Obsesión

Aquel día frío, gris y ventoso fue a mi encuentro mientras yo contemplaba desde el umbral la casona que me albergaría por una larga temporada. Como se me había especificado, debía extraer la llave del pórtico y, una vez dentro, me dirigiría solamente a las habitaciones asignadas. Así lo hice. Pasé por alto dos grandes puertas que, evidentemente, el mundo que yacía en su interior ya no pertenecía al presente porque estaba vedada su entrada. Apenas me detuve a mirarlas, avance por el pasillo y deparé con la puerta abierta de mi habitación, dejé mis pertenencias y entonces me percaté de que mi cuerpo estaba maltrecho. El viaje había sido largo y engorroso. Encendí la hoguera para que se templara la casa, pues el aire que ahí habitaba estaba completamente gélido. Luego, dejé correr el grifo de la bañera y me sumergí en ella entibiando todo mi ser. Sacié mi hambre en la alacena y embriagué mi sed. El sueño de mi primera noche en la casona llegó sin que lo llamara. A la mañana siguiente a mi llegada, ya más clarificada mi mente y descansado mi cuerpo, deambulé por la residencia y sus alrededores. Quería sentir la casa, el entorno, embeberme de todo para recobrar la energía que había perdido tiempo atrás. Me había gustado su estilo nomás al verla en la foto cuando buscaba algo para alquilar. Su prestancia, solidez, sus verdes e extensas praderas, sus bosques de pinos, el aroma de roble lustrado y de flores silvestres, terminó por conquistarme. Su apacible entorno venía acompañado de un recogimiento a temprana hora, pues oscurecía antes de tiempo y dependía del defectuoso andamiaje del generador para mantenerme aún en actividad. A medida que pasaban los días, yo me iba familiarizando con la casa. Era el espacio que deseaba e necesitaba, un tiempo a solas para reencontrarme y volver a producir la escritura abandonada. Y, en ese andar de los días, una inquietud fue minando mi razón. Aquella idea fija me acompañó hasta el momento en que burlé la orden y, forcejeando la cerradura, accedí a la habitación cerrada. Mi corazón se aceleró, mis ojos exorbitados por el asombro no parpadeaban, mis pies titubearon al avanzar. Entonces, de a poquito, fui viendo volúmenes sin fin sobre los estantes esperando que alguien los desempolvara y los volviera a la vida, donde cada letra despierta formando una palabra y esa palabra crece armando una frase y esa frase se ramifica para dar lugar a un cuento y el cuento se queda adormecido esperando hasta que alguien lo despierte. Entonces, pasé a prolongar mis instancias ahí dentro, incluso me salteaba las horas de los alimentos y, cuando el generador dejaba de andar, yo seguía a la luz de la vela, leyendo y consumiéndome como ella, devorando y siendo devorada por los libros. Hasta que un día, me dejé llevar lo poco que me quedaba de vida, me entregué a ellos esperando una nueva vida que abriera la puerta cerrada de una biblioteca ávida de lectores.

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