Segunda oportunidad

Era el tercer jueves del mes, momento en que Dios desde su despacho en el más allá oía los reclamos de los recién llegados acerca de la vida que les había tocado en suerte.

La fila era larga, por esa razón el Jefe Supremo pasaba varias horas  escuchando las lamentaciones de los pobres mortales y estudiando sus peticiones para cuando volvieran a la Tierra.

Desfilaban ante él una variada selección de personajes del género humano muertos por variadas circunstancias.  Acudían a su consulta no solo celebridades del espectáculo, políticos o economistas sino también amas de casa, vendedores ambulantes y hasta prostitutas o streepers. Todos ellos habían fallecido recientemente en accidentes, enfermedades o se habían quitado la vida por mano propia.  Estos últimos eran los que le daban más trabajo para  convencer  que volvieran a la vida terrenal, allí se encontraban a gusto y no querían repetir sus antiguas penurias.

Dios, acostumbrado a lidiar con los vericuetos de la mente humana,  decidió probar con ellos una nueva estrategia denominada paradoja pragmática: asignarles más sufrimiento en la próxima vida para que dejaran definitivamente de sufrir y maldecir.  Es sabido que el, como Hacedor de Todo ya conocía de antemano que esta técnica iba a arrojar buenos resultados pero como también creía en el libre albedrío de cada quien y no deseaba caer  el mismo en contradicciones reconocía que debía ser muy hábil en conseguir la colaboración de dichos sujetos.  Recorrió con la mirada toda la fila  y se fijó en quien estaba en último lugar: Máximo, un diputado que al sentirse decepcionado por sus compañeros de bancada y criticado por la oposición se había disparado en el pecho con una escopeta. Lo señaló y lo invitó a acercarse.  Este  lucía un rostro pálido, ojeroso y con la barba de varios días.  Se arrimó arrastrando los  pies y con la mano en el pecho señalando el lugar por donde su vida se había escapado le suplicó:

– ¡Por favor Jefe! ¡No me mande otra vez a la ruina!  ¡Ya viví la soledad, el abandono de mis correligionarios, el odio de mis adversarios!

– Hijo: se sale del sufrimiento por el lugar donde se entró. Tu nueva existencia será la de un niño al que conocerán como el “bobo” del pueblo, sufrirás burlas y otros motes mucho más ofensivos que los que te han dicho alguno de tus colegas, pero cuando al fin abraces la carrera política, tu espíritu estará templado para hacer frente a tus enemigos. ¿Qué me dices? ¿Aceptas volver en estas circunstancias?

Máximo razonó  rápidamente las posibilidades que tenía:  si  acepto a desgano corro el riesgo de revivir mi antigua existencia, si acepto con gusto siempre podré sacar algún provecho, después de todo soy hábil en la política pero lo que si tengo claro es que acepte lo que acepte siempre va a ser dentro de las condiciones del Jefe.

– Bueno Don, se escuchó decir, mándeme nomás de nuevo pal ruedo.

Y entonces Dios, tecleó en la ficha abierta en la pantalla de la notebook  su nuevo nombre, el de sus futuros padres y el de un pequeño pueblo del interior del país. 

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