Esto ¿será el fin?

Desde el estante en que estoy sentado veo el ir y venir de mi dueño por toda la habitación. Su intenso trajinar de un lugar a otro guardando ropa en las valijas llena de incertidumbres mi suave cabeza rellena de estopa. Lo he visto crecer. He sido testigo de sus rabias, alegrías y miedos. Como amigo incondicional,  escuché en confidencia sus penas cuando me apretaba en un rincón de este mismo dormitorio.

No puedo creer las palabras que le escucho. Sus palabras impactan en mis orejas de piel desgastada y arrancan lágrimas de mis ojos de vidrio color miel.

— ¡Ey mamá! ¿A quién era que le íbamos a dar el oso?

Me espera un futuro incierto. Siento un temblor en mi panza cubierta por la pana roja de mis pantalones y miro con ansiedad a mi vecino de al lado. Un inquietante robot de metal que se para con dureza y soberbia ajeno a los acontecimientos. “Yo no me preocupo” afirma escudriñándome con su único ojo sano. “Acepto mi suerte, he nacido para luchar, para medirme con otros de mi misma condición y las heridas en el campo de batalla es el precio que pago por salir victorioso.

Veo a mi dueño acercarse. Me toma por el cuello y me coloca en la caja de cartón que reposa bajo la repisa. El contacto con esas  manos ya crecidas que me aferran  me recuerda a la primera vez que nos vimos. Las manitas regordetas acariciándome agradecidas y su voz de niño dándome un nombre me devuelven sentimientos que ya creía olvidados. Ya  no siento miedo, me acompaña una serena convicción de haber sido feliz.  Aún creo que bajo mi añosa apariencia guardo un anhelo juguetón dispuesto a experimentar nuevos retos. Me gustaría encontrar otro niño que me abrace y apoye sus labios sobre mis peludas orejas dispuestas a escuchar otras penas susurradas en algún oscuro zaguán,  refugio de secretos.

Oigo pasos y murmullos. Una  voz impersonal, sin inflexiones, seguramente es el robot. Cae en la caja a mi lado. Los pesados brazos a los costados, la postura tiesa. Creo ver resignación en su  mirada aceptando nuestro destino como un soldado que cumple órdenes ajenas.

Escucho pisadas nuevamente y por última vez la voz de mi dueño que se acerca a cerrar la caja.

—Mamá voy a rotular esta caja, qué escribo: Los teros, hogar de niños ¿no?

Levanto una pata para despedirme y con ella seco una lágrima que me sabe a miel.

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