Un zapato de color rojo

Un zapato de color rojo
—Raúl siempre fue un tipo jodón y de hacer chistes a todo el mundo, te acordás cómo era en el liceo… pero… bueno…con esto se pasó, realmente se pasó.
—Y qué fue bien lo que hizo.
—Resulta que un día al salir de su casa para dirigirse al trabajo se encontró a pocos metros de la puerta un zapato de mujer rojo, de taco alto, muy lindo, con aspecto de nuevo. Cualquiera lo hubiera dejado, lo hubiera tirado a la basura o qué se yo… pero este anormal se guardó el zapato y, esa tarde, puso un aviso en Internet que decía más o menos así:
“Encontré tu zapato de color rojo y taco alto. Me dio pena por ti porque es un hermoso zapato, con gusto te lo entrego si justificas ser su dueña. Para eso deberás calzártelo y te tiene que quedar perfecto, como le paso a la Cenicienta. Te aclaro que consideraré para las pruebas solo mujeres que sean bonitas, más bien delgadas, menores de 30 y mayores de 18, que no tengan compromisos sentimentales serios y que gusten de salir los sábados a bailar”
Metió eso con una foto del zapato en todas las redes habidas y por haber y se lo pasó a los miles de “amigos” que tiene en Facebook y, por consiguiente, lo vieron los amigos de los amigos, etc. etc.
— ¿Y qué pasó?
—Un día le llegó un mensaje de una mujer acompañado de su foto en biquini, diciéndole que ella lo había perdido y quería pasar la prueba. Raúl se enloqueció. Yo creo que nunca pensó que le iban a contestar. Ella le dijo que, como no lo conocía y no quería correr riesgos, la prueba tendría que ser en un banco de la plaza y de tarde temprano. Ese día faltó al trabajo y a las dos de la tarde estaba dando vuelas en la plaza esperando a la Cenicienta.
— ¿Y la mujer apareció?
—Sí, casi le da un infarto, era la del biquini no más, una bomba y muy simpática. Se sentó en un banco en medio de la plaza a probarse el zapato. Raúl se arrodilló para calzárselo y, en ese momento, aparecieron varios tipos con cámaras de tv, cámaras de fotos, focos de iluminación, otros que aplaudían y filmaron toda la escena. Al pobre Raúl lo grabaron como un imbécil arrodillado con el zapato en la mano y todos riéndose de él. Al final, la muchacha le explicó que eran de un programa cómico y que lo iban a pasar esa noche en la TV.
—Y bueno, se divirtió, que era lo que él quería.
— ¡Qué se va a divertir! El jefe, al otro día, lo despidió por faltar al trabajo injustificadamente y por hacer el ridículo en público. Él trabajaba en una funeraria… imagínate. Además, Raúl hacía tiempo que salía con una gurisa que lo conoce de años. Cuando a la muchacha la empezaron a cargar sus amigos por lo que le pasó a Raúl no lo quiso ver más.

Los zapatos agujereados

Los zapatos agujereados

“¡Vos no sabés valorar las cosas! ¡Cómo se nota que la vida te lo dio todo en bandeja!” me decía mi madre. Sin embargo, yo trabajaba desde que tenía 18 años. Soy la mayor de tres hermanos y diecisiete más chica que mi madre.
Todos criados en la misma casa, con los mismos métodos. Mientras yo trabajaba y me esforzaba por terminar mi carrera de auxiliar contable en la universidad del trabajo, Tomás, dos años menor que yo, apenas estaba terminando el ciclo básico. Retomaba, dejaba, trabajaba, volvía a estudiar. Carlitos el menor de todos todavía iba a la escuela.
Ese día mis padres no estaban lo que se dice de buen humor, yo diría que naufragaban entre un mar de incredulidad y frustración. Habían descubierto la adicción de Tomás por las drogas. Mamá lloraba y papá sólo hablaba que lo llevarían a un centro de rehabilitación. Tomás decía que sólo lo había hecho una vez y que nunca más lo haría con gesto de inocente arrepentido. Yo quedé paralizada frente a la escena y Carlitos nos miraba desde la puerta como si fuéramos un cuadro viviente.

