Rutina

Casi siempre llegaba tarde a casa, ese día no era la excepción. Revisó la contestadora casi instintivamente y, a pesar de que en la pantalla se veía el cero en rojo intenso, presionó el botón para oír: “Usted no tiene mensajes nuevos”
Trató de prepararse algo rápido para comer ya que no le gustaba cocinar y menos para ella sola.
Se tiró en el sillón, encendió la televisión como para tener algún ruido en la casa y comió el sándwich de atún que en una demostración absoluta de falta creatividad culinaria se había armado.
Caminó hacia el baño y giró el grifo para que la lluvia fuera cayendo mientras se desvestía para tomar un cálida y reconfortante ducha. Era un placer que se reservaba para el final del día.
Se tomó su tiempo, disfrutó de cada chorro de agua cristalina que caía por su cuerpo en forma de caricias.
Al salir, revisó nuevamente la contestadora. Esta vez solo con mirarla le bastó. Fue a la cocina y se sirvió una generosa copa de vino, bajó el volumen de la televisión pero no la apagó, encendió el equipo de música, trató de encontrar algo que le levantara el ánimo, ¡Maldita soledad! gritó para sus adentros.
Sin soltar la copa, pasó su mano por la biblioteca intentando con el tacto encontrar allí algún refugio, tomó un libro y lo abrió, leyó algunos párrafos sin prestar verdaderamente atención a lo que decían, en ese momento, eran solo palabras. Se levantó bruscamente y fue hacia el sillón donde había dejado su bolso, tomó el celular, no tenía llamadas perdidas, ni mensajes, ni nada… ausencia… sólo ausencia…
En un impulso, marcó el número, el número de él, dejó sonar hasta que la contestadora se ocupó de lo que él debió ocuparse, no dejó mensaje, no valía la pena.
Decidió que lo mejor era acostarse, al fin y al cabo, ya era tarde y al día siguiente… Al día siguiente, pensó sin encontrar como terminar la frase.
Tomó el pastillero y se tragó un par de pastillas con el vino, sería mejor buscar ayuda para poder dormir, se recostó en el sillón, dio unas cuantas vueltas, se levantó y decidió servirse otro poco de vino para ayudar a atraer el sueño, apagó la música y la televisión, solo dejó encendida la lámpara de pie que daba un aspecto penumbroso al living, miró, como de pasada, la contestadora casi culpándola de no tener nada para calmar su dolor. Tomó una vez más el pastillero y, con un gran buche de vino, pasaron por su garganta dos, tres… quizás más pastillas. El sueño no venía. Su celular estaba sobre la mesa y volvió a marcar el último número, pero no obtuvo respuesta, se recostó en la alfombra y el sueño… no venía, que espera insoportable. El sueño… El sueño… no venía. Sintió como su cuerpo ya no le respondía, apoyó la cabeza y dejó caer la copa de vino derramándolo. Escuchó su celular sonando como a lo lejos, cada vez más lejos… Ella ya no podía moverse. Cerró sus ojos. Lo único que le quedaba era esperar la muerte…

En una guerra todos perdemos

Juan había ejercido desde hace 12 años como profesor de historia, era un apasionado de su trabajo y dedicaba muchas horas y preparaba sus clases con mucho gusto. Ese domingo, se dispuso a organizar los temas para el lunes y, entre libros y apuntes, pensó en Siria. Esa nación de Medio Oriente gobernada desde 1970 por la familia de Basher Al Asad. Desde el año pasado, se había iniciado una represión del gobierno contra los activistas que exigían libertades políticas y civiles y prosperidad económica. ¡Qué tema! pensó, ¿quién no querría prosperidad económica y esas libertades? parecía casi utópico. Estos reclamos desencadenaron una guerra civil que hasta el mes de julio de este año y según informes de la ONU se habría cobrado 17.000 vidas y, además,  otros 170.000 sirios habían buscado refugio en países vecinos como Iraq, Turquía y Jordania. Se le ocurrió que era un buen ejercicio para su clase el plantear un debate sobre la amenaza de ataque a Siria por parte de EE.UU. Eso le permitiría tocar un tema de actualidad, conocer cómo razonan sus estudiantes y, principalmente, estimular sus mentes abiertas a los temas que afectaban a nuestro mundo. Eso en sí era educar para él, tratar de darles herramientas para que pudieran forjar sus propias opiniones.

