a fenómenos raros e inexplicables. De todo lo que había leído lo que más respeto le merecía era el trabajo de Joseph Rhine un doctor de la Universidad de Duke en NC que, por primera vez, estudió la parapsicología  científicamente.

Cansado de manipular libros, se quedó dormitando en el sillón. No podía decir si estaba despierto o soñaba pero el señor alto de pelo bien blanco y vestido con formal traje oscuro le pareció muy real.

— ¿Qué hace Ud. con mis libros?—dijo el señor.

—Perdone, pero estos libros son míos y si no tiene inconveniente me podría decir quién es Ud. y cómo entró a esta casa —le dijo Alberto.

—Mi señora me llamaba Joseph pero mis  alumnos me conocían como Dr. Rhine.

— El Dr. Rhine de la Universidad de Duke  murió hace años señor… tendrá que inventar otra historia.

—Bueno no soy exactamente el mismo en persona pero digamos que soy la experiencia  extrasensorial que usted está teniendo ahora del Dr. Rhine y sus ideas —dijo el hombre y tomando uno de los libros siguió, —si Ud. realmente entendió lo que dice acá debería ser capaz de aceptar mi presencia.

—Mire, como chiste está muy bueno pero estamos en mi casa y yo no lo conozco, preferiría que se marche y no tener que sacarlo. He leído la obra de ese científico y me resultó muy interesante pero en fantasmas no creo así que, por favor, váyase.

De pronto, la imagen del señor alto desapareció pero, al darse vuelta en el sillón, Alberto se lo encontró nuevamente detrás de él.

—Si usted ha leído todos estos libros sobre parapsicología debería entenderme. Permítame decirle que está ahora teniendo una conexión con el Dr. Rhine, que está en algún lugar de uno de los infinitos  universos, diferentes al suyo. Supongo que usted habrá leído algo sobre física cuántica y múltiples universos porque,  a pesar de su aspecto desalineado, parece educado.

—Así que Ud. ¿es el fantasma del gran científico?

—Si realmente quiere entender esto cállese y escuche. Yo sufrí, como todo humano, el terror a la muerte y busqué por iglesias, templos, cofradías y sociedades secretas, mitos y leyendas que aliviaran mis angustias existenciales. Créame que respeto todas esas opciones pero ninguna me calmó. Mi formación académica me hizo buscar la explicación a los fenómenos que sustentan esas leyendas. Me propuse estudiar, como no se había hecho nunca, el mundo de los santones y los magos. La parapsicología científica es el resultado de mi trabajo. Cuando Ud. lo lee en estos libros puede parecerle fácil, pero créame que fue una lucha sin cuartel que me llevó toda la vida.

—Mire, no me hace gracia que haya entrado a mi casa pero admito que  la parapsicología me atrae y que siempre sentí mucho respeto por el Dr. Rhine, al que usted parece querer representar acá.

—Si no fuera que tuve que tolerar impertinentes torpes como usted por años, sería capaz de enojarme, pero trataré de desasnarlo sin agraviarlo demasiado.

Alberto sonrió un poco, de alguna forma este  tipo le caía en gracia.

—Cuando yo comencé mis estudios nadie me tomaba en serio, parecía que las mejores mentes de la academia eran incapaces de pensar algo más allá de tornillos,  tuercas y electrones. ¿No sé si me explico? Finalmente  conseguí que en Duke me financiaran el laboratorio y crearan la Facultad de Parasicología. Créame que antes pasé por  un infierno de discusiones y negociaciones.

—Sí, es cierto que el Dr. Rhine luchó mucho por imponer el método científico en la investigación de lo que se consideraban fenómenos de magia. Pero hay que admitir que son temas que se prestan para la polémica.

—Sí, pero las mías no eran discusiones científicas. Por un lado, estaban los religiosos que tiemblan ante cualquier análisis de estos temas porque les mueve el piso y, por otro, los soberbios que  creen que el universo ya no tiene misterios para ellos.  Estos últimos son aún peores que los monjes. No  crea que es fácil investigar seriamente temas que pertenecieron siempre al mundo de las supersticiones. Se necesita dedicación y la voluntad de tolerar la impertinencia de los torpes sin enojarse.

—Yo tengo entendido que algunas importantes mentes de su época respetaban sus investigaciones.

—Es cierto pero también otros me sabotearon el laboratorio cancelando fondos y haciendo toda clase de chicanas.  Usted no tiene idea de la maldad que puede encontrarse en el mundo académico.

—Usted probó que algunas personas se comunicaron sin uso de alguno de  los sentidos.  No es poca cosa, pero creo que nunca llegó a explicar por qué y cómo ocurren esos fenómenos.

—No me dieron tiempo, créame que ahora estando del otro lado lo entiendo pero también sé que la gente de su lado no está lo suficientemente abierta para aceptarlo. Lamentablemente, solo lo va a entender claramente cuando este de este lado, digamos cuando haya tenido su última mudanza.

— ¡Por favor! no me hable de mudanzas, recién estoy comenzando con ésta y usted me está amenazando con otra.

—No se preocupe. La última es la más fácil.

— ¿Ah sí? ¿Por qué es tan fácil?, si se puede saber.

—Porque  en la última los otros hacen todo el trabajo y usted ira “literalmente” en coche.

El fantasma de Rhine  terminaba de esfumarse en la pared y su risa seguía retumbando en la sala. Fue entonces que Alberto no pudo menos que esbozar una sonrisa.

—¡Alberto! ¡no has adelantado nada! te quedan cientos de tus benditos libros para meter en cajas y ¡estás dormitando! —le dijo enojada su esposa.

—No, no vieja… te juro que hoy termino, me quedaré hasta la hora que sea necesaria pero meteré todos mis libros en cajas. ¿Te molestaría mucho hacerme un cafecito a ver si me despabilo un poco?

El escribiente

Se sentía mal, muy mal con ese trabajo que desempeñaba  en el Ministerio de Educación.  Mirado desde afuera, por cualquiera que no supiera  su verdadera tarea, parecía un empelado administrativo como tantos: sentado frente a un escritorio, tecleando sin cesar frente al monitor de la computadora y de vez en cuando ir por un café o levantarse para charlar  con sus compañeros.

No atendía al público,en realidad  todos leían sus documentos, pero no conocían su rostro.

No era amigo personal del Ministro pero sabía que éste lo tenía en gran estima y confiaba en sus cualidades profesionales.  Lo que sí le preocupaba era la fama que estaba cobrando entre la gente especialmente entre los directores de escuela, profesores y maestros.

Rodríguez el de la oficina contigua a la suya le había dicho el otro día:

—Che… ¿sabés como te andan diciendo por ahí?  Inquisidor o algunos dicen Anonymus… en el gremio docente ya es vox populi que vos hacés el trabajo sucio para las autoridades… ¿qué me contás?¿ todos hablan de vos no? …y todo eso sin salir de estas cuatro paredes.

Abatido, apoyo los codos sobre uno de los libros con el que estaba trabajando y sostuvo su cabeza con ambas manos en un claro gesto reflexivo.

Sentía que se había traicionado a sí mismo, él un librepensador, un escritor con años en su oficio se había vendido por conseguir una mejor posición económica,creía que era un cobarde, un prostituto.

Acarició algunos de los libros esparcidos sobre la mesa y fue repasando sus autores: los hnos. Grimm,  Perrault,  Andersen  a ellos también los había traicionado. Les pidio perdón en silencio a esos grandes maestros por haber estado todos estos años haciendo burdas adaptaciones de sus cuentos.

Recordó su primera entrevista con el Ministro

la idea es que  como uno los objetivos para la educacion en este trienio es abatir todo estereotipo o discriminación que pueda expresarse en cualquier producción artística, tú puedas encargarte de revisar toda la literatura infantil y hacer nuevas versiones de los cuentos en donde aparezcan expresiones políticamente correctas.

Al otro día sus compañeros del ministerio lo vieron trasladar  gruesas pilas de libros a su oficina y leer en forma ininterrumpida por varias horas.  Las páginas se iban llenando de aclaraciones al margen, subrayados y al igual que un cirujano, el escribiente iba eliminando o corrigiendo aquellas expresiones infectadas que pudieran dañar a todo el sistema. Luego, ya frente a la pantalla, abría un nuevo documento con la versión saneada, edulcorada y tibia de los cuentos clásicos infantiles ya preparados para ser leídos o contados a los aún inocentes oídos de los niños.