—Pero mamá, yo colaboro pero con la cantidad que está a mi alcance, tengo gastos fijos, la suma que me dices es imposible.
—La suma es la que yo te digo y si no podés, aprontate el bolso y anda a vivir a otro lado, desconsiderada.
Sentí como me recorría un frío helado por la espalda y, por un instante, pensé que no era verdad lo que oía. Tomé a mi hermano pequeño de la mano y lo llevé a la cocina a prepararle el café con leche que entre tanto alboroto nadie le escuchaba la petición de “quiero la leche ¿me hacen la leche? Pensé que papá hablaría conmigo o mamá recapacitaría de lo dicho, pero ni una cosa ni la otra, solo el silencio obtuve por respuesta. Y, durante los días siguientes, cuando llegaba a casa luego de trabajar y estudiar, sólo encontraba caras indiferentes y enojos.
Fue así que decidí abandonar mi casa y vivir la aventura de independizarme. Primero me acogió una amiga en su casa y luego conseguí lugar en una pensión bastante económica en el centro de la ciudad. El baño era compartido y descansar se hacía casi imposible con los llantos de niños pequeños y discusiones que se armaban en los cuartos contiguos al mío. Dormía con sueño liviano y atento siempre con miedo que pudiera a pasar algo horrible. Cuando llegó el primer fin de mes y pagué todos los gastos fijos caí en la cuenta que sobraba poco dinero para comer y viajar hasta el trabajo. Pero como en todo plan de guerra, supervivencia y orgullo, planifiqué en detalle mi comida y mis traslados. El menú semanal se basaba en la compra de un paquete de fideos secos y media docena de huevos que daba exactamente para llevar en la vianda. Fideos hervidos y un huevo duro por día era el almuerzo y la cena era un café magro con un par de galletas, a veces y cuando estaba de oferta, compraba un pote de mermelada. Me levantaba una hora antes para llegar al trabajo caminando, días soleados o lluviosos lo hacía de igual forma. Mis zapatos muy bien lustrados pero ya viejos me pasaron la cuenta de su cansancio y comenzaron a agujerearse en las plantas de mis pies y, aunque les fabricaba unas plantillas con cartón duro, no había manera de mitigar la molestia al caminar, veredas rotas, piedras y chicles parecían que siempre tenía que meterse en el agujero. Cuando llovía trataba de ir por los lugares más secos pero era en vano porque a la media cuadra ya mis pies estaban empapados. Solía reírme en silencio de las mojaduras y también tratar de adivinar que objeto insolente se había incrustado en mi pie. Si era duro seguro era una piedrita y si quedaba medio pegajoso fija que era un chicle. Por suerte, llegó el verano y con él habilité el permiso para usar unas sandalias. Durante ese tiempo junté peso a peso para comprarme un par de zapatos nuevos pero a mis queridos zapatos agujereados no los tiré ni tampoco los arreglé, los guardé como recuerdo de una parte muy dura de mi vida en la que supe salir victoriosa.

El hallazgo

¿Qué ha pasado? me preguntaba
cuando al borde del camino
encontré un zapato sin vida.

Y pienso y me pregunto.
¿Quizás… su dueño
llevaba un alma desnuda
sin poder encontrar,
en sí mismo, regocijo?

Me inquieta su desolación,
¿por qué dejó de andar?

Tal vez… se quedó sin rumbo
en las vías de la vida,
esperando solo su fin
porque su par no lo acompañó.

Sé que dejó huellas,
que no fue efímero su pasar,
porque lleva un desgaste
profundo en su ser.

Bajo las inclemencias
del mundo que lo rodea,
aún sigue esperando,
sentir otro caminar a su lado.

Un zapato perdido

Érase una vez un zapato que una hurgadora encontró.
Lo recogió con amoroso gesto
Y, tomándolo en su mano,
lo ocultó en su cuerpo.
Esa noche de insomnio,
entre diarios y basura,
imaginó al galán cuyo zapato
a su lado descansaba.

Era simplemente perfecto,
morocho de ojos cetrinos
ni muy alto ni muy bajo
varonil y atlético
apasionado al besar.

Se fue enamorando de a poco.
como quién no quiere la cosa
El dueño de aquél zapato le hablaba
le decía que era hermosa,
que el perfume que exhalaba
lo derivaba a las cumbres de una dicha insospechada.

Fueron muchos los días que pasaron,
entre el barro, la lluvia y la mugre acumulada
pero nada destruyó el amor que ella sentía

La hurgadora llena de esperanza
buscaba con afán en la basura.
Nadie entendía por qué sólo
zapatos buscaba

En un acuerdo muy íntimo,
recostada en la chatarra calentada por el sol
ella supo, ella intuyó que si el otro zapato era encontrado
su vida cambiaría para siempre
nada ni nadie podría contra el par.
El ser soñado se haría realidad
erguido, recto, erecto.
El hombre completo surgiría
y, en un perfecto abrazo,
asumiría su miseria, su tristeza, su nimiedad de ser.
Disiparía tanta pobreza, tanto dolor.

