Toc-toc

Había una vez, hace muchos, muchos años en tierras muy pero muy lejanas había un ser cuyas nobles palabras de diversión y alegría habían causado un profundo malestar en la oscura y amarga bruja. Ésta tomó aquellas palabras como agraviantes e insultantes para sus creencias por lo cual decidió burlarse de él. Enojada pero entre carcajadas, primero, lo hizo sapo diciéndole que era un ser muy feo. Mas no soportó escucharlo croar. Luego lo transformó en mosquito y se mofó de su insignificancia, pero su zumbido le resultaba intolerable. Finalmente, lo hechizo haciéndolo árbol. Así se quedaría quietito, en silencio y sin molestar. Resignado a su nueva condición este divertido y alegre ser aprendió a vivir en esa nueva forma y pronto hasta se olvidó del embrujo. Cada día disfrutaba de cientos de pájaros que atraídos por sus bellas ramas venían allí a posarse. Tal vez, sabían del hechizo y, como muestra de solidaridad, habían decidido acompañarlo. Muchos hicieron ahí sus nidos. Él los acogía con gran gusto. Disfrutaba de sus trinos. Veía crecer a los pichones y, con todo amor, entregaba sus frutos para alimentarlos. Las aves llevaron sus semillas por muchos lugares y rápidamente vio crecer alrededor suyo a un grande y alegre bosque.  Bajo sus ramas, muchos otros animales se juntaban para disfrutar de su fresco. La fama de su bondad y belleza pronto recorrió valles, cruzo ríos y hasta atravesó las montañas y muchos llegaban hasta allí en largas procesiones para ver y disfrutar del gran árbol. Sentía lo rodeaba que mucho amor y, quienes lo observaban, aprendían fabulosas lecciones de vida. La gran bruja, fastidiada frente a tanta alegría, se encerró en su cueva  masticando su amargura. Mientras tanto, aquel ser, en cada otoño, dejaba caer sus hojas para que, quienes allí estaban, pudieran recibir la calidez del sol y, en la primavera, nuevos brotes surgían dando sombra a quien la necesitara en constantes ciclos de renovación. Con el pasar de los años, le llegó su propio invierno y debió entregar su vestidura a la madre tierra. Con su madera, algunos hombres decidieron hacer tamboriles. Hoy en cada toc-toc borocoto, borocoto, borocoto se siente su corazón expresarse. La memoria vuelve y la alegría continúa. Muchos se juntan a su alrededor para disfrutar la fiesta de saber que su feliz espíritu aún nos acompaña.

Toc-toc, borocoto, borocoto, borocoto…

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