Para ellos soy un héroe pensó, imaginando al Ministro y consejeros. No tienen idea del gran esfuerzo que me llevó todo esto, prácticamente tuve que reescribir todas las obras clásicas de la literatura universal infantil. Ahora que lo pienso… se me paga  muy poco por esta tarea. Tuve que leer por horas y horas, Blancanieves, Cenicienta, Pulgarcito , Hansel y Gretel y mil títulos más…y extirpar como si tuviera un bisturí…no saben la cantidad de ideas peligrosas que encontré…xenofobia, machismo, canibalismo, incesto, racismo, violencia de género, bullyng  y un montón más de horribles alusiones.

Deberían agradecerme públicamente, si, en verdad eso es lo que merezco, salir en televisión y que las autoridades me presenten… destaquen mi fiel servicio a la comunidad y reconozcan que gracias a mis nuevas versiones de los clásicos los jóvenes podrán convertirse en ciudadanos correctos y amables.

Pero… ¿qué estoy pensando? Eso nunca va a suceder, voy a pasar a la historia como un  simple funcionario estatal que plagió cuentos tradicionales  que hicieron felices a nuestros padres y abuelos pero que nuestras actuales generaciones  nunca conocerán sus versiones originales por ser inadecuados para el nuevo ideal de ciudadano.

Obsesión

Aquel día frío, gris y ventoso fue a mi encuentro mientras yo contemplaba desde el umbral la casona que me albergaría por una larga temporada. Como se me había especificado, debía extraer la llave del pórtico y, una vez dentro, me dirigiría solamente a las habitaciones asignadas. Así lo hice. Pasé por alto dos grandes puertas que, evidentemente, el mundo que yacía en su interior ya no pertenecía al presente porque estaba vedada su entrada. Apenas me detuve a mirarlas, avance por el pasillo y deparé con la puerta abierta de mi habitación, dejé mis pertenencias y entonces me percaté de que mi cuerpo estaba maltrecho. El viaje había sido largo y engorroso. Encendí la hoguera para que se templara la casa, pues el aire que ahí habitaba estaba completamente gélido. Luego, dejé correr el grifo de la bañera y me sumergí en ella entibiando todo mi ser. Sacié mi hambre en la alacena y embriagué mi sed. El sueño de mi primera noche en la casona llegó sin que lo llamara. A la mañana siguiente a mi llegada, ya más clarificada mi mente y descansado mi cuerpo, deambulé por la residencia y sus alrededores. Quería sentir la casa, el entorno, embeberme de todo para recobrar la energía que había perdido tiempo atrás. Me había gustado su estilo nomás al verla en la foto cuando buscaba algo para alquilar. Su prestancia, solidez, sus verdes e extensas praderas, sus bosques de pinos, el aroma de roble lustrado y de flores silvestres, terminó por conquistarme. Su apacible entorno venía acompañado de un recogimiento a temprana hora, pues oscurecía antes de tiempo y dependía del defectuoso andamiaje del generador para mantenerme aún en actividad. A medida que pasaban los días, yo me iba familiarizando con la casa. Era el espacio que deseaba e necesitaba, un tiempo a solas para reencontrarme y volver a producir la escritura abandonada. Y, en ese andar de los días, una inquietud fue minando mi razón. Aquella idea fija me acompañó hasta el momento en que burlé la orden y, forcejeando la cerradura, accedí a la habitación cerrada. Mi corazón se aceleró, mis ojos exorbitados por el asombro no parpadeaban, mis pies titubearon al avanzar. Entonces, de a poquito, fui viendo volúmenes sin fin sobre los estantes esperando que alguien los desempolvara y los volviera a la vida, donde cada letra despierta formando una palabra y esa palabra crece armando una frase y esa frase se ramifica para dar lugar a un cuento y el cuento se queda adormecido esperando hasta que alguien lo despierte. Entonces, pasé a prolongar mis instancias ahí dentro, incluso me salteaba las horas de los alimentos y, cuando el generador dejaba de andar, yo seguía a la luz de la vela, leyendo y consumiéndome como ella, devorando y siendo devorada por los libros. Hasta que un día, me dejé llevar lo poco que me quedaba de vida, me entregué a ellos esperando una nueva vida que abriera la puerta cerrada de una biblioteca ávida de lectores.