Era la noche cuando dejó de hurgar.
Era el amanecer cuando salió a buscar…

La dura profesión del biólogo

Marijka y Ernest eran dos biólogos holandeses especialistas en conservación de especies en peligro de extinción. Financiados por la cooperación de su país, recorrían selvas y zonas ricas en biodiversidad para estudiar especies amenazadas y contribuir a diseñar programas nacionales de manejo y conservación de la biodiversidad.
Muchas veces los acompañaban técnicos y personal subalterno nacional para apoyar su tarea, en particular, para rastrear huellas de los diferentes animales. Sin embargo, en las zonas verdaderamente peligrosas, se adentraban solos a hacer sus estudios. Nadie se animaba a acompañarlos en las selvas de Papua-Nueva Guinea, Congo, Misiones y varias otras. En cambio era muy fácil para ellos ofrecerse como ayudantes en reservas como el Kruger Park, Okavango, Serengeti y tantas otras.

Empapados por la cálida lluvia de la selva tropical misionera, Marijka y Ernest seguían el rastro de un gran jaguar para filmarlo, fotografiarlo. Como tantas otras veces hacían su trabajo sin la compañía de personal local. No eran expertos rastreadores, de hecho eran científicos enamorados de su profesión y amantes de la fauna silvestre.
El entorno era increíble. La lluvia caía fuertemente sobre el nivel superior de la vegetación selvática y en grandes gotas caía sobre el dosel intermedio e inferior, haciendo un ruido fuerte que competía con los cantos y graznidos de las aves y los horribles gritos de los monos “aulladores”, que se escandalizaban de que humanos extraños invadieran su territorio. Los vuelos rasantes de tucanes, papagayos y grandes mariposas aportaban colorido a la selva tropical bajo ese diluvio.

– Este jaguar es enorme – dijo Ernest – mirá las huellas de las manos, tan grandes como las mías.
– Debe ser un hermoso ejemplar, pero me parece que tendríamos que refugiarnos hasta que amaine el aguacero -respondió su esposa y colega.
– ¿Y dónde nos vamos a meter?
– Fijate que debajo de esos helechos gigantes casi no llega el agua.

– Yo quiero seguir – insistió Ernest – Ya estamos cerca, las huellas están claras.
– Sí, pero a veces se cortan por los charcos e hilos de agua que hay por todos lados. Lo vamos a perder y, lo que es peor, nos vamos a perder nosotros.
– No nos vamos a perder, este GPS no lo va a permitir.
– Por favor, Ernest, estos GPS todos mojados ya no sirven. Me preocupa cómo vamos a volver al campamento.
– Bueno, seguimos un poco más mientras podamos ver las huellas del jaguar. Si las perdemos, volvemos siguiendo nuestros propios pasos.

Desesperada, angustiada, Marijka pugnaba por salir de la selva a la carretera arrastrando el cuerpo sin vida de su amado. No podía sacar de su mente y su retina la espantosa imagen. El jaguar saltando de una enorme rama se lanza sobre Ernest, desplegando sus armas letales: enormes garras y colmillos, impulsados por doscientos quilos lanzados desde tres metros de altura.
Marijka consiguió dispararle al jaguar con su pistola. No acertó a dar en el blanco, pero el estampido ahuyentó a la bestia sin lograr evitar que el cuello de su compañero quedara destrozado por la precisión del ataque. Sí consiguió que el animal no destrozara su cuerpo.

Llegó a la carretera sola, no pudo arrastrar el enorme cuerpo inerte de Ernest, apenas rescató de él algunos objetos muy queridos. Se sentó sobre una roca a esperar horas a que pasara un vehículo. En su desesperada espera recordó su último diálogo con Ernest:

– Amor, se pierden las huellas, esto no me gusta.
– No te preocupes, se deben haber borrado por la lluvia. Sigamos un poco más.
– ¿Y si el jaguar está emboscado encima de un árbol?

Un par de horas después pasó una camioneta, la hizo parar y solicitó que la llevaran al campamento. El conductor, viendo su estado desesperado y lamentable, accedió gentilmente a llevarla. Antes ella le pidió otro favor: “un minuto, voy a dejar estas botas para ubicar este lugar, mañana tenemos que volver”.
Al otro día, desolada, volvió al lugar de la tragedia acompañada de una brigada de salvataje. Encontró una sola bota. Poco importaba, tal vez un mono se había llevado la otra como trofeo, ahora tenía la triste y enorme responsabilidad de volver a la selva a rescatar el cuerpo sin vida de su querido Ernest.

