Sé que va a venir

Hace como veinte años que dejé este mundo pero hoy tengo una cita. Si tengo bien entendido hoy es el 12-12 de 2012 por eso estoy aquí, sentada en este banco de la plaza en esta noche calurosa. No visto a la moda y tengo dudas con respecto a cómo luce mi semblante. Algunos pasan a mi lado como si nada, pero otros me señalan y huyen aterrorizados. ¡Qué ignorantes! no saben en realidad que ellos tienen un especial don de ver a los que ya no estamos y creen que se están volviendo locos o que sus visiones son fruto de alguna droga que han tomado.
Aquellos parientes que me han visto han tratado por todos los medios de echarme de sus casas: rezos, agua bendita, conjuros pero ninguno se ha detenido a preguntarme qué hago allí y he tenido que aceptar con tristeza que no le caigo simpática a la mayoría de ellos.
Me llamo Dora, abuela Dora como me llamaban mis nietos. Tengo fama de dura, de mujer aguerrida pero muy pocos saben que por dentro de esta fachada soberbia guardo un corazón sensible que ha sufrido las pérdidas y reveses del destino pero que a pesar de ello no ha perdido la alegría ni la capacidad de amar.
Nací en la segunda década del siglo pasado en una pequeña localidad fronteriza, hija de un contrabandista y una costurera aprendí desde pequeña a agradecer a Dios tanto en las buenas como en las malas, tanto la magra sopa del plato como el asado que comíamos cuando mi padre había hecho un buen negocio, éramos cinco hermanos y a fuerza de rezos y sermones mi madre intentaba educarnos como “personas de bien”, se preocupaba por tenernos limpios, alimentados y que sacáramos buenas notas en la escuela. De noche, nos hincábamos al borde de la cama a rezarle al ángel de la Guarda para que nos diera su protección y luego nos íbamos a dormir. Una mañana, la víspera de mi doceavo cumpleaños, unos vecinos encontraron a mi padre en el monte, muerto de un balazo en la nuca. “Ajuste de cuentas” dijeron y de la mano de esa cruda realidad aprendí en mi naciente pubertad los oscuros códigos que podían tener los adultos.
A los pocos días sentada en el tren veía por la ventanilla como el pueblo iba quedando atrás y con él lo que había sido mi vida hasta el momento. A mi lado mi madre dormitaba y en el asiento de enfrente mis otros hermanos apretados unos contra otros cantaban y se gastaban bromas inconscientes aún de los cambios que sus vidas iban a sufrir.
Viajábamos a la capital, mi padrino le había conseguido trabajo a mi madre. Tendría que vivir como empleada con cama para una rica familia y nosotros ingresaríamos como pupilos: yo al colegio de las hermanas vicentinas y mis hermanos al de los curas vascos.
Al poco tiempo de salir del colegio conocí a Juan Alberto. Recuerdo que en aquella época yo trabajaba todo el día y por las noches estudiaba en la escuela de Comercio. El día que conocí a mi futuro marido era feriado, un mediodía espléndido de agosto, la fecha patria había convocado mucha gente en las calles, había alegría, movimiento, toda la ciudad adornada con los colores blanco y celeste. Me arrimé hasta el parque atraída por los acordes de una banda y entre esa multitud que rodeaba el obelisco me fui a parar justo al lado de él. Comenzamos a entonar el himno nacional, no sé si fue su voz de barítono o las miradas que de tanto en tanto me dirigía lo que me más me sedujo de él. La atracción fue mutua y al cabo de unos pocos meses ya estábamos casados. Nuestra felicidad fue breve ya que la caída de un caballo le produjo la muerte cuando apenas tenía treinta años y repentinamente me vi viuda con dos hijos pequeños, al igual que mi madre. Con lo que yo no contaba era con el legado que Juan Alberto me tenía reservado, él era un hombre muy creyente y estudioso además de disciplinas tan desconocidas para mí como la filosofía, la astronomía y la física. Solía pasar horas encerrado en el subsuelo de nuestra casa estudiando a Newton, Tomás de Aquino y tantos otros pensadores que al igual que él intentaban desentrañar los misterios de la vida. No permitía que yo entrara a ese recinto menos aún los niños y por tal motivo ese lugar fue cobrando cada vez más un carácter misterioso. Luego de su muerte yo me tomé la costumbre de detenerme largo tiempo con sus pertenencias: sus ropas, fotografías y cualquier objeto que me trajera su recuerdo, lo extrañaba mucho y le pena que sentía era muy honda. Hasta que un día me animé y bajé al subsuelo. Observé un espacioso lugar y percibí en él una atmósfera especial: sus paredes grabadas con distintos símbolos, infinidad de libros perfectamente ordenados en estantes, recortes de diarios esparcidos en un escritorio y a un costado lo que parecía ser un pequeño laboratorio: una proliferación de tubos, matraces y alambiques. Ese lugar era portador de un aspecto de mi esposo que yo no conocía. Saqué algunos de los libros de los estantes, vi que eran sobre la alquimia. Y empecé a leer.

No sé cuánto tiempo estuve ahí abajo, recuerdo que escuché las campanadas del reloj del salón y decidí subir, fue ahí que lo vi: un sobre junto a los recortes de periódico. Lo abrí y vi que se trataba de un poema
Toda mi vida busqué
de que está hecho el amor
sé que es algo intangible
pero real, lo que nos une a los dos
Aunque no estés en la tierra
espérame porque yo iré
el 12-12-12 no dudes, te encontraré.
Ponte tus mejores galas
que es tiempo de celebrar
nuestro eterno reencuentro
allí frente a la catedral
Y cuando sientas las campanas
doce veces repicar
Arrímate hasta la fuente,
y allí me besarás.

Y por eso estoy acá atenta al campanario y escuchando el rumor del agua de la fuente.

4 thoughts on “Sé que va a venir

  1. Que maravilloso cuento! Felicitaciones! No podía dejar de leerlo visualice absolutamente todo me transporte vi su sopa la vi en el tren la vi en el laboratorio y la vi esperando a su amado. Un placer de lectura!

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