Negocio frustrado

El hombre era una figura negra transitando a paso urgente por  la vereda del lado norte del muro del cementerio central. Ernesto caminaba al ritmo de sus acelerados pensamientos. Su anticuada gabardina lo protegía del viento del sur y de la diminuta llovizna de esa mañana.

Su preocupación le mantenía el rostro crispado y una mirada fija y trastornada detrás de la cual se adivinaba cierto miedo. A veces, alguna que otra palabra adquiría un sonido perdido en el movimiento involuntario de sus labios.

Nunca, nunca hice esto en mi vida. ¿Qué me está pasando? Si mi vieja me viera ahora no lo podría creer. Ella que tanto se preocupó por mí, por mi bienestar, por mi futuro. Y ahora, tremendo lío tengo. Ya no me queda nada para vender. Vieja, pedoname.  Otra vez  vas a tener que sacarme de un embrollo. Pero ahora, desde la tumba.   Vos vas a entenderlo, estoy seguro. Total los dos sabemos que muertos no somos nada.  Que el cuerpo no significa nada, eso me lo inculcaste de chico. “Vos, Ernesto, no vayas al cementerio a visitarme. Ahí no están los muertos. Los muertos habitan otro mundo que los vivos no conocen”.  Y yo cumplí, vieja. Recién hoy vengo y, aunque parezca mentira, ya hace siete años que vivís del otro lado. Entonces, estoy seguro que me entendés porque  acaso ¿te puede importar dónde van a parar tus restos? Es que me lo jugué todo vieja, de tu herencia queda tan poco. Pero le debo al  “el pardo” y es un tipo bravo. Es capaz de cualquier cosa…estoy acorralado, vieja.  Le debo más de lo que vale la casita que me dejaste. Te juro que si no, no  lo haría. Nunca fui un mal hijo… pero vos fuiste una gran madre. La mejor.  Estés dónde estés tenés que saberlo porque ¡me cae mal hacer esto!  Dejar el nicho vacío, sacarte de ahí y no saber ¡dónde te van a tirar! Porque esa es la palabra, te van a tirar y yo nunca voy a saber dónde…

Cuando llegó a la oficina dentro del cementerio, estuvo a punto de darse vuelta. Fue una mezcla de remordimiento y miedo.  Entonces escuchó la voz de su amigo hablando con el funcionario encargado de la tarea, diciéndole:

—Yo estoy aquí en contra de mi voluntad.  Le vine a hacer un favor a un amigo. Siempre fue un tarambana y ahora  se le ocurrió esto para sacar unos dólares. El nicho ya tiene comprador y el loco está lleno de deudas. La verdad es que me siento incómodo haciendo esto.  A la madre debería dejarla descansar en paz… y…

—Esto es peligroso, ¿sabe? –le  interrumpió el funcionario de necrópolis -le puede ir muy mal con la justicia.  Son muy estrictos y, si él quiere que las cosas funcionen bien, va a tener que dejarnos buena plata, si no  los riesgos van a ser mayores.

—¡Pah! Menos mal no le dije nada a mi mujer, no me hubiera dejado venir. Mi amigo nunca le cayó bien.

Ernesto se dio media vuelta y rehizo el camino entre cipreses, sintiendo una semi-asfixia y un dolor insinuándose en el costado izquierdo del pecho.  Salió presuroso con el sentimiento de querer ser invisible. Recorrió varias cuadras hasta llegar al centro y sintió el alivio de ser anónimo entre tanta gente. Necesitaba esconderse, y se refugió en la iglesia del cordón.  Sin habérselo propuesto no bien escuchó el órgano, algo especial se apoderó de él y se sintió guiado hacia el confesionario. El sacerdote parecía estar  esperándolo. Entonces comenzó a  hablar y sus palabras fluían lavando su corazón, el dolor comenzó a retirarse y su respiración se hizo pausada.

Un enorme alivio se instaló en su cuerpo. Pronto se dio cuenta de que el bienestar provenía de su interior, que después de tantos días de culpa elaborada paso a paso, había logrado quitársela de encima toda junta.