Entusiasmado, entró al salón donde ya lo aguardaban varios estudiantes a pesar de que faltaban 5 minutos para el comienzo de la clase.

Una vez se cerraron las puertas del aula, con ansias de cómo iban a reaccionar ante semejante propuesta, la expuso:

—Hoy, la idea chiquilines es que puedan formar grupos, les voy a dar unos minutos de tiempo para que se organicen y armen la idea, luego cada grupo la expondra a toda la clase. La consigna es que puedan dar argumentos a favor y en contra del ataque a Siria, al terminar podremos debatir las ideas pero las conclusiones se las van a guardar para cada uno, lo que discutiremos aquí son solo argumentos no conclusiones ¿está claro? Comiencen ya…

 

Vio con agrado como la propuesta había tenido el efecto que él esperaba y disfrutó sentado en su escritorio de cómo sus estudiantes tenían charlas algunas silenciosas y otras más acaloradas, todo servía. Pensar nos hace libres y sonrió al decir para sus adentros una frase tan trillada pero tan cierta.

 

Transcurridos los minutos asignados para la preparación del ejercicio se dispuso a hacer las veces de moderador.

Como era casi obvio el primer estudiante delegado del grupo que debía buscar argumentos favorables del ataque se levantó y habló hacia la clase

–                    EE.UU cree que se están usando armas químicas, ellos tienen una responsabilidad moral ya que las armas químicas están prohibidas por la ley internacional. Es una acción a favor de la democracia, si no se tomara este tipo de medidas cualquiera más allá o más acá puede imitar la acción de Al Asad.

–                    Me parece muy buen punto— agregó orgulloso de los conocimientos de sus aprendices— continúen por favor.

–                    Pensamos además que no atacar a Siria provocaría una inestabilidad mundial.

–                    ¡No queremos que cometan otro error como con Iraq! – se escuchó desde el centro del otro equipo

¡Bien! pensó Juan, ¡Justo lo que quería lograr!¡Comenzó el debate!

–                    ¿Por qué piensas en Iraq?—preguntó Juan al alumno y dirigió su mirada al grupo opositor— ¿tienen algo para refutar…?

–                    Siria no es Iraq, los servicios de inteligencia de EE.UU. han analizado y escudriñado todas las pruebas una y otra vez. A Iraq se lo invadió para comprobar si eran cierto los datos de que existían allí armas de destrucción masiva pero, en este caso, ya se sabe que existen y además las están usando. Por eso creemos que la intervención de EE.UU. en este tema es de suma importancia para no crear antecedentes de que pueden violarse leyes internacionales y que nadie va a reaccionar.

–                    Como no podemos apagar fuego con fuego tampoco podemos mantener una democracia y parar una guerra con guerra — agregó una integrante femenina del otro grupo— además las encuestas dicen que los estadounidenses no apoyan el ataque.

Otro integrante del grupo que había trabajado sobre la argumentación en contra del ataque a Siria intervino y se dirigió al alumno expositor del grupo contrario:

–                    Tú decías que no atacar iba a tener como consecuencias inestabilidad mundial, nosotros pensamos que sería muy por el contrario, el hecho de un inminente ataque provocaría esa inestabilidad mundial ya que este ataque podría provocar a Hezbolá a atacar a Israel ¡en represalia! Con el refuerzo de posiciones militares enviadas de EE.UU hacia el Mediterráneo Occidental y con Rusia defendiendo a su único y acérrimo aliado árabe, Siria, podrían cumplirse las nefastas predicciones sobre una Tercera Guerra Mundial— concluyó.

Ya había sonado el timbre que avisaba de un recreo para tanto movimiento de neuronas pero nadie había abandonado su lugar y miraban a Juan como buscando una palabra de aprobación o no con respecto al ejercicio.

