La ciudad perdida

Todo aquel que en ella se adentra, inevitablemente, irá cubriéndose de ausencia de luz, de un frío perpetuo, de un cuerpo sin alma.

Muchos de ellos, sin esperanzas, se dejan llevar, suspendidos por un soplo de viento, hacía el eterno portal que, de par en par, les aguarda pacientemente.

Otros, creyendo gobernar sus propios destinos, se aventuran puertas adentro vagando sin rumbo.

Luego, por temor a perderse entre las tinieblas, indecisos en las encrucijadas del camino y apresurados traspasan el iluminado umbral antes de que el tiempo se les anticipe, cerrando, de una vez y para siempre, las puertas de ese mundo.

Esos, aún no saben…

… que no están faltos de vida

… que  la oscuridad infinita ni se les impregna ni se los absorbe.

Después de ese largo e infinito peregrinar por el puente de los desalmados, los que aún pudieron volver en sí, los que regresaron de ese mundo muerto saben que, en alguna vuelta de la vida, la población de la ciudad perdida los estará esperando.

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