Un día de trabajo

Al salir de su casa en la mañana había un coche negro estacionado en la puerta. Ya lo había visto antes desde su casa, mientras se preparaba para otra jornada de su extenuante trabajo. De nuevo llegaría tarde. