Los zapatos agujereados

Los zapatos agujereados

“¡Vos no sabés valorar las cosas! ¡Cómo se nota que la vida te lo dio todo en bandeja!” me decía mi madre. Sin embargo, yo trabajaba desde que tenía 18 años. Soy la mayor de tres hermanos y diecisiete más chica que mi madre.
Todos criados en la misma casa, con los mismos métodos. Mientras yo trabajaba y me esforzaba por terminar mi carrera de auxiliar contable en la universidad del trabajo, Tomás, dos años menor que yo, apenas estaba terminando el ciclo básico. Retomaba, dejaba, trabajaba, volvía a estudiar. Carlitos el menor de todos todavía iba a la escuela.
Ese día mis padres no estaban lo que se dice de buen humor, yo diría que naufragaban entre un mar de incredulidad y frustración. Habían descubierto la adicción de Tomás por las drogas. Mamá lloraba y papá sólo hablaba que lo llevarían a un centro de rehabilitación. Tomás decía que sólo lo había hecho una vez y que nunca más lo haría con gesto de inocente arrepentido. Yo quedé paralizada frente a la escena y Carlitos nos miraba desde la puerta como si fuéramos un cuadro viviente.

—Pero mamá, yo colaboro pero con la cantidad que está a mi alcance, tengo gastos fijos, la suma que me dices es imposible.
—La suma es la que yo te digo y si no podés, aprontate el bolso y anda a vivir a otro lado, desconsiderada.
Sentí como me recorría un frío helado por la espalda y, por un instante, pensé que no era verdad lo que oía. Tomé a mi hermano pequeño de la mano y lo llevé a la cocina a prepararle el café con leche que entre tanto alboroto nadie le escuchaba la petición de “quiero la leche ¿me hacen la leche? Pensé que papá hablaría conmigo o mamá recapacitaría de lo dicho, pero ni una cosa ni la otra, solo el silencio obtuve por respuesta. Y, durante los días siguientes, cuando llegaba a casa luego de trabajar y estudiar, sólo encontraba caras indiferentes y enojos.
Fue así que decidí abandonar mi casa y vivir la aventura de independizarme. Primero me acogió una amiga en su casa y luego conseguí lugar en una pensión bastante económica en el centro de la ciudad. El baño era compartido y descansar se hacía casi imposible con los llantos de niños pequeños y discusiones que se armaban en los cuartos contiguos al mío. Dormía con sueño liviano y atento siempre con miedo que pudiera a pasar algo horrible. Cuando llegó el primer fin de mes y pagué todos los gastos fijos caí en la cuenta que sobraba poco dinero para comer y viajar hasta el trabajo. Pero como en todo plan de guerra, supervivencia y orgullo, planifiqué en detalle mi comida y mis traslados. El menú semanal se basaba en la compra de un paquete de fideos secos y media docena de huevos que daba exactamente para llevar en la vianda. Fideos hervidos y un huevo duro por día era el almuerzo y la cena era un café magro con un par de galletas, a veces y cuando estaba de oferta, compraba un pote de mermelada. Me levantaba una hora antes para llegar al trabajo caminando, días soleados o lluviosos lo hacía de igual forma. Mis zapatos muy bien lustrados pero ya viejos me pasaron la cuenta de su cansancio y comenzaron a agujerearse en las plantas de mis pies y, aunque les fabricaba unas plantillas con cartón duro, no había manera de mitigar la molestia al caminar, veredas rotas, piedras y chicles parecían que siempre tenía que meterse en el agujero. Cuando llovía trataba de ir por los lugares más secos pero era en vano porque a la media cuadra ya mis pies estaban empapados. Solía reírme en silencio de las mojaduras y también tratar de adivinar que objeto insolente se había incrustado en mi pie. Si era duro seguro era una piedrita y si quedaba medio pegajoso fija que era un chicle. Por suerte, llegó el verano y con él habilité el permiso para usar unas sandalias. Durante ese tiempo junté peso a peso para comprarme un par de zapatos nuevos pero a mis queridos zapatos agujereados no los tiré ni tampoco los arreglé, los guardé como recuerdo de una parte muy dura de mi vida en la que supe salir victoriosa.

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