Se oyó una voz que resumió el hecho:

–                    ¿Y  Profe? ¿cómo lo hicimos? ¿quién ganó?

–                    Chicos en una guerra todos perdemos…

… y con esa reflexión todos salieron del salón, algunos se dirigieron al patio, otros a la cantina y otros caminaron por los pasillos pero todos, absolutamente todos, se fueron hablando del ejercicio realizado en clase y sacando sus propias conclusiones y sobre todo pensando la última frase de su Profesor

 

EN UNA GUERRA TODOS PERDEMOS…..

¿TODOS…?

 

¡Delantales temblad!

Teresa se secó las manos en el delantal y se agachó para recoger el volante tirado bajo la puerta. Ya conocía la convocatoria a través de las redes sociales, miles de mujeres se unían bajo el lema “Delantales temblad” anunciando una huelga por tiempo indeterminado de todas las amas de casa.
El acto público de denuncia del trabajo insalubre del cual eran objeto muchas mujeres del país se iba a llevar a cabo en las distintas capitales departamentales. El lugar de reunión sería una plaza pública ubicada en el centro de las ciudades.Allí se leería una proclama y luego se procedería a la quema de delantales en una gran fogata.
Teresa se percató que faltaban apenas unas horas para el evento pero de todas maneras le daba tiempo de cancelar la consulta con el dentista de su hijo, hornear unos scones y lavar un montón de ropa que tenía apilada.
Se sentía diferente ese día, el entusiasmo de romper con la rutina y hacer algo tan loco y descabellado como concurrir a un mitin la colmaba de una satisfacción desacostumbrada. Siendo joven, nunca había concurrido a las manifestaciones estudiantiles como sus compañeros de liceo, era una chica retraída que no se sentía cómoda entre la multitud y cuando salía con sus amigas éstas le gastaban bromas ya que siempre estaba pendiente de la hora de regreso. A cada rato, consultaba su Seiko de oro con malla de cuero temiendo llegar tarde a casa. Cada vez que miraba ese reloj, regalo de su padre, recordaba con pesar su autoridad indiscutida dentro de la familia.
¿Qué me puedo poner para esta ocasión? pensaba revolviendo entre la perchas del placard. Quizás estos jeans… sí… me irían bien con esta camisa floreada. Mmm… me veo rara con este “look” juvenil…pero me gusta, me sienta bien.
Decidida por estas prendas, corrió a guardar el delantal en una bolsa y volvió al dormitorio para vestirse.
De pie frente al espejo, tomó conciencia de su apariencia, de su contextura esbelta y de su piel que ya comenzaba a ser testigo del pasaje de los años. Esparció la base mate por su rostro y le dio un toque de rubor en las mejillas. Una tenue sombra lila tiñó los párpados y ya quedó pronta para salir.
¿Cuánto hacía que no se tomaba un tiempo para ella misma? Para sus propios deseos y placeres. Ya ni se acordaba, caía en la cuenta que había estado perdida, diluida entre los deseos de los demás: el de su marido, su hijo e innumerables parientes a los que ayudaba desinteresadamente. Le gustaba eso de ser importante para los otros, lo había sido por tanto tiempo, que casi creía que se había convertido en una adicción.
¿Qué sentiría entre tantas mujeres reunidas en la plaza?
Imaginaba un montón de amas de casa de todas las edades, desconocidas entre ellas chismorreando detalles íntimos, pasándose recetas de cocina y comentando los problemas de los hijos en la escuela.
Se criticó a sí misma por semejantes pensamientos y por creer que las de su mismo género pudieran tener horizontes tan estrechos.
Quizás así la habían educado, así había visto vivir a su madre y a su abuela, concluyó después, pero ya era hora de revertir ese condicionamiento.
La lectura del volante había detonado algo en su interior que ya llevaba años queriendo romperse. Iría a la plaza y se mezclaría con todas, de la misma forma que las hebras de un tejido se unían unas con otras para dar cuerpo y consistencia a la tela.
De su muñeca abrió el Seiko y lo tiró sobre la mesa de luz, solo faltaba dejar una nota, colgarse la cartera y buscar la bolsa que contenía el delantal.
Escribió en un papelito “Querido hoy vuelvo tarde” y lo pegó bajo el imán de la heladera.
Ya en la calle sintió el calor de la tarde y observó el cielo azul despejado, sin una nube. Qué linda debe estar la plaza pensó y al dar vuelta la esquina el resplandor del sol en los vidrios de un auto deslumbró su vista. En un gesto instintivo, ocultó sus ojos bajo la mano para darse sombra. Apuró sus pasos, no quería llegar tarde.
Su marido desde el volante no la reconoció, pasó de largo.

