Esta vez, sí

Mariana se levantó a toda prisa. Aún faltaba tiempo para llegar en hora a la cita asignada. Mientras se bañaba, repasaba en su mente, una y otra vez, el discurso que diría. Esta vez no se callaría como lo hacía habitualmente. Tenía grandes verdades que decirle. Sabía que él no la dejaría hablar mucho y, tal vez, le bajaría algún discurso de esos que ella ya estaba acostumbrada a escuchar. A él no le importaba que alguien estuviera presente. Siempre la humillaba. Delante de cualquiera.
Salió de la ducha y se vistió elegantemente. Un vestido en lino de suave diseño y zapatos color arena. Ató su largo cabello con un moño.
Así, llegó al juzgado. En medio de la gigante e impecable escalinata de mármol, miró su reloj de oro y comprobó que faltaba una hora para la cita.

Gastón llevaba horas trabajando, estaba agotado, la noche anterior se había quedado hasta media noche en la oficina junto a su nueva secretaria, una muchacha joven recién recibida y recomendada de un amigo. A caballo viejo le gusta el pasto tierno pensaba y se preguntaba cuánto demoraría en conquistar a la nueva adquisición. Hizo una llamada a su abogado, se puso el saco y salió avisando a su secretaria que saldría sin saber hora de vuelta.
Mientras conducía su Mercedes Benz recibió una llamada al celular.
— Te dije que no me llames hoy, tengo un día complicado sabés de memoria que tengo audiencia. No compliques más las cosas Sofía— y colgó indiferente, frío.
Ya no recordaba cuándo se había convertido en su relación en “eso”, cuándo esas noches llenas de pasión en habitaciones lujosas con copas de vinos finos y ramos de rosas rojas habían quedado en el olvido. La había conocido en una reunión de negocios. Él se presentó ante ella con una frase que la había hecho sonreír. Tampoco recordaba hace cuánto tiempo no reía.
Sofía llevaba tres meses en reposo por su delicada salud, un embarazo no era lo que su doctor había recomendado, sin embargo, con el afán de retener a Gastón llevó a cabo su propósito.
Secó su frente traspirada y miró por el espejo retrovisor, vio a Mariana parada en la escalinata, bella.
Estacionó el coche y se dispuso a bajar cuando nuevamente sonó el teléfono. Era su secretaria. No la atendió. La chica recomendada era ávida en escalar a la cima, no importaba qué habría de hacer para tener un ascenso veloz dentro de la empresa y ya le había tomado los puntos al cincuentón. Venía de una familia humilde. Tuvo que trabajar de mesera en un boliche de mala muerte para pagar sus estudios, terminaba tarde su jornada laboral, descansaba poco y madrugaba demasiado. Lo llamó sin motivos, con el pretexto de quedar esa tarde fuera de hora.
Mariana lo vio bajar del auto y subir corriendo las escaleras. Se paró frente a ella y la miró indiferente. En su mano derecha giraba el llavero y en la izquierda le brillaba la alianza. Él le miró la suya. Recuerda cuando le regaló el anillo y le juró amor eterno. La saludó y se encontró con su abogado. Ella lo siguió con la mirada ciega y sintió que aún lo ama. Le corrió un sudor frío por su espalda, se le erizó la piel, sintió que el corazón le latía a cien por hora. Su abogado con un golpecito en su hombro la sacó del trance. “Vamos señora, ya es hora”.
Asintió con la cabeza. Entró erguida en la sala. Logró dominar sus sentimientos. Lo haría. Esta vez, sí.

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