Mala hierba

Érase un hombre absorto frente al ventanal y ante la lluvia de infinitos cristales que lavaban el vidrio.
La cortina de agua, velo transparente que lograba aquietar los remordimientos que lo enloquecían como punzadas dolorosas, le permitía olvidar por un rato su responsabilidad en lo sucedido recientemente.
Su vecino, propietario de la cabaña de al lado, yacía muerto sentado en la silla frente a él y con la cabeza colgando cual macabra reverencia.
¿Qué vericuetos tiene la mente humana que puede llevar a alguien a situaciones tan drásticas?
Qué ironía…que un buen vecino, persona de tu confianza, pueda convertirse de un día para el otro en tu peor enemigo. Era lo que pensaba este hombre que días atrás había descubierto la infidelidad de su esposa.
Había sucedido de forma casual al atizar las brasas de la estufa cuando llamó su atención una pelota de papel arrugada a punto de ser quemada por el fuego.
La desenvolvió con cuidado evitando que el papel quemara las yemas de sus dedos, pero el contenido de la carta era un combustible tan potente que encendió en su interior una forma de ira desconocida para él.
En la carta, su bondadoso vecino, quien tantas veces le había prestado herramientas y hasta el auto para ir a hacer las compras al pueblo, derrochaba ardientes palabras al recordar los deliciosos encuentros con su mujer y le expresaba a ella su deseo de estar juntos para siempre.
Confundido y preso de una inusual necesidad de venganza decidió urdir un plan que dejara a su rival fuera de combate por un tiempo.
Recordó cierta vez que vio a otro vecino desmalezar el terreno desechando todas las plantas de marcela que se encontraban allí.
—Hey, compadre— le interrogó— ¿qué está haciendo con tanto yuyo?— al ver la profusión de flores amarillas sobre el pasto.
—Lo que pasa que a esta planta maldita no la quiero ver más— contestó el otro. —Mi mujer, los otros días, me sirvió un té y casi me deja “preparado para el cajón”
Fue así como al marido traicionado se le ocurrió invitar al “bondadoso” a ver juntos un partido por la tv el sábado a la tarde. Mientras lo esperaba, puso a hervir el agua para el mate y cuando la volcó en el termo tuvo la precaución de echar una pizca de flores de marcela.
A la hora convenida, llegó su vecino y se sentaron a tomar mate y ver el fútbol.
Con las primeras cebaduras, la víctima parecía no darse cuenta del extraño gusto del agua posiblemente porque la infusión era aún muy suave, pero luego al hacerse más evidente el sabor, su rostro comenzó a traslucir las primeras señales del espanto.
No tuvo tiempo de preguntar ni defenderse, su lengua comenzó hincharse lo mismo que su cuello, la sensación de ahogo comenzó a invadirlo y, contrariamente, le fue emergiendo su instinto de conservación.
Con los ojos desorbitados y las manos en la garganta le gritaba a su amigo pero su voz salía en un murmullo apenas audible.
— ¡Por favor…llama al Dr. Repetto… ahora… andá, por favor — se lamentaba
Él, impávido desde su silla, veía la agonía en su rostro cada vez más ceniciento.
Finalmente, cansado de luchar, su cuerpo cayó inerte hacia adelante como rindiéndose ante el triunfo de su rival.
La voz del relator del partido y el sonido de los truenos anunciando las primeras gotas fueron los últimos sonidos que el infortunado escuchó antes de entregar su alma.
Y, al atardecer, cuando el campo recibía la bendición del agua y la paz traída por el murmullo de la lluvia, se escuchaba desde el interior del rancho un reclamo repetido varias veces como el rezo de un rosario
Tenías que llamarte Marcela
planta desgraciada,
traicionera como mi mujer
Me engañaste… perdida…
yo sólo quería darle un susto.

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