Palmeras del sur

Yo sé que somos feas o, por lo menos, que no somos lindas.
Mucho más lindas y elegantes son nuestras primas tropicales
flacas, altas, con generosas curvas y color verde brillante.
Ellas gestan y paren enormes y lujuriosos frutos
que hacen las delicias de turistas y pobladores locales.
Nosotras, sometidas al frío pamperos y sudestadas,
somos grises, despeinadas, tristes, solitarias,
apenas nos juntamos en un par de zonas del este.
A las primas del norte del país nunca las vemos, no las conocemos.
Nuestros humildes frutitos, de color y dulzor de miel,
son devorados por cerdos y humanos,
los pocos hijitos que logran nacer son comidos por vacunos,
apenas sobreviven los que nacen entre el alambrado y la carretera.
Se crían solitos, lejos de nosotras,
sin que les podamos hacer un mimo, una caricia.
Y ahora nos roban los pocos hijos que sobreviven
para exportar a precio de oro a países lejanos.
Por todo esto, somos grises, viejas, tristes.
A veces nos visitan pájaros que nos alegran con sus cantos,
las cotorras anidan sobre nosotras; es un dicha el alboroto,
sus charlas y los chillidos de sus pichones.
Pero a esta alegría la acompaña un peligro:
Si los pájaros dejan en nuestras copas semillas de higuerón,
éstas germinan y largan raíces que nos abrazan.
Al principio, esto nos parece de una ternura increíble,
pero con el tiempo nos van estrangulando hasta matarnos.

Por todo esto somos grises, viejas, tristes.
Pero pronto, nos vamos a extinguir.

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