Salió de la iglesia, con la mirada limpia y un brillo nuevo en sus ojos. Caminó con determinación hasta la ciudad vieja y en la calle Piedras, muy cerca del puerto, se detuvo ante una puerta  arruinada por el tiempo y el maltrato. Tocó el timbre y azorado se escuchó decir:

— ¿Está “el  Pardo?” decíle que soy  Ernesto, que quiero hablar con él.

 

 

Ideales de una violeta

Entre dunas y arenas de la Arabia creció una violeta inspirada por algunas humedades presentidas. Miró divertida su entorno y no encontró aridez sino un paisaje divertido. Plena de luz y de esperanza, formó escaleras de ilusiones que fue trepando lentamente, buscando la calma de la altura. Luchó contra el viento y la arena,  para no ser sepultada con violencia; luchó contra el sol que la secaba y el frío tremendo que la luna dejaba en el aire de las noches.

Luchó por aquello que sabía daría sentido al  afán de su existencia.  Hizo peldaños en el aire, formando puentes y enramadas jamás vistos en Arabia y cubrió de violetas su camino.  Trepando, desde sí, logró mirar el cielo cara a cara. Pronto notó que el cielo y su mirada eran el espejo de su alma, que el reflejo de sí misma era igual al que el cielo  derramaba.

Y volvió para contar a todos su experiencia. Llena de humildad, la violeta les narraba, infundiendo en los otros aquél entusiasmo que había heredado en las alturas.

Algunos la siguieron, otros no, muchos distrajeron su mente y sentimientos usando las sabias palabras que la humilde violeta trasmitía.

Pero un día amaneció distinto a las mañanas anteriores, el desierto,  teñido de violeta, llevaba en el viento perfumado su mensaje y la tierra convirtiose lentamente en paraíso, haciendo realidad los ideales de aquella  violeta  valiente y trepadora que se miró en el cielo y no dudó en  bajar para contarnos lo que vio.

“Para maravillarnos,” repetía “sólo hay que atreverse a mirar cara a cara, el escondido cielo  que llevamos  oculto dentro nuestro”.

 

 

Cosecha perdida

Salió de las entrañas más profundas de su ser

para volver a explotar en un titánico grito,

 

Hundió las lágrimas en  mancillada paciencia

y desgarró el alma hasta volverla jirones

 

Enterró sus manos en la tierra seca

hasta quebrar sus uñas en la estéril vegetación

 

Y así…

quedó durante largo rato

inmutable

ante el paso del tiempo

 

Secó su rostro mugriento de lágrimas y barro,

Irguió el cuerpo vencido,

Colocó su sombrero de paja gastado

suspiró resignación

Siguió caminando

seguro…

sin mirar atrás.

La hamaca

Sofía había pasado muchas veces por donde yo me lucía en un rincón de la juguetería. Yo tenía unas fuertes cuerdas trenzadas y mi color rojo brillante resaltaba toda mi estructura. Ella, cada vez que podía pasaba por el lugar, quedaba como hipnotizada mirándome por largo rato. Sería por mi escandaloso color. Hasta que por fin, un seis de enero, me llevaron a su casa. Su alegría fue tal que, en cuanto Carlos me colgó del viejo árbol en el jardín, no resistimos la tentación de hamacarnos hasta el cansancio. Desde ese día fui una compañía durante todo el verano. Me compartió con primos y amigos. Disfrutamos amaneceres. Pelamos jugosos higos calientes en las calurosas tardes de verano. Apenas me di cuenta de cómo fue creciendo la niña hasta que, un día, me sorprendió verla sentada sobre mí con un  vestido blanco para dejar tomarse una foto de su décimo quinto cumpleaños. Fui testigo de sus secretos y celestina de su amor con Enrique. Nos hamacábamos cuando estaba alegre y también cuando había algún problema.

Así, fue pasando el tiempo hasta que pasé a ser un adorno más en el jardín. Solo Carlos me recordaba cuando en primavera me daba una mano de pintura.

Ahora, cuando Sofía viene de visita, a veces se sienta un ratito pero ya no se hamaca como solía hacerlo. Últimamente, usa unos vestidos enormes y camina balanceándose de un lado a otro, hasta la noté más linda.

