Negocio frustrado

El hombre era una figura negra transitando a paso urgente por  la vereda del lado norte del muro del cementerio central. Ernesto caminaba al ritmo de sus acelerados pensamientos. Su anticuada gabardina lo protegía del viento del sur y de la diminuta llovizna de esa mañana.

Su preocupación le mantenía el rostro crispado y una mirada fija y trastornada detrás de la cual se adivinaba cierto miedo. A veces, alguna que otra palabra adquiría un sonido perdido en el movimiento involuntario de sus labios.

Nunca, nunca hice esto en mi vida. ¿Qué me está pasando? Si mi vieja me viera ahora no lo podría creer. Ella que tanto se preocupó por mí, por mi bienestar, por mi futuro. Y ahora, tremendo lío tengo. Ya no me queda nada para vender. Vieja, pedoname.  Otra vez  vas a tener que sacarme de un embrollo. Pero ahora, desde la tumba.   Vos vas a entenderlo, estoy seguro. Total los dos sabemos que muertos no somos nada.  Que el cuerpo no significa nada, eso me lo inculcaste de chico. “Vos, Ernesto, no vayas al cementerio a visitarme. Ahí no están los muertos. Los muertos habitan otro mundo que los vivos no conocen”.  Y yo cumplí, vieja. Recién hoy vengo y, aunque parezca mentira, ya hace siete años que vivís del otro lado. Entonces, estoy seguro que me entendés porque  acaso ¿te puede importar dónde van a parar tus restos? Es que me lo jugué todo vieja, de tu herencia queda tan poco. Pero le debo al  “el pardo” y es un tipo bravo. Es capaz de cualquier cosa…estoy acorralado, vieja.  Le debo más de lo que vale la casita que me dejaste. Te juro que si no, no  lo haría. Nunca fui un mal hijo… pero vos fuiste una gran madre. La mejor.  Estés dónde estés tenés que saberlo porque ¡me cae mal hacer esto!  Dejar el nicho vacío, sacarte de ahí y no saber ¡dónde te van a tirar! Porque esa es la palabra, te van a tirar y yo nunca voy a saber dónde…

Cuando llegó a la oficina dentro del cementerio, estuvo a punto de darse vuelta. Fue una mezcla de remordimiento y miedo.  Entonces escuchó la voz de su amigo hablando con el funcionario encargado de la tarea, diciéndole:

—Yo estoy aquí en contra de mi voluntad.  Le vine a hacer un favor a un amigo. Siempre fue un tarambana y ahora  se le ocurrió esto para sacar unos dólares. El nicho ya tiene comprador y el loco está lleno de deudas. La verdad es que me siento incómodo haciendo esto.  A la madre debería dejarla descansar en paz… y…

—Esto es peligroso, ¿sabe? –le  interrumpió el funcionario de necrópolis -le puede ir muy mal con la justicia.  Son muy estrictos y, si él quiere que las cosas funcionen bien, va a tener que dejarnos buena plata, si no  los riesgos van a ser mayores.

—¡Pah! Menos mal no le dije nada a mi mujer, no me hubiera dejado venir. Mi amigo nunca le cayó bien.

Ernesto se dio media vuelta y rehizo el camino entre cipreses, sintiendo una semi-asfixia y un dolor insinuándose en el costado izquierdo del pecho.  Salió presuroso con el sentimiento de querer ser invisible. Recorrió varias cuadras hasta llegar al centro y sintió el alivio de ser anónimo entre tanta gente. Necesitaba esconderse, y se refugió en la iglesia del cordón.  Sin habérselo propuesto no bien escuchó el órgano, algo especial se apoderó de él y se sintió guiado hacia el confesionario. El sacerdote parecía estar  esperándolo. Entonces comenzó a  hablar y sus palabras fluían lavando su corazón, el dolor comenzó a retirarse y su respiración se hizo pausada.

Un enorme alivio se instaló en su cuerpo. Pronto se dio cuenta de que el bienestar provenía de su interior, que después de tantos días de culpa elaborada paso a paso, había logrado quitársela de encima toda junta.

Salió de la iglesia, con la mirada limpia y un brillo nuevo en sus ojos. Caminó con determinación hasta la ciudad vieja y en la calle Piedras, muy cerca del puerto, se detuvo ante una puerta  arruinada por el tiempo y el maltrato. Tocó el timbre y azorado se escuchó decir:

— ¿Está “el  Pardo?” decíle que soy  Ernesto, que quiero hablar con él.

 

 

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