Balance

¿Cuál sería el mejor momento para dejarlo, mudarse y comenzar una nueva vida? pensó Carla esa mañana sosteniendo la taza humeante de café entre sus manos y todavía en pijama. Sobre el mueble del living observaba el portarretrato con la foto de ella y Luis sonrientes, despreocupados, protegidos con sus ropas de abrigo durante sus últimas vacaciones en Bariloche. ¿Qué instintos albergados en su interior celosamente la habían impulsado hacia él?
No llegaba a vislumbrar que ilusiones la habían hecho despertar abrazada a su cuerpo todas la mañanas ni anhelar la hora de regreso de su trabajo momento en que él calzado con sus pantuflas contestaba con monosílabos a todas sus preguntas.
La cucharilla del café en su movimiento circular iba y volvía por la taza, Carla absorta en la fotografía recordaba los momentos felices vividos con él, pero no lograba evitar el torbellino de dudas que la asaltaban y la obligaban a tomar una decisión.
Se entendían en la cama, ¿era por eso que se había liado con él? ¿o por el bienestar material que le brindaba ? Desde pequeña había sentido terror al fantasma de la pobreza, la imagen de su madre guardando los últimos ahorros quitándolos del alcance de su padre oficiaba de recordatorio cada vez que entablaba una nueva relación. Y por cierto el hecho de que en pocos días celebraría su cumpleaños número cuarenta y ocho y el miedo a envejecer en soledad la acicateaba de tanto en tanto.
Desde hacía un tiempo Luis se sobrecargaba de trabajo. Llegaba a la casa, se ponía ropa cómoda y se sentaba a preparar nuevos informes para el día siguiente. Ella creía que lo hacía como excusa para evitar soltar sus verdaderos sentimientos. Hablaba de temas banales y respondía escuetamente o con el clásico: “Está bien cariño pero déjame ahora que tengo que terminar esto para mañana”.
Su relación ya no era la misma que antes cuando fueron presentados por un amigo en común. En ese tiempo, creyeron que estaban hechos el uno para el otro. Ahora, ella sentía la barrera de indiferencia que se había instalado entre ambos, los momentos de silencio estando juntos eran como espacios desiertos en donde cada uno solo caminaba a gusto estando consigo mismo.
Miró la hora en el reloj que colgaba de la pared del living y se dirigió al escritorio.
Prendió la notebook y entró en el facebook. Vio que Martín tenía activado el chat.
Qué casualidad pensó reencontrarme con Martín después de tanto tiempo….
Martín había sido condiscípulo en la escuela y era el presidente del club de ex alumnos. A través de las redes sociales la había contactado y habían tomado la costumbre de chatear a media mañana.
Hola Martín ¿cómo estás? Después de todo, voy a aceptar tu invitación a salir ¿por qué no? escribió decidida.

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