La hamaca

Sofía había pasado muchas veces por donde yo me lucía en un rincón de la juguetería. Yo tenía unas fuertes cuerdas trenzadas y mi color rojo brillante resaltaba toda mi estructura. Ella, cada vez que podía pasaba por el lugar, quedaba como hipnotizada mirándome por largo rato. Sería por mi escandaloso color. Hasta que por fin, un seis de enero, me llevaron a su casa. Su alegría fue tal que, en cuanto Carlos me colgó del viejo árbol en el jardín, no resistimos la tentación de hamacarnos hasta el cansancio. Desde ese día fui una compañía durante todo el verano. Me compartió con primos y amigos. Disfrutamos amaneceres. Pelamos jugosos higos calientes en las calurosas tardes de verano. Apenas me di cuenta de cómo fue creciendo la niña hasta que, un día, me sorprendió verla sentada sobre mí con un  vestido blanco para dejar tomarse una foto de su décimo quinto cumpleaños. Fui testigo de sus secretos y celestina de su amor con Enrique. Nos hamacábamos cuando estaba alegre y también cuando había algún problema.

Así, fue pasando el tiempo hasta que pasé a ser un adorno más en el jardín. Solo Carlos me recordaba cuando en primavera me daba una mano de pintura.

Ahora, cuando Sofía viene de visita, a veces se sienta un ratito pero ya no se hamaca como solía hacerlo. Últimamente, usa unos vestidos enormes y camina balanceándose de un lado a otro, hasta la noté más linda.

El otro día, me llevé tremendo susto cuando le dijo a Carlos que tenía una idea sobre que hacer conmigo. “Pienso que si la reformás, le adaptás unas maderitas de seguridad y la pintás de azul va a quedar como nueva” le dijo colocando sus manos sobre su pronunciado vientre.

Yo escuché cómo él con una sonrisa balbuceó: “¡A mi nieto le va a gustar quizás como le gustó a su madre!” y me dio un hamacón que me hizo llorar de alegría.

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