El coraje

Daniel nació en el medio del campo, en una zona remota del departamento de  Lavalleja. Su familia vivía en esa pobreza digna de los pobladores rurales de las zonas más desposeídas. Su casa estaba en el pequeño predio de 50 hectáreas que su madre había heredado por sucesión de un establecimiento familiar más grande. En ese campo, su padre criaba ovejas, y alguna vaca lechera. También hacía changas en establecimientos vecinos mientras su madre cuidaba una prolija huerta de la cual la familia obtenía alimentos frescos y sanos.

Los hermanos de Daniel eran cuatro, dos varones mayores y una niña menor. Los grandes ayudaban a su padre en los quehaceres rurales pero, Daniel y Matilde, su hermana, querían ir a la escuela. Tanto fue el entusiasmo e insistencia de estos gurises que sus padres no tuvieron más remedio que aceptar.

La escuela era una típica escuelita rural, con dieciocho alumnos y tres maestros. Cada maestro se encargaba de dos niveles de enseñanza. Además de centro educativo, la escuelita funcionaba como centro social y cultural para la población de los alrededores.

La distancia entre la escuela y la casa era de siete quilómetros que Matilde y Daniel recorrían sobre el lomo de una yegua muy mansa que había en el predio.

Catorce quilómetros por día de viaje, bajo un el abrasador o con lluvias o heladas inclementes, no desanimaban a estos gurises que querían aprender de todo. Allí, comprobaron que era cierto que el Uruguay es un país de relieve ondulado pero que eran mentiras lo del clima benigno como decían los textos escolares. Fueron excelentes alumnos, hasta que finalizó la etapa escolar y llegó el momento de decidirse a pasar a la secundaria.

Los padres aceptaron que Daniel fuera a la capital departamental a estudiar la carrera de técnico en construcción en la Universidad del Trabajo, alojándose en casa de una tía, pero a Matilde la obligaron a quedarse para ayudar a su madre en las tareas domésticas. Esto produjo gran tristeza y frustración en la niña, a lo que se agregaba la separación de su querido hermano.

Después de varios años de estudios, Daniel se recibió con muy buenas notas y enseguida consiguió trabajo en su profesión. Fue ascendiendo tanto en sus responsabilidades como en la importancia de las empresas para las que trabajaba.

Después de muchos años de exitosa carrera, llegó la debacle: la crisis del año 2002, que sumió al país en el caos y liquidó a muchas empresas constructoras, entre ellas, en la que Daniel trabajaba.

Con lo que pudo cobrar de despido y unos ahorros de Margarita, su compañera, la pareja compró un campo en una zona serrana cercana a su pago natal, de poca aptitud agrícola y al que había que hacerle muchas mejoras.

Pero la pareja tomó la decisión más importante de sus vidas: vivirían para siempre en el campo, nunca más en el asfalto.

Durante años fueron mejorando el campo y la casa, produciendo vacunos y ovinos, cultivando la huerta, conservando el bosque nativo. Pero no tenían energía eléctrica, y costaba un dineral hacerla llegar hasta el predio.

Un día llegó una buena noticia: había subsidios del estado para construir fuentes de agua y mejorar el uso de los recursos naturales.

Con ese apoyo represaron una cañada, se formó un gran tajamar para dar agua a los animales y regar, pero Daniel, siempre inquieto, creativo e inteligente tuvo una idea brillante: canalizar agua para generar energía eléctrica. Después de varios fracasos, inventó la turbina adecuada y la casa se llenó de luz. Su mayor emoción fue cuando conectaron al enchufe y pusieron a andar la heladera nueva.

El establecimiento de llama “El Coraje” pero también debería llamarse el tesón, el trabajo, la dedicación, la confianza, el amor.

 

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