El otro día, me llevé tremendo susto cuando le dijo a Carlos que tenía una idea sobre que hacer conmigo. “Pienso que si la reformás, le adaptás unas maderitas de seguridad y la pintás de azul va a quedar como nueva” le dijo colocando sus manos sobre su pronunciado vientre.

Yo escuché cómo él con una sonrisa balbuceó: “¡A mi nieto le va a gustar quizás como le gustó a su madre!” y me dio un hamacón que me hizo llorar de alegría.

La ciudad perdida

Todo aquel que en ella se adentra, inevitablemente, irá cubriéndose de ausencia de luz, de un frío perpetuo, de un cuerpo sin alma.

Muchos de ellos, sin esperanzas, se dejan llevar, suspendidos por un soplo de viento, hacía el eterno portal que, de par en par, les aguarda pacientemente.

Otros, creyendo gobernar sus propios destinos, se aventuran puertas adentro vagando sin rumbo.

Luego, por temor a perderse entre las tinieblas, indecisos en las encrucijadas del camino y apresurados traspasan el iluminado umbral antes de que el tiempo se les anticipe, cerrando, de una vez y para siempre, las puertas de ese mundo.

Esos, aún no saben…

… que no están faltos de vida

… que  la oscuridad infinita ni se les impregna ni se los absorbe.

Después de ese largo e infinito peregrinar por el puente de los desalmados, los que aún pudieron volver en sí, los que regresaron de ese mundo muerto saben que, en alguna vuelta de la vida, la población de la ciudad perdida los estará esperando.

¡Qué mal recuerdo!

En el mostrador del consejero para estudiantes católicos de la Asociación Cristiana, una buena samaritana trataba de ayudar al muchacho que la consultaba.

—Sí…sí… yo te puedo recomendar alguna de las familias que ofrecen cuartos en alquiler para estudiantes. Te costará menos que vivir acá, tendrás derecho a usar la cocina y eso te bajará los gastos.

—Me interesa mucho.  Yo no  necesito un lugar lujoso, sólo pretendo que sea  limpio y cerca de la línea de subte con la que voy a Queens todos los días.

—Lo normal es que te den acceso a un baño y puedas cocinarte, tendrás que tener tus elementos de  cocinar separados y dejar todo limpio. Siempre es recomendable comer en el  dormitorio a menos que te inviten especialmente a usar el comedor.

Mientras la señora le buscaba una habitación para alquilar en su enorme fichero,  el entusiasmo del joven por esa solución iba en aumento.

—Aquí tenemos  una familia de 4 personas,  alquilan dos piezas y tienen una libre en este momento. Son de apellido Johnson y la señora se llama Barbara. ¿Cuándo puedes ir a verla?

—Puedo ir hoy mismo… si a ella le parece bien.

—Hola, ¿señora Barbara? La visitará un joven de mi parte. Por favor, muéstrele la habitación y explíquele las normas para usar la cocina. Él  necesita mudarse inmediatamente y  ya le informé lo que Ud. cobra de alquiler. ¿Puede ir hoy a las 6:30?

En febrero y a esa hora Manhattan ya está casi oscuro. Cuando él salió de la estación, la calle estaba desierta. Lentamente, recorrió las tres cuadras en dirección a la casa. El aspecto del barrio no le impresionaba ni bien ni mal, eran las clásicas brownstone houses  de la ciudad.

Una señora de unos cincuenta años con  su mejor sonrisa lo hizo pasar.

—Vengo por la pieza… enviado por la consejera de la Asociación Cristiana— le dijo,  algo sorprendido.

—Sí… sí… estamos esperando para conocerte

El pequeño zaguán de estas casas da directamente a una sala principal. En sillones de gordos brazos, la familia completa rodeaba una pequeña mesa. Todos miraban al visitante con especial atención. Él hubiera podido jurar que se habían vestido y peinado para recibirlo. El esposo de la señora se levantó presuroso a saludar. Detrás de él y algo más tímidos, dos muchachos adolescentes también se acercaron.

Barbara hizo las presentaciones por el nombre de pila de cada uno.

A pesar de su poca experiencia y de estar en un mundo completamente nuevo para él,  se percató del particular esfuerzo de todos por caerle bien. Lo que no hizo más que aumentar su desazón.

