Delirios cruzados

— ¿Sabe Ud. por qué se encuentra aquí? —preguntó el médico al hombre joven sentado con la cabeza gacha en el sillón estilo tudor  de la vieja casona colonial, convertida ahora en clínica psiquiátrica.

—No… no… no… no… no lo sé… —contestó levantando  sus ojos ausentes hacia el galeno que posiblemente esperaba una respuesta que satisficiera sus grandes expectativas respecto al tratamiento.

El Dr. Bonaparte era un médico con una excelente trayectoria, respetado por sus colegas y con un curriculum intachable desde el punto de vista ético.

Desde hacía unos años, se había dedicado a tratar pacientes que no habían respondido a las terapias convencionales. La mayoría habían sido derivados por otros psiquiatras que consideraban  sus métodos alternativos, combinados con los de la medicina tradicional como un último recurso frente a las patologías más complejas, los más exitosos.  Desde sus épocas de estudiante, ya creía que el destino lo llamaba a trabajar con aquellas personas aquejadas de las más serias dolencias psíquicas y se tomó dicha ambición como un reto. Su familia, que  gozaba de una buena posición social, no tuvo inconvenientes en financiar  innumerables viajes para concurrir a distintos congresos de la especialidad.  El doctor, guardaba celosamente las historias clínicas de todos sus pacientes como un sacerdote  que protege cuidadosamente los secretos de  sus fieles.  Todas las noches se lo veía sentado en su escritorio con una taza de café revisando una a una las carpetas, releyendo lo que había escrito, verificando que no hubiera ninguna incongruencia, ni una coma, ni un punto fuera de lugar.

Pensaba a veces, cuando no lograba conciliar el sueño, que tenía material suficiente como para escribir un libro.  Se imaginaba pidiéndoles autorización a las familias de los pacientes para relatar sus casos con nombres ficticios. Su libro sería reconocido por la comunidad médica y por el público en general que, por fin, reconocerían su don para combinar diferentes métodos de cura.

Un día, llegó Tadeo a su consulta acompañado por un atribulado familiar que le pedía lo internara para curarle una  tenaz depresión  que consumía poco a poco las resistencias de su familia.

Tadeo era un muchacho agradable, de cabellos claros atados en una cola que asomaba debajo de su gorro colorido de lana. Tenía un hablar pausado como si pensara cada una de las palabras que emitía, arrastraba los sonidos y hacía frecuentes pausas como evadiéndose por momentos del presente.

No había podido terminar secundaria, tenía treinta años y ningún trabajo fijo. Desde niño había sido criado como un pequeño rey: con instruidas nanas, en los mejores colegios y llevado a lo de sus amigos por el chofer.

Tadeo anhelaba una vida llena de afectos, signada por relaciones auténticas, desprovistas del afán de brindar una buena imagen como pretendían dar sus propios padres.

Una vez, un amigo del colegio lo invitó a las reuniones de un grupo en que sus integrantes  se definían como defensores de la ecología y, allí, comenzó su largo periplo por distintas técnicas alternativas y naturales que, según él, podrían restablecer el equilibrio roto entre el hombre y la naturaleza.  Tadeo se declaraba en contra de la civilización y creía que su propio ser se iba a desarrollar sin contratiempos apartado de una sociedad consumista y deshumanizada.

En uno de los tantos grupos que frecuentó, conoció a Micaela y, por primera vez, sintió que era importante para alguien. Ambos compartían una misma forma de ver el mundo, un mismo estilo de vida. Ya no debía preocuparse, no iba a ser criticado por su comida, su vestimenta, ni por su manera de hablar o su ideología. Micaela era su alma gemela.

A los pocos meses de conocerse, decidieron irse a vivir juntos a una comunidad de ambientalistas  que construían sus viviendas  en un apartado y agreste predio a escasos kilómetros de la capital.

En ese paraíso, Micaela quedó embarazada. El embarazo de Micaela fue vivido con muchas expectativas, informándose ambos acerca de las  formas de parir  de los distintos  pueblos indígenas y decidieron que el nacimiento tendría lugar en la casa con la ayuda de la comadrona que había iniciado a la joven madre en las artes del parto natural.  Ya cuando los dolores habían comenzado y luego de una convulsión,  Micaela  perdió la conciencia,  Tadeo, desesperado, corrió a llamar a la emergencia pública.

Las palabras del médico quedaron siempre resonando en su cabeza como un martirio del cual nunca podría escapar.  “Lo lamento mucho…  esto… se podría haber evitado…. ¿por qué la señora está acá? ¿por qué no fue al hospital?”  Solo recuerda que salió de la cabaña, se tumbó de cara en la arena y hundiendo los puños hasta rasparlos fue golpeando el suelo hasta que todo el odio y el dolor por la muerte de su mujer e hijo lo dejaron exhausto.  Cree que pasó varios días en la casa paterna acostado con la mirada perdida, durmiendo de vez en cuando por efecto de la medicación.

El Dr. Bonaparte accedió a ser su psiquiatra pero, al cabo de un año de terapias, Tadeo continuaba siendo la sombra de aquel joven idealista e ilusionado  que una vez fue.

Ahora, lo tenía ante sí y, mientras intentaba escrutar su rostro escondido, iba sintiendo surgir la ira: apretaba los puños escondidos en los bolsillos, su voz sonaba prepotente, la respiración agitada movía el estetoscopio de su pecho con inusual vaivén. Su pensamiento repetía…no puede ser…siempre han respondido….  ¿Por qué ahora?  Tiene que haber resultados….si encontrara la cura… mi libro… sería conocido por todo el mundo.

—Dr. Bonaparte— dijo una voz proveniente de su espalda— gracias por su intervención, ocupe su lugar en la ronda, ahora le toca al siguiente paciente.

Las palabras eran las que el director de la clínica habitualmente decía en la sesión de psicodrama que tenía a cargo y que él no había querido dejar de decir aún cuando fue nombrado en sustitución del Dr. Bonaparte.

 

 

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