La casa habitada

La quietud reinaba sólo cuando amanecía, ese momento era cuando la casa dormía. Porque, en ese preciso momento, todos sus moradores estaban recluidos del penoso y taciturno agobio del deambular sin destino fijo. Hasta el silbido del viento dejaba de colarse por las rendijas. Y el sol impaciente se iba apagando conforme pasaban las horas, cansado de tanto buscar una brecha en algún postigo para poder entrar y brillar. Una araña inmóvil como la muerte esperaba a la infortunada vida que, en un desliz, cayese en su tela para poder sobrevivir. Un hombre en su incesante búsqueda no dejaba de presentarse todos los días en la casa al caer la tarde porque era el momento en que los habitantes despertaban e iban buscando con su cuerpo sin alma lo olvidado en otra vida. De sus existencias, él se apoderó vilmente. Y sigue esperando que la conciencia de alguien resucite y lo conduzca al tesoro que les llevó la vida.

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