Balance

¿Cuál sería el mejor momento para dejarlo, mudarse y comenzar una nueva vida? pensó Carla esa mañana sosteniendo la taza humeante de café entre sus manos y todavía en pijama. Sobre el mueble del living observaba el portarretrato con la foto de ella y Luis sonrientes, despreocupados, protegidos con sus ropas de abrigo durante sus últimas vacaciones en Bariloche. ¿Qué instintos albergados en su interior celosamente la habían impulsado hacia él?
No llegaba a vislumbrar que ilusiones la habían hecho despertar abrazada a su cuerpo todas la mañanas ni anhelar la hora de regreso de su trabajo momento en que él calzado con sus pantuflas contestaba con monosílabos a todas sus preguntas.
La cucharilla del café en su movimiento circular iba y volvía por la taza, Carla absorta en la fotografía recordaba los momentos felices vividos con él, pero no lograba evitar el torbellino de dudas que la asaltaban y la obligaban a tomar una decisión.
Se entendían en la cama, ¿era por eso que se había liado con él? ¿o por el bienestar material que le brindaba ? Desde pequeña había sentido terror al fantasma de la pobreza, la imagen de su madre guardando los últimos ahorros quitándolos del alcance de su padre oficiaba de recordatorio cada vez que entablaba una nueva relación. Y por cierto el hecho de que en pocos días celebraría su cumpleaños número cuarenta y ocho y el miedo a envejecer en soledad la acicateaba de tanto en tanto.
Desde hacía un tiempo Luis se sobrecargaba de trabajo. Llegaba a la casa, se ponía ropa cómoda y se sentaba a preparar nuevos informes para el día siguiente. Ella creía que lo hacía como excusa para evitar soltar sus verdaderos sentimientos. Hablaba de temas banales y respondía escuetamente o con el clásico: “Está bien cariño pero déjame ahora que tengo que terminar esto para mañana”.
Su relación ya no era la misma que antes cuando fueron presentados por un amigo en común. En ese tiempo, creyeron que estaban hechos el uno para el otro. Ahora, ella sentía la barrera de indiferencia que se había instalado entre ambos, los momentos de silencio estando juntos eran como espacios desiertos en donde cada uno solo caminaba a gusto estando consigo mismo.
Miró la hora en el reloj que colgaba de la pared del living y se dirigió al escritorio.
Prendió la notebook y entró en el facebook. Vio que Martín tenía activado el chat.
Qué casualidad pensó reencontrarme con Martín después de tanto tiempo….
Martín había sido condiscípulo en la escuela y era el presidente del club de ex alumnos. A través de las redes sociales la había contactado y habían tomado la costumbre de chatear a media mañana.
Hola Martín ¿cómo estás? Después de todo, voy a aceptar tu invitación a salir ¿por qué no? escribió decidida.

Había una vez…*

Habían una vez, hace muchos años, tres dioses que dominaban el Universo, Anu reinaba en el cielo, Enlil era el señor de la tierra y Ea era la reina de las aguas. Convivían en paz y el Universo era un paraíso.
Enlil tenía que hacer producir la tierra. Para eso, le habían asignado un grupo de Dioses menores que debían trabajar bajo sus órdenes. Enlil los obligaba a labrar la tierra, cosechar el grano y atender a los animales.
Un día, esos Dioses se negaron a seguir trabajando y Enlil no supo qué hacer, entonces consulto a Anu y Ea. Juntos decidieron crear una especie nueva que fueran parecidos a los Dioses menores pero mortales y que dependieran de su ingenio y trabajo para sobrevivir.
De allí en adelante los nuevos seres, a los que llamaron humanos, se ocuparon de trabajar. De esa forma, los Dioses pudieron vivir en paz y descansados.
Los humanos con el tiempo se reprodujeron y se pusieron insolentes, tanto que a los Dioses les llegó a molestar.
Enlil, muy enojado, produjo una gran sequía para deshacerse de ellos y sólo cuando quedaban muy pocos vivos les envió las lluvias salvadoras. Muchos siglos después, cuando los humanos volvieron a ser demasiados, creo un diluvio universal y eso los contuvo otra vez, por un tiempo.
Anu, quien en el cielo nunca tenía mucho que hacer, se dedicó a pensar una solución definitiva para esta molestia recurrente y les dijo a Enlil y Ea.
—Yo me ocuparé de estos seres, les daré algo que los mantendrá a raya para siempre.
Y entonces el Dios les metió a los humanos en sus cabezas la envidia, el odio, los celos, la ambición y el desprecio por sus semejantes. De esta forma, consiguió que los humanos se combatan y destruyan entre ellos, permitiendo que los Dioses puedan seguir disfrutando su eternidad en paz.