Esta vez, sí

Mariana se levantó a toda prisa. Aún faltaba tiempo para llegar en hora a la cita asignada. Mientras se bañaba, repasaba en su mente, una y otra vez, el discurso que diría. Esta vez no se callaría como lo hacía habitualmente. Tenía grandes verdades que decirle. Sabía que él no la dejaría hablar mucho y, tal vez, le bajaría algún discurso de esos que ella ya estaba acostumbrada a escuchar. A él no le importaba que alguien estuviera presente. Siempre la humillaba. Delante de cualquiera.
Salió de la ducha y se vistió elegantemente. Un vestido en lino de suave diseño y zapatos color arena. Ató su largo cabello con un moño.
Así, llegó al juzgado. En medio de la gigante e impecable escalinata de mármol, miró su reloj de oro y comprobó que faltaba una hora para la cita.

Gastón llevaba horas trabajando, estaba agotado, la noche anterior se había quedado hasta media noche en la oficina junto a su nueva secretaria, una muchacha joven recién recibida y recomendada de un amigo. A caballo viejo le gusta el pasto tierno pensaba y se preguntaba cuánto demoraría en conquistar a la nueva adquisición. Hizo una llamada a su abogado, se puso el saco y salió avisando a su secretaria que saldría sin saber hora de vuelta.
Mientras conducía su Mercedes Benz recibió una llamada al celular.
— Te dije que no me llames hoy, tengo un día complicado sabés de memoria que tengo audiencia. No compliques más las cosas Sofía— y colgó indiferente, frío.
Ya no recordaba cuándo se había convertido en su relación en “eso”, cuándo esas noches llenas de pasión en habitaciones lujosas con copas de vinos finos y ramos de rosas rojas habían quedado en el olvido. La había conocido en una reunión de negocios. Él se presentó ante ella con una frase que la había hecho sonreír. Tampoco recordaba hace cuánto tiempo no reía.
Sofía llevaba tres meses en reposo por su delicada salud, un embarazo no era lo que su doctor había recomendado, sin embargo, con el afán de retener a Gastón llevó a cabo su propósito.
Secó su frente traspirada y miró por el espejo retrovisor, vio a Mariana parada en la escalinata, bella.
Estacionó el coche y se dispuso a bajar cuando nuevamente sonó el teléfono. Era su secretaria. No la atendió. La chica recomendada era ávida en escalar a la cima, no importaba qué habría de hacer para tener un ascenso veloz dentro de la empresa y ya le había tomado los puntos al cincuentón. Venía de una familia humilde. Tuvo que trabajar de mesera en un boliche de mala muerte para pagar sus estudios, terminaba tarde su jornada laboral, descansaba poco y madrugaba demasiado. Lo llamó sin motivos, con el pretexto de quedar esa tarde fuera de hora.
Mariana lo vio bajar del auto y subir corriendo las escaleras. Se paró frente a ella y la miró indiferente. En su mano derecha giraba el llavero y en la izquierda le brillaba la alianza. Él le miró la suya. Recuerda cuando le regaló el anillo y le juró amor eterno. La saludó y se encontró con su abogado. Ella lo siguió con la mirada ciega y sintió que aún lo ama. Le corrió un sudor frío por su espalda, se le erizó la piel, sintió que el corazón le latía a cien por hora. Su abogado con un golpecito en su hombro la sacó del trance. “Vamos señora, ya es hora”.
Asintió con la cabeza. Entró erguida en la sala. Logró dominar sus sentimientos. Lo haría. Esta vez, sí.