Recorrieron el cuarto que tenía disponible para alquilar, el baño y la cocina. Todo resplandecía. Todo lucía como lo que el realmente necesitaba. Nada le daba la excusa  para salir de allí rápidamente.

Al  volver al living, todos los ojos lo miraban esperando su decisión. El Señor mayor  en vos baja le preguntó:

—¿Es esto lo que estás buscando?

Contestó con un entrecortado murmullo que ni el mismo entendió. No podía dejar de mirar la puerta, quería  irse de la casa cuanto antes.

—Muchas gracias y buenas noches—dijo dirigiéndose a todos.

Barbara lo acompañó a la puerta. En su mirada se veía  que ella no necesitaba preguntarle que había decidido.

Sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, se apuró un poco para no perder el próximo tren que lo llevaría de vuelta al centro de la ciudad.

No podía sacar de su mente la imagen de esa amable familia de negros esperándolo con sus mejores ropas en una sala impecable de esa casa ubicada la última calle del Harlem. Le tomaría años poder recordar esa escena del inicio de los 60 sin sentirse un cretino.

Despedida

Al salir del cementerio, el sol lo deslumbró. Sus ojos humedecidos se habían acostumbrado a la sombra de los altos cipreses. Los abrazos se sucedieron,  agradeció todas las palabras de apoyo aunque algunas casi ni las escuchó. Amigos, familia y conocidos se alternaron para  expresarle que compartían su dolor. El encargado del cortejo le indicó el auto que lo llevaría a su casa pero él hizo una señal con su cabeza y se alejó de la puerta caminando. Los amigos comprendieron y lo dejaron irse solo. Caminó varias cuadras sin percibir el ruido del tráfico a su alrededor y, al llegar a la esquina, tomó hacia el mar.  Se detuvo en una especie de parque detrás del cementerio donde un destartalado banco enfrentaba el mar.

Sentado de espaldas  a los muros, dejó su mente divagar mientras sus ojos miraban ese enorme escenario donde a nadie le importaba lo que él había perdido.  El cielo era profundamente  azul, apenas salpicado de copos de nubes.  Al fondo de la escena, unos barcos inmóviles parecían clavados en el mar. La línea entre el agua y el cielo era  difícil de definir.

Por la rambla, un río de autos  pretendía  convencerlo de que la vida continuaba, de que no se había terminado con la ceremonia que vivió detrás de  esas paredes. Pero él no estaba seguro, habría realmente otra vida por delante  o sería  sólo una espera a la próxima  ceremonia en la que él fuera el  homenajeado.

… duele pero no sé bien qué es lo que duele…pero no sé dónde… debe ser eso que llaman  alma, sí debe ser que me duele el alma… no duele como una herida o como… en  realidad… no sé si es dolor… más bien es una especie de vacío… sí vacío, eso es… vacío…

Unos muchachos pasaron por la calle en bicicletas gritando y riendo, parecían muy felices.

yo también tuve mis risas… sí… hace tiempo… mucho tiempo realmente.

Los barcos seguían  en el fondo del paisaje. El cielo había cambiado de celeste brillante a casi azul  oscuro mientras comenzaban a aparecer  unos puntitos que debían ser las estrellas.

… nunca se ven estrellas de día… debe ser que es  tarde… si debe ser eso… los autos  tienen las luces encendidas… el cielo está más oscuro… se está haciendo de noche… tendría que volver…

Un perro de raza indescifrable con un ojo rodeado de una mancha negra y el resto del cuerpo envuelto en sucio pelambre se sentó frente a él a mirarlo… como esperando algo.

— ¿Qué buscas? Yo sé que  debés de tener hambre pero no tengo que darte.

Uno de los barcos había desaparecido. En el otro se veían titilar algunas luces. El color del cielo era ya un profundo azul. El mar lucía negro marcando claramente el horizonte. Le parecía que las luces de la interminable fila de autos sonaban a vida.

y siguen… si para ellos nada pasó… siguen con sus cosas… con sus apuros… algunos con sus alegrías… otros con esa ilusión de que son inmortales… de que a ellos no les…

El perro se sentó a su lado casi tocando sus piernas.

—Se nota que vos también te has quedado solo, seguime tal vez quedó algo en la heladera.