Elena

Una mañana, como tantas otras, Francisco se dirigía al pueblo cargando su escasa mercadería que trataría de vender lo más pronto posible para poder pasar por el burdel “La rosa escarlata”. Un lugar tan tentador para los hombres como asqueroso para sus mujeres. Francisco, montado en su vieja carreta y vestido con sus más prolijas ropas, iba silbando una canción optimista. Su gorro marrón desgastado por el sol protegía su piel cuarteada por el trabajo y los años, sin embargo, su franca mirada y su nariz angulada daban a su rostro un aspecto armónico y jovial. Todavía no tenía novia, ni prometida, ni nada; no porque no quisiera sino porque en la aldea donde vivía escaseaban las mujeres solteras y, por eso, una vez más visitaría a las chicas del pueblo.

Esta vez quería llegar temprano para ver si encontraba libre a Elena. Elena era uno de esos raros especímenes que muy de vez en cuando produce la raza humana en su afán por acercarse a la belleza de los dioses. La magia de sus ojos azules y el dulce dibujo de su boca evocaban las tenues pinceladas de un pintor. Sobre sus armoniosos hombros descansaba su largo y dorado cabello donde Francisco había deseado mil veces hundir sus dedos. Su figura contorneada y armónica parecía haber sido tallada a puro cincel. Sus infinitos brazos y su pecho firme enloquecían a cualquier hombre pero, sobre todo, era la expresión de su semblante lo que con más fuerza atraía. A todos turbaba dando una sensación de paz e inocencia.

Pasaba el medio día cuando Francisco terminó de realizar sus ventas, la suerte estaba de su lado, no había quedado ni una docena de huevos sin vender. Se sentía feliz y afortunado. Sacó de su bolsillo un pañuelo blanco  prolijamente planchado que sirvió para secar su sudorosa frente del cálido y polvoriento verano. A esa hora no había nadie en las calles, la gente se resguardaba en sus casas o bajo la sombra de los árboles buscando el amparo de algún lugar fresco. Sólo se escuchaba en el tocadiscos de alguien una canción negra rasgando el aire con una sublime tristeza.

Francisco caminó hacia el burdel y quedó perplejo al ver a Elena parada en la puerta vestida de negro, con mangas caladas que hacían una colmena de sus brazos casi interminables. Por el tajo de su vestido dejaba entrever sus piernas maravillosas, largas, flexibles, capaces de todo. Con un gesto en su rostro lo invita a pasar, no hace falta hablar, él la sigue palpitante, inmerso en una nube de deseo. Ambos entran a un reducido cuartucho donde ella lo tiende sobre la cama. La belleza de su rostro contrastaba vivamente con el ambiente malévolo que se respiraba en aquella habitación.

 

Elena se tumba sobre él y lo besa con sus emponzoñados dulces labios, Francisco deja de respirar. Una dulce muerte para el cansado hombre.

A la mañana siguiente, el pueblo despierta inmerso en húmeda e incesante lluvia de verano. El agua castiga el cristal de la ventana de Elena. Ella la mira con cara de loca caprichosa para volver su mirada hacia la cama. Allí está el cuerpo sin vida de Francisco, con el rostro descarnado y sangriento, la boca sin labios y las cuencas vacías de los ojos. Queda aterrorizada, retrocede pálida, más extraña, más hermosa que nunca, petrificada, divina. Con un alarido que no puede salir de sus labios, se queda a medias entre la ventana lamida por la lluvia y la cama donde se encuentra el cadáver. Lo observa hipnotizada y sale de la habitación con un andar lento, atolondrado.

 

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