Ideales de una violeta

Entre dunas y arenas de la Arabia creció una violeta inspirada por algunas humedades presentidas. Miró divertida su entorno y no encontró aridez sino un paisaje divertido. Plena de luz y de esperanza, formó escaleras de ilusiones que fue trepando lentamente, buscando la calma de la altura. Luchó contra el viento y la arena,  para no ser sepultada con violencia; luchó contra el sol que la secaba y el frío tremendo que la luna dejaba en el aire de las noches.

Luchó por aquello que sabía daría sentido al  afán de su existencia.  Hizo peldaños en el aire, formando puentes y enramadas jamás vistos en Arabia y cubrió de violetas su camino.  Trepando, desde sí, logró mirar el cielo cara a cara. Pronto notó que el cielo y su mirada eran el espejo de su alma, que el reflejo de sí misma era igual al que el cielo  derramaba.

Y volvió para contar a todos su experiencia. Llena de humildad, la violeta les narraba, infundiendo en los otros aquél entusiasmo que había heredado en las alturas.

Algunos la siguieron, otros no, muchos distrajeron su mente y sentimientos usando las sabias palabras que la humilde violeta trasmitía.

Pero un día amaneció distinto a las mañanas anteriores, el desierto,  teñido de violeta, llevaba en el viento perfumado su mensaje y la tierra convirtiose lentamente en paraíso, haciendo realidad los ideales de aquella  violeta  valiente y trepadora que se miró en el cielo y no dudó en  bajar para contarnos lo que vio.

“Para maravillarnos,” repetía “sólo hay que atreverse a mirar cara a cara, el escondido cielo  que llevamos  oculto dentro nuestro”.

 

 

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