El futbol y yo

Escuche: he de confesarle que el día que yo nací, se jugaba uno de los clásicos más importantes de este país. Por lo tanto mi nacimiento pasó desapercibido para la mayoría de las personas que me vieron progresar -en el tamaño casi absurdo -que fue adquiriendo el vientre de mi madre  durante nueve meses y medio. Sí, según todos los cálculos y recuerdos de mis progenitores, hacía rato habían pasado las 9 lunas reglamentarias, cuando decidí sacar la cabeza para observar el mundo desde éste lado.

Por suerte, en aquél momento, nadie prestaba atención a ése hecho, y los médicos permitían que la naturaleza actuara a su antojo.  Es así, que me mantuve a salvo un tiempo extra en la caverna más segura que los seres humanos habitamos. Después seguimos buscando toda la vida el olor y las seguridades cavernícolas pero nunca es lo mismo y la experiencia primera, acuosa, cálida,  sublime, pasa a ser parte de lo irrepetible.

Pero el tema no es mi nacimiento.  El hecho principal de ese día es el resultado final del clásico. La batahola que se armó, la cantidad de presos que hubo y el irremediable repudio que desarrollé hacia el deporte.

Escuche: en mi primera lactancia, en el momento justo del encuentro  entre el pezón de mi madre y mis labios, cuando voy a dar mi primera succión, se produjo el primer gol. Yo no entendía lo que es gritar pero aprendí enseguida y me puse a dar alaridos hasta quedar morado. Entonces, por primera vez, escuché la voz de mi padre desde fuera intentando calmarme. Supe que era él porque los últimos días de embarazo de mi madre había empezado el campeonato que terminó justo el día del clásico, bueno, debería haber dicho el día de mi nacimiento, porque el clásico fue un emergente y mi nacimiento dura hasta ahora. Estoy seguro que durante toda mi niñez, la torta no era para agasajarme a mí, que esa fue la excusa, que lo que realmente se festejaba, al menos mi padre y mis tíos y algún vecino que siempre aparecía, fue el resultado del clásico de ese día, el desempeño del árbitro y los detalles de los goles que, según repetían uno y otro año, resultaba un partido casi imposible con  ribetes de heroico, mientras los jugadores se cargaban de una mística – que yo percibía – opacaba completamente mis habilidades de niño. Entonces, decidí odiar el futbol.

 

Escuche bien: ahora que soy mayor no hay partido al que no vaya. De adolescente empecé a ir al estadio y no puedo parar. Dejo todo por un partido de futbol.  Preferí no casarme para no tomarme la molestia de discutir con mi señora todos los fines de semana. Soy el primero en gritar los goles y en entrar a las gradas pero salgo último. Muchas veces del estadio a la seccional. Todos me creen fanático del deporte que los uruguayos aman.

Nadie entiende que lo hago porque lo odio y que, la necesidad de protagonismo, me viene desde el día que nací.

Usted me entiende ¿verdad doctor?

El coraje

Daniel nació en el medio del campo, en una zona remota del departamento de  Lavalleja. Su familia vivía en esa pobreza digna de los pobladores rurales de las zonas más desposeídas. Su casa estaba en el pequeño predio de 50 hectáreas que su madre había heredado por sucesión de un establecimiento familiar más grande. En ese campo, su padre criaba ovejas, y alguna vaca lechera. También hacía changas en establecimientos vecinos mientras su madre cuidaba una prolija huerta de la cual la familia obtenía alimentos frescos y sanos.

Los hermanos de Daniel eran cuatro, dos varones mayores y una niña menor. Los grandes ayudaban a su padre en los quehaceres rurales pero, Daniel y Matilde, su hermana, querían ir a la escuela. Tanto fue el entusiasmo e insistencia de estos gurises que sus padres no tuvieron más remedio que aceptar.

La escuela era una típica escuelita rural, con dieciocho alumnos y tres maestros. Cada maestro se encargaba de dos niveles de enseñanza. Además de centro educativo, la escuelita funcionaba como centro social y cultural para la población de los alrededores.

