La dura profesión del biólogo

Marijka y Ernest eran dos biólogos holandeses especialistas en conservación de especies en peligro de extinción. Financiados por la cooperación de su país, recorrían selvas y zonas ricas en biodiversidad para estudiar especies amenazadas y contribuir a diseñar programas nacionales de manejo y conservación de la biodiversidad.
Muchas veces los acompañaban técnicos y personal subalterno nacional para apoyar su tarea, en particular, para rastrear huellas de los diferentes animales. Sin embargo, en las zonas verdaderamente peligrosas, se adentraban solos a hacer sus estudios. Nadie se animaba a acompañarlos en las selvas de Papua-Nueva Guinea, Congo, Misiones y varias otras. En cambio era muy fácil para ellos ofrecerse como ayudantes en reservas como el Kruger Park, Okavango, Serengeti y tantas otras.

Empapados por la cálida lluvia de la selva tropical misionera, Marijka y Ernest seguían el rastro de un gran jaguar para filmarlo, fotografiarlo. Como tantas otras veces hacían su trabajo sin la compañía de personal local. No eran expertos rastreadores, de hecho eran científicos enamorados de su profesión y amantes de la fauna silvestre.
El entorno era increíble. La lluvia caía fuertemente sobre el nivel superior de la vegetación selvática y en grandes gotas caía sobre el dosel intermedio e inferior, haciendo un ruido fuerte que competía con los cantos y graznidos de las aves y los horribles gritos de los monos “aulladores”, que se escandalizaban de que humanos extraños invadieran su territorio. Los vuelos rasantes de tucanes, papagayos y grandes mariposas aportaban colorido a la selva tropical bajo ese diluvio.

– Este jaguar es enorme – dijo Ernest – mirá las huellas de las manos, tan grandes como las mías.
– Debe ser un hermoso ejemplar, pero me parece que tendríamos que refugiarnos hasta que amaine el aguacero -respondió su esposa y colega.
– ¿Y dónde nos vamos a meter?
– Fijate que debajo de esos helechos gigantes casi no llega el agua.

– Yo quiero seguir – insistió Ernest – Ya estamos cerca, las huellas están claras.
– Sí, pero a veces se cortan por los charcos e hilos de agua que hay por todos lados. Lo vamos a perder y, lo que es peor, nos vamos a perder nosotros.
– No nos vamos a perder, este GPS no lo va a permitir.
– Por favor, Ernest, estos GPS todos mojados ya no sirven. Me preocupa cómo vamos a volver al campamento.
– Bueno, seguimos un poco más mientras podamos ver las huellas del jaguar. Si las perdemos, volvemos siguiendo nuestros propios pasos.

Desesperada, angustiada, Marijka pugnaba por salir de la selva a la carretera arrastrando el cuerpo sin vida de su amado. No podía sacar de su mente y su retina la espantosa imagen. El jaguar saltando de una enorme rama se lanza sobre Ernest, desplegando sus armas letales: enormes garras y colmillos, impulsados por doscientos quilos lanzados desde tres metros de altura.
Marijka consiguió dispararle al jaguar con su pistola. No acertó a dar en el blanco, pero el estampido ahuyentó a la bestia sin lograr evitar que el cuello de su compañero quedara destrozado por la precisión del ataque. Sí consiguió que el animal no destrozara su cuerpo.

Llegó a la carretera sola, no pudo arrastrar el enorme cuerpo inerte de Ernest, apenas rescató de él algunos objetos muy queridos. Se sentó sobre una roca a esperar horas a que pasara un vehículo. En su desesperada espera recordó su último diálogo con Ernest:

– Amor, se pierden las huellas, esto no me gusta.
– No te preocupes, se deben haber borrado por la lluvia. Sigamos un poco más.
– ¿Y si el jaguar está emboscado encima de un árbol?

Un par de horas después pasó una camioneta, la hizo parar y solicitó que la llevaran al campamento. El conductor, viendo su estado desesperado y lamentable, accedió gentilmente a llevarla. Antes ella le pidió otro favor: “un minuto, voy a dejar estas botas para ubicar este lugar, mañana tenemos que volver”.
Al otro día, desolada, volvió al lugar de la tragedia acompañada de una brigada de salvataje. Encontró una sola bota. Poco importaba, tal vez un mono se había llevado la otra como trofeo, ahora tenía la triste y enorme responsabilidad de volver a la selva a rescatar el cuerpo sin vida de su querido Ernest.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.