La mudanza

Alberto había tenido un largo día de trabajo ordenando sus trastos. Mudarse de la casa donde acumuló cosas durante 50 años era  agobiante. Lo peor eran los libros, no solo cansaba bajarlos de las bibliotecas sino que, cada uno, le traía algún recuerdo y no podía evitar ojearlos.

En el  último estante estaban los referidos a fenómenos raros e inexplicables. De todo lo que había leído lo que más respeto le merecía era el trabajo de Joseph Rhine un doctor de la Universidad de Duke en NC que, por primera vez, estudió la parapsicología  científicamente.

Cansado de manipular libros, se quedó dormitando en el sillón. No podía decir si estaba despierto o soñaba pero el señor alto de pelo bien blanco y vestido con formal traje oscuro le pareció muy real.

— ¿Qué hace Ud. con mis libros?—dijo el señor.

—Perdone, pero estos libros son míos y si no tiene inconveniente me podría decir quién es Ud. y cómo entró a esta casa —le dijo Alberto.

—Mi señora me llamaba Joseph pero mis  alumnos me conocían como Dr. Rhine.

— El Dr. Rhine de la Universidad de Duke  murió hace años señor… tendrá que inventar otra historia.

—Bueno no soy exactamente el mismo en persona pero digamos que soy la experiencia  extrasensorial que usted está teniendo ahora del Dr. Rhine y sus ideas —dijo el hombre y tomando uno de los libros siguió, —si Ud. realmente entendió lo que dice acá debería ser capaz de aceptar mi presencia.

—Mire, como chiste está muy bueno pero estamos en mi casa y yo no lo conozco, preferiría que se marche y no tener que sacarlo. He leído la obra de ese científico y me resultó muy interesante pero en fantasmas no creo así que, por favor, váyase.

De pronto, la imagen del señor alto desapareció pero, al darse vuelta en el sillón, Alberto se lo encontró nuevamente detrás de él.

—Si usted ha leído todos estos libros sobre parapsicología debería entenderme. Permítame decirle que está ahora teniendo una conexión con el Dr. Rhine, que está en algún lugar de uno de los infinitos  universos, diferentes al suyo. Supongo que usted habrá leído algo sobre física cuántica y múltiples universos porque,  a pesar de su aspecto desalineado, parece educado.

—Así que Ud. ¿es el fantasma del gran científico?

—Si realmente quiere entender esto cállese y escuche. Yo sufrí, como todo humano, el terror a la muerte y busqué por iglesias, templos, cofradías y sociedades secretas, mitos y leyendas que aliviaran mis angustias existenciales. Créame que respeto todas esas opciones pero ninguna me calmó. Mi formación académica me hizo buscar la explicación a los fenómenos que sustentan esas leyendas. Me propuse estudiar, como no se había hecho nunca, el mundo de los santones y los magos. La parapsicología científica es el resultado de mi trabajo. Cuando Ud. lo lee en estos libros puede parecerle fácil, pero créame que fue una lucha sin cuartel que me llevó toda la vida.

—Mire, no me hace gracia que haya entrado a mi casa pero admito que  la parapsicología me atrae y que siempre sentí mucho respeto por el Dr. Rhine, al que usted parece querer representar acá.

—Si no fuera que tuve que tolerar impertinentes torpes como usted por años, sería capaz de enojarme, pero trataré de desasnarlo sin agraviarlo demasiado.

Alberto sonrió un poco, de alguna forma este  tipo le caía en gracia.

—Cuando yo comencé mis estudios nadie me tomaba en serio, parecía que las mejores mentes de la academia eran incapaces de pensar algo más allá de tornillos,  tuercas y electrones. ¿No sé si me explico? Finalmente  conseguí que en Duke me financiaran el laboratorio y crearan la Facultad de Parasicología. Créame que antes pasé por  un infierno de discusiones y negociaciones.

—Sí, es cierto que el Dr. Rhine luchó mucho por imponer el método científico en la investigación de lo que se consideraban fenómenos de magia. Pero hay que admitir que son temas que se prestan para la polémica.

—Sí, pero las mías no eran discusiones científicas. Por un lado, estaban los religiosos que tiemblan ante cualquier análisis de estos temas porque les mueve el piso y, por otro, los soberbios que  creen que el universo ya no tiene misterios para ellos.  Estos últimos son aún peores que los monjes. No  crea que es fácil investigar seriamente temas que pertenecieron siempre al mundo de las supersticiones. Se necesita dedicación y la voluntad de tolerar la impertinencia de los torpes sin enojarse.

—Yo tengo entendido que algunas importantes mentes de su época respetaban sus investigaciones.

—Es cierto pero también otros me sabotearon el laboratorio cancelando fondos y haciendo toda clase de chicanas.  Usted no tiene idea de la maldad que puede encontrarse en el mundo académico.

—Usted probó que algunas personas se comunicaron sin uso de alguno de  los sentidos.  No es poca cosa, pero creo que nunca llegó a explicar por qué y cómo ocurren esos fenómenos.

—No me dieron tiempo, créame que ahora estando del otro lado lo entiendo pero también sé que la gente de su lado no está lo suficientemente abierta para aceptarlo. Lamentablemente, solo lo va a entender claramente cuando este de este lado, digamos cuando haya tenido su última mudanza.

— ¡Por favor! no me hable de mudanzas, recién estoy comenzando con ésta y usted me está amenazando con otra.

—No se preocupe. La última es la más fácil.

— ¿Ah sí? ¿Por qué es tan fácil?, si se puede saber.

—Porque  en la última los otros hacen todo el trabajo y usted ira “literalmente” en coche.

El fantasma de Rhine  terminaba de esfumarse en la pared y su risa seguía retumbando en la sala. Fue entonces que Alberto no pudo menos que esbozar una sonrisa.

—¡Alberto! ¡no has adelantado nada! te quedan cientos de tus benditos libros para meter en cajas y ¡estás dormitando! —le dijo enojada su esposa.

—No, no vieja… te juro que hoy termino, me quedaré hasta la hora que sea necesaria pero meteré todos mis libros en cajas. ¿Te molestaría mucho hacerme un cafecito a ver si me despabilo un poco?

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