Sé que va a venir

Hace como veinte años que dejé este mundo pero hoy tengo una cita. Si tengo bien entendido hoy es el 12-12 de 2012 por eso estoy aquí, sentada en este banco de la plaza en esta noche calurosa. No visto a la moda y tengo dudas con respecto a cómo luce mi semblante. Algunos pasan a mi lado como si nada, pero otros me señalan y huyen aterrorizados. ¡Qué ignorantes! no saben en realidad que ellos tienen un especial don de ver a los que ya no estamos y creen que se están volviendo locos o que sus visiones son fruto de alguna droga que han tomado.
Aquellos parientes que me han visto han tratado por todos los medios de echarme de sus casas: rezos, agua bendita, conjuros pero ninguno se ha detenido a preguntarme qué hago allí y he tenido que aceptar con tristeza que no le caigo simpática a la mayoría de ellos.
Me llamo Dora, abuela Dora como me llamaban mis nietos. Tengo fama de dura, de mujer aguerrida pero muy pocos saben que por dentro de esta fachada soberbia guardo un corazón sensible que ha sufrido las pérdidas y reveses del destino pero que a pesar de ello no ha perdido la alegría ni la capacidad de amar.
Nací en la segunda década del siglo pasado en una pequeña localidad fronteriza, hija de un contrabandista y una costurera aprendí desde pequeña a agradecer a Dios tanto en las buenas como en las malas, tanto la magra sopa del plato como el asado que comíamos cuando mi padre había hecho un buen negocio, éramos cinco hermanos y a fuerza de rezos y sermones mi madre intentaba educarnos como “personas de bien”, se preocupaba por tenernos limpios, alimentados y que sacáramos buenas notas en la escuela. De noche, nos hincábamos al borde de la cama a rezarle al ángel de la Guarda para que nos diera su protección y luego nos íbamos a dormir. Una mañana, la víspera de mi doceavo cumpleaños, unos vecinos encontraron a mi padre en el monte, muerto de un balazo en la nuca. “Ajuste de cuentas” dijeron y de la mano de esa cruda realidad aprendí en mi naciente pubertad los oscuros códigos que podían tener los adultos.
A los pocos días sentada en el tren veía por la ventanilla como el pueblo iba quedando atrás y con él lo que había sido mi vida hasta el momento. A mi lado mi madre dormitaba y en el asiento de enfrente mis otros hermanos apretados unos contra otros cantaban y se gastaban bromas inconscientes aún de los cambios que sus vidas iban a sufrir.
Viajábamos a la capital, mi padrino le había conseguido trabajo a mi madre. Tendría que vivir como empleada con cama para una rica familia y nosotros ingresaríamos como pupilos: yo al colegio de las hermanas vicentinas y mis hermanos al de los curas vascos.
Al poco tiempo de salir del colegio conocí a Juan Alberto. Recuerdo que en aquella época yo trabajaba todo el día y por las noches estudiaba en la escuela de Comercio. El día que conocí a mi futuro marido era feriado, un mediodía espléndido de agosto, la fecha patria había convocado mucha gente en las calles, había alegría, movimiento, toda la ciudad adornada con los colores blanco y celeste. Me arrimé hasta el parque atraída por los acordes de una banda y entre esa multitud que rodeaba el obelisco me fui a parar justo al lado de él. Comenzamos a entonar el himno nacional, no sé si fue su voz de barítono o las miradas que de tanto en tanto me dirigía lo que me más me sedujo de él. La atracción fue mutua y al cabo de unos pocos meses ya estábamos casados. Nuestra felicidad fue breve ya que la caída de un caballo le produjo la muerte cuando apenas tenía treinta años y repentinamente me vi viuda con dos hijos pequeños, al igual que mi madre. Con lo que yo no contaba era con el legado que Juan Alberto me tenía reservado, él era un hombre muy creyente y estudioso además de disciplinas tan desconocidas para mí como la filosofía, la astronomía y la física. Solía pasar horas encerrado en el subsuelo de nuestra casa estudiando a Newton, Tomás de Aquino y tantos otros pensadores que al igual que él intentaban desentrañar los misterios de la vida. No permitía que yo entrara a ese recinto menos aún los niños y por tal motivo ese lugar fue cobrando cada vez más un carácter misterioso. Luego de su muerte yo me tomé la costumbre de detenerme largo tiempo con sus pertenencias: sus ropas, fotografías y cualquier objeto que me trajera su recuerdo, lo extrañaba mucho y le pena que sentía era muy honda. Hasta que un día me animé y bajé al subsuelo. Observé un espacioso lugar y percibí en él una atmósfera especial: sus paredes grabadas con distintos símbolos, infinidad de libros perfectamente ordenados en estantes, recortes de diarios esparcidos en un escritorio y a un costado lo que parecía ser un pequeño laboratorio: una proliferación de tubos, matraces y alambiques. Ese lugar era portador de un aspecto de mi esposo que yo no conocía. Saqué algunos de los libros de los estantes, vi que eran sobre la alquimia. Y empecé a leer.

