Hijos

Él apaga el televisor. Levanta el teclado y lo tira contra la mesa. Varias teclas saltan de su lugar. Se cae el portalápices.

Su mujer grita desde la otra habitación:

— ¿Qué sucede?¿Estás loco? ¿Qué te pasa?

—Es el atorrante de tu hijo, me escribe que no va a poder devolverme el dinero este mes… claro es un cobarde, ni se anima a decírmelo personalmente ¡me tiene que mandar un mail!… está de gracioso.

—Pues no te olvides que también es hijo tuyo, lleva tu sangre, por suerte… no saca tu carácter.

— ¡Él tuvo todo servido en bandeja! Nela. No sabe lo que es el sacrificio. Yo tuve que lograr las cosas yo solito, con mucha disciplina.

—Los tiempos han cambiado,  Juan, —dice su mujer tratando de juntar el portalápices y poniendo el teclado en su lugar. —Además… Robertito siempre te admiró, trató de cumplir con todo para dejarte contento. Era la forma que él tenía de demostrarte amor…Y la única que tú aceptabas.

Y diciendo esto, abrió la puerta y se fue.

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