El padre Ercildo

Qué noticia tremenda, conmocionó a todo el pueblo pensaba Gastón cuando rumbo a la escuela vio a todos los pueblerinos caminar hacia el velatorio donde yacían los restos del párroco Ercildo. ¡Qué manera de terminar su vida!

Fue cuando al pasar por un pasillo vio uno de los cuadros que representaba el vía crucis torcido, quiso pararse sobre un taburete para acomodarlo y, por descuido, se pisó la sotana resbalando y cayendo con tanta mala suerte que se golpeó la cabeza en la punta de un banco de la iglesia” decían la veteranas devotas que pasaban dentro de la capilla

Yo no podía resistir la idea de entrar y verlo al padre ahí metido en el cajón. Me quedé parado frente a la puerta de la casa velatoria por largo rato, hasta que lo decidí, abotoné mi saco, acomodé mi pelo y entré. Puse una cara seria y triste y subí las escaleras. ¡Qué lugar horrible! Poquita luz y un olor medio raro a pesar de que había flores por todas partes. Caminando entre la gente, casi me doy contra el cajón del padre Ercildo. Quedé duro y sin respiración. Cuando me calmé, vi el crucifijo en la cabecera del cajón y los candelabros atados con un cordón color bordó, creo, porque estaba muy nervioso. Cómo lloraban las vecinas, parecía que no iban a terminar nunca porque, cuando se calmaban, otra vez empezaban a llorar. Una decía “¿por qué padre usted que era tan bueno?”, otra “Dios lo necesitaba en el cielo” “era un ángel” y otra vez a llorar. Por allá, más al fondo, estaba el grupo de hombres que no paraban de contar chistes y reír. Las viejas chusmas estaban todas en un rincón amontonadas meta murmurar. Y los chicos que íbamos llegando nos poníamos juntos para no molestar y respetar. A mí, mi padre me mata si me llega a ver riendo. “No hay que faltar el respeto” dice siempre y con papá no se juega. Entre tanto lío no me había dado cuenta que estaba Anita, allí, sentada junto a su abuela, muy quietita mirando al piso. No pude resistir y me acerqué para saludarla. Caminé con disimulo hacia ella y fingí atarme los cordones de mi bota, cuando me agaché pude ver sus ojos que me miraban también, mi corazón se puso como loco. Sentí que estaba feliz. Como al descuido se le cayó su pañuelito. No dudé en levantarlo y, con ademán de un caballero, se lo entregué. Me lo agradeció con una disimulada sonrisa. Nos rozamos apenas nuestros dedos, sin embargo, el perfume a jazmines quedó impregnado en mi mano. Salí contento y, en cuanto toqué la calle, comencé a dar brincos de alegría. Llegué a casa y mamá me ordenó lavarme las manos para almorzar.  “Apurate que tengo que ir al velorio del padre” me gritó. Esa vez, le hice trampa, me lavé una sola, por si me las inspeccionaba como solía hacerlo. La otra no me la lavé, olía a jazmines dulces como Anita. No hablé mucho con mamá en la comida, pero no se dio cuenta porque estaba apurada. Aun no podía creerlo. Haber cruzado una mirada con ella, lo había soñado con tanta fuerza. Y fue allí, justo allí, en el lugar menos pensado, en el velatorio del querido padre Ercildo. Sin dudas, padre usted es un verdadero ángel.

 

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