¡Qué mal recuerdo!

En el mostrador del consejero para estudiantes católicos de la Asociación Cristiana, una buena samaritana trataba de ayudar al muchacho que la consultaba.

—Sí…sí… yo te puedo recomendar alguna de las familias que ofrecen cuartos en alquiler para estudiantes. Te costará menos que vivir acá, tendrás derecho a usar la cocina y eso te bajará los gastos.

—Me interesa mucho.  Yo no  necesito un lugar lujoso, sólo pretendo que sea  limpio y cerca de la línea de subte con la que voy a Queens todos los días.

—Lo normal es que te den acceso a un baño y puedas cocinarte, tendrás que tener tus elementos de  cocinar separados y dejar todo limpio. Siempre es recomendable comer en el  dormitorio a menos que te inviten especialmente a usar el comedor.

Mientras la señora le buscaba una habitación para alquilar en su enorme fichero,  el entusiasmo del joven por esa solución iba en aumento.

—Aquí tenemos  una familia de 4 personas,  alquilan dos piezas y tienen una libre en este momento. Son de apellido Johnson y la señora se llama Barbara. ¿Cuándo puedes ir a verla?

—Puedo ir hoy mismo… si a ella le parece bien.

—Hola, ¿señora Barbara? La visitará un joven de mi parte. Por favor, muéstrele la habitación y explíquele las normas para usar la cocina. Él  necesita mudarse inmediatamente y  ya le informé lo que Ud. cobra de alquiler. ¿Puede ir hoy a las 6:30?

En febrero y a esa hora Manhattan ya está casi oscuro. Cuando él salió de la estación, la calle estaba desierta. Lentamente, recorrió las tres cuadras en dirección a la casa. El aspecto del barrio no le impresionaba ni bien ni mal, eran las clásicas brownstone houses  de la ciudad.

Una señora de unos cincuenta años con  su mejor sonrisa lo hizo pasar.

—Vengo por la pieza… enviado por la consejera de la Asociación Cristiana— le dijo,  algo sorprendido.

—Sí… sí… estamos esperando para conocerte

El pequeño zaguán de estas casas da directamente a una sala principal. En sillones de gordos brazos, la familia completa rodeaba una pequeña mesa. Todos miraban al visitante con especial atención. Él hubiera podido jurar que se habían vestido y peinado para recibirlo. El esposo de la señora se levantó presuroso a saludar. Detrás de él y algo más tímidos, dos muchachos adolescentes también se acercaron.

Barbara hizo las presentaciones por el nombre de pila de cada uno.

A pesar de su poca experiencia y de estar en un mundo completamente nuevo para él,  se percató del particular esfuerzo de todos por caerle bien. Lo que no hizo más que aumentar su desazón.

Recorrieron el cuarto que tenía disponible para alquilar, el baño y la cocina. Todo resplandecía. Todo lucía como lo que el realmente necesitaba. Nada le daba la excusa  para salir de allí rápidamente.

Al  volver al living, todos los ojos lo miraban esperando su decisión. El Señor mayor  en vos baja le preguntó:

—¿Es esto lo que estás buscando?

Contestó con un entrecortado murmullo que ni el mismo entendió. No podía dejar de mirar la puerta, quería  irse de la casa cuanto antes.

—Muchas gracias y buenas noches—dijo dirigiéndose a todos.

Barbara lo acompañó a la puerta. En su mirada se veía  que ella no necesitaba preguntarle que había decidido.

Sintiendo en la cara un aire fresco que estaba empezando a correr, se apuró un poco para no perder el próximo tren que lo llevaría de vuelta al centro de la ciudad.

No podía sacar de su mente la imagen de esa amable familia de negros esperándolo con sus mejores ropas en una sala impecable de esa casa ubicada la última calle del Harlem. Le tomaría años poder recordar esa escena del inicio de los 60 sin sentirse un cretino.

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