Un lindo jarrón chino

El hombre tenía muchos años de rematador y había visto toda clase de conflictos  por la posesión de objetos más o menos valiosos. Ya no se sorprendía de nada pero, coordinar con los herederos  de la sucesión más importante de la sociedad uruguaya la preparación del gran remate, había sido una tarea abrumadora. Gracias a su experiencia en tolerar impertinencias y gestos de soberbia,  finalmente,  consiguió definir qué cosas de esa familia saldría a remate y con qué bases. Sería el remate del año y así lo publicitaría por la prensa. Lo más selecto de la sociedad uruguaya estaría presente.

Durante esos días algunos miembros de la familia  le habían contado de la larga historia de  celos y odio entre dos de los hermanos, Magdalena y Santiago, que explicaba lo  difícil que le había resultado entenderse con ellos. Parece que habían competido toda su vida desde niños por todo. Pero lo que más lo sorprendió fue el escándalo que hicieron en su oficina sobre un jarrón de porcelana chino blanco y azul de la dinastía Ming. Magdalena decía que su madre siempre le había prometido que ese Ming sería para ella  y Santiago insistía en que el jarrón debía ir a remate.

—Si no se ponen de acuerdo vengan los dos al remate y compitan por el jarrón, de esa forma todos los herederos se beneficiaran— les dijo  el rematador y consiguió así terminar con la discusión.

Dada toda la polémica por esta pieza, el rematador tuvo curiosidad de saber cuál sería su real valor en el mercado internacional. Si bien es una clase de porcelana muy apreciada que se puede encontrar en muchos museos, el rematador dudaba de que se justificara tanto pleito por esa pieza.

—Por las fotos que me enviaste te diría que esa pieza es original y que acá podría rematarse entre 5 y 8 mil dólares. En un buen remate en Londres tal vez un 15% más— le dijo un colega amigo de Miami a quien consultó.

El gran día llegó. Los hermanos se sentaron en dos extremos del salón y siguieron con         atención la venta de todos y cada uno de los artículos. Cuando iba más o menos por la mitad del remate le tocó el turno al disputado jarrón.

—Una pieza única en el país, porcelana Ming en blanco y azul del período transicional en estado impecable, pieza de gran valor, difícil de encontrar similares fuera de los grandes museos, tengo oferta inicial de 1.500 dólares —dijo el rematador y arrancó con la puja.

Un par de personas ofrecieron rápidamente lo que llevó el valor a 1.800 dólares  y, en ese momento, Magdalena hizo su oferta de 2.000  que  Santiago la siguió con 2.500. En pocos minutos entre los dos llegaron a pasar los 10.000 dólares. En el salón, se podía cortar el silencio, nadie hablaba, todos miraban a los ofertantes como en un partido de tenis. Cuando llegaron a 20.000 ya nadie en esa sala dudaba de que en esa disputa había mucho más que un jarrón Ming en juego. Los dos hermanos hacían sus ofertas con discretos movimiento de sus cabezas y sólo se oía la voz del rematador quien ya se estaba poniendo nervioso. Para un rematador serio, con prestigio de años, un precio muy alto es una cosa buena por la comisión que cobra, pero un precio absurdo es mal asunto. Es una situación que se presta para toda clase de comentarios entre otros clientes. Todo el mundo tiende a suponer maniobras  detrás de un precio de remate absurdo y, por supuesto, significa suponer que el rematador está, de alguna forma, involucrado en una venta falsa. A los  rematadores les pasa como  a la mujer del Cesar no sólo tienen que ser honestos sino también parecerlo.

Finalmente, la oferta ganadora fue de Santiago, 35.500 dólares. Magdalena se dio por vencida y salió del salón hecha una furia. Su hermano fue a la caja, pagó con  un cheque, volvió al salón y pidió que le dieran su jarrón. Con el Ming en sus brazos  salió del edificio.

En el gran estacionamiento, Magdalena lloraba su rabia dentro de su Audi y, cuando vio  a su hermano, salió del auto y se acercó a él. Santiago la miró con una enorme sonrisa de triunfo, levantó el jarrón de 35.500 dólares lo más alto que le permitieron sus brazos y lo tiró con fuerza al piso haciéndolo partirse en mil pedazos. Luego se dirigió a su Mercedes, entró en él  y se fue satisfecho.

 

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