No sé cuánto tiempo estuve ahí abajo, recuerdo que escuché las campanadas del reloj del salón y decidí subir, fue ahí que lo vi: un sobre junto a los recortes de periódico. Lo abrí y vi que se trataba de un poema
Toda mi vida busqué
de que está hecho el amor
sé que es algo intangible
pero real, lo que nos une a los dos
Aunque no estés en la tierra
espérame porque yo iré
el 12-12-12 no dudes, te encontraré.
Ponte tus mejores galas
que es tiempo de celebrar
nuestro eterno reencuentro
allí frente a la catedral
Y cuando sientas las campanas
doce veces repicar
Arrímate hasta la fuente,
y allí me besarás.

Y por eso estoy acá atenta al campanario y escuchando el rumor del agua de la fuente.

Viejo barrio

Tenía trece años, una edad muy especial en la vida de cualquier persona. A esa edad grandes cambios van teniendo lugar sin que uno  realmente los pueda percibir. A esos movimientos internos que se suceden,  se sumaban los cambios en el cuerpo y, en mi caso en particular, se agregó una mudanza. Nueva persona, nuevo cuerpo y, además, nueva casa. Mucha revolución en muy poco tiempo. El asunto es que nunca me había dado cuenta cuánto quería aquella casa y aquel barrio hasta que me fui. A veces, los seres humanos somos así, tenemos que perder algo para poder reconocer el valor que tiene para nosotros. Hoy, cierro los ojos y los recuerdos pasean en la mente dibujando una sonrisa en mi cara.  Tiempos aquellos de una enorme barra de amigos, de la bolita, del trompo y los juegos en la calle. De las madres que nos llamaban para ir a comer interrumpiendo el partido que sólo llevaba tres horas desde que había empezado. Creo que aquellos que son nostálgicos como uno coincidirían en que no hay lugar y tiempo más lindo que aquel en que uno se crió.

La nueva casa era más grande y se ubicaba en una zona que era más valorada. El nuevo lugar traería nuevas experiencias, nuevos amigos y también haría llegar el amor. De todas formas, creo que nunca pude olvidar aquel lugar en el que nací, que me vio correr con otros gurises, treparme a los árboles o subirme a la bici  para casi de una comenzar a conocer la vida a otra velocidad. Con el tiempo me casé y la idea fue juntar lo mejor de cada mundo. El amor que ahora me embriagaba y el viejo barrio que tan feliz había visto crecer a aquel pibe que ahora se había hecho hombre. Conseguimos una casa chiquita pero que cubría bien nuestras necesidades del momento. El nido en poco tiempo gozó de dos pichones. Varón y niña, como para cumplir con la patria.  Otros juegos han jugado mis niños en un lugar que ya no es igual al de la memoria, pero he podido ver en sus miradas y en sus risas el mismo gozo que supo hacer brillar mis ojos.

Con el pasar del tiempo me he dado cuenta que cada barrio tiene su magia para el niño que lo habita, pues la magia en realidad lo habita a él.

