Lunedad

La luna comenzaba a platear el mar cuando ya los últimos dorados se habían esfumado. Sentía la ausencia de su compañera. Solo, frente al inmenso océano, el satélite le evocaba tantas gratas noches que su memoria no se arriesgaba a contabilizar. El humo del cigarrillo no conseguía llenar el vacío que en su interior se había producido. Ella lo había abandonado a su suerte. Enojada, dolida y herida en su inocencia no consideraba el perdón  como un camino posible para recuperar la relación. Para su amada Luciana, o Lu como a él le gustaba llamarla, la imprescindible confianza es como un jarrón de porcelana una vez que se rompe se puede reparar pero nunca volverá a ser igual.

En su interior, él maldecía aquel día en que la carne fue débil. Un arrebato de pasión le robó lo que más quería en esta vida y lo condujo a un sombrío presente. Ahora, su gran amor ni siquiera le atendía el teléfono.

El sabor del mar supo llegar hasta sus labios cuando algunas lágrimas recorrieron su pesar.

Las olas martillaban las rocas como sus sentimientos de culpa lo hacían en su orgullo. La noche progresaba llevándolo a oscuros lugares de su ser donde el desamparo y la tristeza arrinconaban a su corazón.

En sus fibras, la resistencia a olvidar se hacía dolor y se eternizaban las horas. En algún lugar, sabía que debía transitar una larga noche para volver a ver el Sol.

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