La distancia entre la escuela y la casa era de siete quilómetros que Matilde y Daniel recorrían sobre el lomo de una yegua muy mansa que había en el predio.

Catorce quilómetros por día de viaje, bajo un el abrasador o con lluvias o heladas inclementes, no desanimaban a estos gurises que querían aprender de todo. Allí, comprobaron que era cierto que el Uruguay es un país de relieve ondulado pero que eran mentiras lo del clima benigno como decían los textos escolares. Fueron excelentes alumnos, hasta que finalizó la etapa escolar y llegó el momento de decidirse a pasar a la secundaria.

Los padres aceptaron que Daniel fuera a la capital departamental a estudiar la carrera de técnico en construcción en la Universidad del Trabajo, alojándose en casa de una tía, pero a Matilde la obligaron a quedarse para ayudar a su madre en las tareas domésticas. Esto produjo gran tristeza y frustración en la niña, a lo que se agregaba la separación de su querido hermano.

Después de varios años de estudios, Daniel se recibió con muy buenas notas y enseguida consiguió trabajo en su profesión. Fue ascendiendo tanto en sus responsabilidades como en la importancia de las empresas para las que trabajaba.

Después de muchos años de exitosa carrera, llegó la debacle: la crisis del año 2002, que sumió al país en el caos y liquidó a muchas empresas constructoras, entre ellas, en la que Daniel trabajaba.

Con lo que pudo cobrar de despido y unos ahorros de Margarita, su compañera, la pareja compró un campo en una zona serrana cercana a su pago natal, de poca aptitud agrícola y al que había que hacerle muchas mejoras.

Pero la pareja tomó la decisión más importante de sus vidas: vivirían para siempre en el campo, nunca más en el asfalto.

Durante años fueron mejorando el campo y la casa, produciendo vacunos y ovinos, cultivando la huerta, conservando el bosque nativo. Pero no tenían energía eléctrica, y costaba un dineral hacerla llegar hasta el predio.

Un día llegó una buena noticia: había subsidios del estado para construir fuentes de agua y mejorar el uso de los recursos naturales.

Con ese apoyo represaron una cañada, se formó un gran tajamar para dar agua a los animales y regar, pero Daniel, siempre inquieto, creativo e inteligente tuvo una idea brillante: canalizar agua para generar energía eléctrica. Después de varios fracasos, inventó la turbina adecuada y la casa se llenó de luz. Su mayor emoción fue cuando conectaron al enchufe y pusieron a andar la heladera nueva.

El establecimiento de llama “El Coraje” pero también debería llamarse el tesón, el trabajo, la dedicación, la confianza, el amor.

 

Metamorfosis

Los dioses griegos transformaban

muchachos y doncellas en rocas, serpientes o árboles

Los romanos convirtieron a Cristo y a sus seguidores en delincuentes

Los colonizadores transformaron a los pueblos sometidos

en esclavos y se apropiaron de su trabajo y sus recursos

Los tiranos transformaron a los trabajadores, a los maestros, a las madres

y a todos quienes pensaban que eran distintos

en presos, muertos, desaparecidos.

Las religiones oprimieron a quienes no eran sus creyentes,

menospreciaron a las mujeres y las niñas

e incluso bendijeron a los tiranos.

 

Un renacuajo se transforma en una tierna ranita

Un voraz gusano se convierte en una hermosa mariposa

que besa las flores que cuando era larva no comió.

 

Me aterran las metamorfosis creadas por los humanos y los dioses,

Me conmueven las que hace la madre Naturaleza.

 

Lunedad

La luna comenzaba a platear el mar cuando ya los últimos dorados se habían esfumado. Sentía la ausencia de su compañera. Solo, frente al inmenso océano, el satélite le evocaba tantas gratas noches que su memoria no se arriesgaba a contabilizar. El humo del cigarrillo no conseguía llenar el vacío que en su interior se había producido. Ella lo había abandonado a su suerte. Enojada, dolida y herida en su inocencia no consideraba el perdón  como un camino posible para recuperar la relación. Para su amada Luciana, o Lu como a él le gustaba llamarla, la imprescindible confianza es como un jarrón de porcelana una vez que se rompe se puede reparar pero nunca volverá a ser igual.

