Cambio

Un cambio encadena en sí, muchos cambios. Vivimos ordenados en sociedad, en sentimientos, en sensaciones y en definitiva, en pensamientos sistémicos. Si uno de sus componentes varía, el resto se ve afectado en distintos grados.
Me considero bastante racional y así he conducido mi vida. He dado amplia cabida a los sentimientos, abrazándolos con un toque de intuición y de entrega, pero siempre enmarcados dentro de la lógica de un ser humano integrado a la media, a la que tanto refieren las estadísticas.
Esa vez fue diferente. Al verlo, sentí aflorar sensaciones que manaban, vaya a saber de qué rincón de un laberinto interno desconocido. No me había sucedido antes y tuve miedo, porque sabía que había perdido las riendas de la voluntad.
Hice un llamado infructuoso a razonamientos elaborados y visualicé posibles alternativas.
Soy una severa guardiana de mi interior, con un pudor excesivo en lo que se refiere a manifestar mis conmociones más profundas, por eso, no lo comenté con nadie, lo que pudo haber sido un error. Una visión externa nos permite, muchas veces, elaborar nuestros conflictos desde otra perspectiva.
De todos modos, no me arrepiento, pues si, retrocediendo en el tiempo, pudiera cambiar lo sucedido, actuaría igual.
Durante el día, no podía apartar mis pensamientos de él y por las noches, lo soñaba.
Comencé a forjar ilusiones.
Lo veía, acompañándome en los recorridos más hermosos de mi existencia, de aire en la cara y vuelos en los pensamientos. Estaba allí, dondequiera que yo estuviera, a mi lado o esperándome.
Su fortaleza, sus antecedentes de una trayectoria recta, predecible, por qué no, eran indicaciones motivadoras de una decisión definitiva.
Un día, arremetí. Lo miré sin que me viera, y lo comparé. Me pareció vital, hasta impaciente por contenerme.
Él sería el impulso que mi vida necesitaba para comenzar el verdadero cambio. Imaginé trayectorias diferentes, en metas más alejadas de las muy limitadas que había podido marcarme hasta ese momento. Comprendí lo feliz que me haría ese cambio, sin desconocer los inconvenientes, inevitables.
El otro, debería ir por diferente sendero. No me sería posible mantener su permanencia a mi lado. Seguramente, otra dueña le daría un uso productivo.
Esta mañana, al abrir el garaje me he dicho:
– Ahí tienes, querida, el fruto de tus desvelos.
Parecía que el Chevrolet Aveo Extrafull, con vidrios polarizados, me sonreía desde sus dos ojos de luz de xenón, instándome a olvidar al fiel Fiat. La automotora designará su nuevo dueño.

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