*Basado en el mito de Atrahasis

Palmeras del sur

Yo sé que somos feas o, por lo menos, que no somos lindas.
Mucho más lindas y elegantes son nuestras primas tropicales
flacas, altas, con generosas curvas y color verde brillante.
Ellas gestan y paren enormes y lujuriosos frutos
que hacen las delicias de turistas y pobladores locales.
Nosotras, sometidas al frío pamperos y sudestadas,
somos grises, despeinadas, tristes, solitarias,
apenas nos juntamos en un par de zonas del este.
A las primas del norte del país nunca las vemos, no las conocemos.
Nuestros humildes frutitos, de color y dulzor de miel,
son devorados por cerdos y humanos,
los pocos hijitos que logran nacer son comidos por vacunos,
apenas sobreviven los que nacen entre el alambrado y la carretera.
Se crían solitos, lejos de nosotras,
sin que les podamos hacer un mimo, una caricia.
Y ahora nos roban los pocos hijos que sobreviven
para exportar a precio de oro a países lejanos.
Por todo esto, somos grises, viejas, tristes.
A veces nos visitan pájaros que nos alegran con sus cantos,
las cotorras anidan sobre nosotras; es un dicha el alboroto,
sus charlas y los chillidos de sus pichones.
Pero a esta alegría la acompaña un peligro:
Si los pájaros dejan en nuestras copas semillas de higuerón,
éstas germinan y largan raíces que nos abrazan.
Al principio, esto nos parece de una ternura increíble,
pero con el tiempo nos van estrangulando hasta matarnos.

Por todo esto somos grises, viejas, tristes.
Pero pronto, nos vamos a extinguir.

Cambio

Un cambio encadena en sí, muchos cambios. Vivimos ordenados en sociedad, en sentimientos, en sensaciones y en definitiva, en pensamientos sistémicos. Si uno de sus componentes varía, el resto se ve afectado en distintos grados.
Me considero bastante racional y así he conducido mi vida. He dado amplia cabida a los sentimientos, abrazándolos con un toque de intuición y de entrega, pero siempre enmarcados dentro de la lógica de un ser humano integrado a la media, a la que tanto refieren las estadísticas.
Esa vez fue diferente. Al verlo, sentí aflorar sensaciones que manaban, vaya a saber de qué rincón de un laberinto interno desconocido. No me había sucedido antes y tuve miedo, porque sabía que había perdido las riendas de la voluntad.
Hice un llamado infructuoso a razonamientos elaborados y visualicé posibles alternativas.
Soy una severa guardiana de mi interior, con un pudor excesivo en lo que se refiere a manifestar mis conmociones más profundas, por eso, no lo comenté con nadie, lo que pudo haber sido un error. Una visión externa nos permite, muchas veces, elaborar nuestros conflictos desde otra perspectiva.
De todos modos, no me arrepiento, pues si, retrocediendo en el tiempo, pudiera cambiar lo sucedido, actuaría igual.
Durante el día, no podía apartar mis pensamientos de él y por las noches, lo soñaba.
Comencé a forjar ilusiones.
Lo veía, acompañándome en los recorridos más hermosos de mi existencia, de aire en la cara y vuelos en los pensamientos. Estaba allí, dondequiera que yo estuviera, a mi lado o esperándome.
Su fortaleza, sus antecedentes de una trayectoria recta, predecible, por qué no, eran indicaciones motivadoras de una decisión definitiva.
Un día, arremetí. Lo miré sin que me viera, y lo comparé. Me pareció vital, hasta impaciente por contenerme.
Él sería el impulso que mi vida necesitaba para comenzar el verdadero cambio. Imaginé trayectorias diferentes, en metas más alejadas de las muy limitadas que había podido marcarme hasta ese momento. Comprendí lo feliz que me haría ese cambio, sin desconocer los inconvenientes, inevitables.
El otro, debería ir por diferente sendero. No me sería posible mantener su permanencia a mi lado. Seguramente, otra dueña le daría un uso productivo.
Esta mañana, al abrir el garaje me he dicho:
– Ahí tienes, querida, el fruto de tus desvelos.
Parecía que el Chevrolet Aveo Extrafull, con vidrios polarizados, me sonreía desde sus dos ojos de luz de xenón, instándome a olvidar al fiel Fiat. La automotora designará su nuevo dueño.