La casa habitada

La quietud reinaba sólo cuando amanecía, ese momento era cuando la casa dormía. Porque, en ese preciso momento, todos sus moradores estaban recluidos del penoso y taciturno agobio del deambular sin destino fijo. Hasta el silbido del viento dejaba de colarse por las rendijas. Y el sol impaciente se iba apagando conforme pasaban las horas, cansado de tanto buscar una brecha en algún postigo para poder entrar y brillar. Una araña inmóvil como la muerte esperaba a la infortunada vida que, en un desliz, cayese en su tela para poder sobrevivir. Un hombre en su incesante búsqueda no dejaba de presentarse todos los días en la casa al caer la tarde porque era el momento en que los habitantes despertaban e iban buscando con su cuerpo sin alma lo olvidado en otra vida. De sus existencias, él se apoderó vilmente. Y sigue esperando que la conciencia de alguien resucite y lo conduzca al tesoro que les llevó la vida.

Despedida

Al salir del cementerio, el sol lo deslumbró. Sus ojos humedecidos se habían acostumbrado a la sombra de los altos cipreses. Los abrazos se sucedieron,  agradeció todas las palabras de apoyo aunque algunas casi ni las escuchó. Amigos, familia y conocidos se alternaron para  expresarle que compartían su dolor. El encargado del cortejo le indicó el auto que lo llevaría a su casa pero él hizo una señal con su cabeza y se alejó de la puerta caminando. Los amigos comprendieron y lo dejaron irse solo. Caminó varias cuadras sin percibir el ruido del tráfico a su alrededor y, al llegar a la esquina, tomó hacia el mar.  Se detuvo en una especie de parque detrás del cementerio donde un destartalado banco enfrentaba el mar.

Sentado de espaldas  a los muros, dejó su mente divagar mientras sus ojos miraban ese enorme escenario donde a nadie le importaba lo que él había perdido.  El cielo era profundamente  azul, apenas salpicado de copos de nubes.  Al fondo de la escena, unos barcos inmóviles parecían clavados en el mar. La línea entre el agua y el cielo era  difícil de definir.

Por la rambla, un río de autos  pretendía  convencerlo de que la vida continuaba, de que no se había terminado con la ceremonia que vivió detrás de  esas paredes. Pero él no estaba seguro, habría realmente otra vida por delante  o sería  sólo una espera a la próxima  ceremonia en la que él fuera el  homenajeado.

… duele pero no sé bien qué es lo que duele…pero no sé dónde… debe ser eso que llaman  alma, sí debe ser que me duele el alma… no duele como una herida o como… en  realidad… no sé si es dolor… más bien es una especie de vacío… sí vacío, eso es… vacío…

Unos muchachos pasaron por la calle en bicicletas gritando y riendo, parecían muy felices.

yo también tuve mis risas… sí… hace tiempo… mucho tiempo realmente.

Los barcos seguían  en el fondo del paisaje. El cielo había cambiado de celeste brillante a casi azul  oscuro mientras comenzaban a aparecer  unos puntitos que debían ser las estrellas.

… nunca se ven estrellas de día… debe ser que es  tarde… si debe ser eso… los autos  tienen las luces encendidas… el cielo está más oscuro… se está haciendo de noche… tendría que volver…

Un perro de raza indescifrable con un ojo rodeado de una mancha negra y el resto del cuerpo envuelto en sucio pelambre se sentó frente a él a mirarlo… como esperando algo.

— ¿Qué buscas? Yo sé que  debés de tener hambre pero no tengo que darte.

Uno de los barcos había desaparecido. En el otro se veían titilar algunas luces. El color del cielo era ya un profundo azul. El mar lucía negro marcando claramente el horizonte. Le parecía que las luces de la interminable fila de autos sonaban a vida.

y siguen… si para ellos nada pasó… siguen con sus cosas… con sus apuros… algunos con sus alegrías… otros con esa ilusión de que son inmortales… de que a ellos no les…

El perro se sentó a su lado casi tocando sus piernas.

—Se nota que vos también te has quedado solo, seguime tal vez quedó algo en la heladera.