Viejo barrio

Tenía trece años, una edad muy especial en la vida de cualquier persona. A esa edad grandes cambios van teniendo lugar sin que uno  realmente los pueda percibir. A esos movimientos internos que se suceden,  se sumaban los cambios en el cuerpo y, en mi caso en particular, se agregó una mudanza. Nueva persona, nuevo cuerpo y, además, nueva casa. Mucha revolución en muy poco tiempo. El asunto es que nunca me había dado cuenta cuánto quería aquella casa y aquel barrio hasta que me fui. A veces, los seres humanos somos así, tenemos que perder algo para poder reconocer el valor que tiene para nosotros. Hoy, cierro los ojos y los recuerdos pasean en la mente dibujando una sonrisa en mi cara.  Tiempos aquellos de una enorme barra de amigos, de la bolita, del trompo y los juegos en la calle. De las madres que nos llamaban para ir a comer interrumpiendo el partido que sólo llevaba tres horas desde que había empezado. Creo que aquellos que son nostálgicos como uno coincidirían en que no hay lugar y tiempo más lindo que aquel en que uno se crió.

La nueva casa era más grande y se ubicaba en una zona que era más valorada. El nuevo lugar traería nuevas experiencias, nuevos amigos y también haría llegar el amor. De todas formas, creo que nunca pude olvidar aquel lugar en el que nací, que me vio correr con otros gurises, treparme a los árboles o subirme a la bici  para casi de una comenzar a conocer la vida a otra velocidad. Con el tiempo me casé y la idea fue juntar lo mejor de cada mundo. El amor que ahora me embriagaba y el viejo barrio que tan feliz había visto crecer a aquel pibe que ahora se había hecho hombre. Conseguimos una casa chiquita pero que cubría bien nuestras necesidades del momento. El nido en poco tiempo gozó de dos pichones. Varón y niña, como para cumplir con la patria.  Otros juegos han jugado mis niños en un lugar que ya no es igual al de la memoria, pero he podido ver en sus miradas y en sus risas el mismo gozo que supo hacer brillar mis ojos.

Con el pasar del tiempo me he dado cuenta que cada barrio tiene su magia para el niño que lo habita, pues la magia en realidad lo habita a él.

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