En su interior, él maldecía aquel día en que la carne fue débil. Un arrebato de pasión le robó lo que más quería en esta vida y lo condujo a un sombrío presente. Ahora, su gran amor ni siquiera le atendía el teléfono.

El sabor del mar supo llegar hasta sus labios cuando algunas lágrimas recorrieron su pesar.

Las olas martillaban las rocas como sus sentimientos de culpa lo hacían en su orgullo. La noche progresaba llevándolo a oscuros lugares de su ser donde el desamparo y la tristeza arrinconaban a su corazón.

En sus fibras, la resistencia a olvidar se hacía dolor y se eternizaban las horas. En algún lugar, sabía que debía transitar una larga noche para volver a ver el Sol.

Segunda oportunidad

Era el tercer jueves del mes, momento en que Dios desde su despacho en el más allá oía los reclamos de los recién llegados acerca de la vida que les había tocado en suerte.

La fila era larga, por esa razón el Jefe Supremo pasaba varias horas  escuchando las lamentaciones de los pobres mortales y estudiando sus peticiones para cuando volvieran a la Tierra.

Desfilaban ante él una variada selección de personajes del género humano muertos por variadas circunstancias.  Acudían a su consulta no solo celebridades del espectáculo, políticos o economistas sino también amas de casa, vendedores ambulantes y hasta prostitutas o streepers. Todos ellos habían fallecido recientemente en accidentes, enfermedades o se habían quitado la vida por mano propia.  Estos últimos eran los que le daban más trabajo para  convencer  que volvieran a la vida terrenal, allí se encontraban a gusto y no querían repetir sus antiguas penurias.

Dios, acostumbrado a lidiar con los vericuetos de la mente humana,  decidió probar con ellos una nueva estrategia denominada paradoja pragmática: asignarles más sufrimiento en la próxima vida para que dejaran definitivamente de sufrir y maldecir.  Es sabido que el, como Hacedor de Todo ya conocía de antemano que esta técnica iba a arrojar buenos resultados pero como también creía en el libre albedrío de cada quien y no deseaba caer  el mismo en contradicciones reconocía que debía ser muy hábil en conseguir la colaboración de dichos sujetos.  Recorrió con la mirada toda la fila  y se fijó en quien estaba en último lugar: Máximo, un diputado que al sentirse decepcionado por sus compañeros de bancada y criticado por la oposición se había disparado en el pecho con una escopeta. Lo señaló y lo invitó a acercarse.  Este  lucía un rostro pálido, ojeroso y con la barba de varios días.  Se arrimó arrastrando los  pies y con la mano en el pecho señalando el lugar por donde su vida se había escapado le suplicó:

– ¡Por favor Jefe! ¡No me mande otra vez a la ruina!  ¡Ya viví la soledad, el abandono de mis correligionarios, el odio de mis adversarios!

– Hijo: se sale del sufrimiento por el lugar donde se entró. Tu nueva existencia será la de un niño al que conocerán como el “bobo” del pueblo, sufrirás burlas y otros motes mucho más ofensivos que los que te han dicho alguno de tus colegas, pero cuando al fin abraces la carrera política, tu espíritu estará templado para hacer frente a tus enemigos. ¿Qué me dices? ¿Aceptas volver en estas circunstancias?

Máximo razonó  rápidamente las posibilidades que tenía:  si  acepto a desgano corro el riesgo de revivir mi antigua existencia, si acepto con gusto siempre podré sacar algún provecho, después de todo soy hábil en la política pero lo que si tengo claro es que acepte lo que acepte siempre va a ser dentro de las condiciones del Jefe.

– Bueno Don, se escuchó decir, mándeme nomás de nuevo pal ruedo.

Y entonces Dios, tecleó en la ficha abierta en la pantalla de la notebook  su nuevo nombre, el de sus futuros padres y el de un pequeño pueblo del interior del país.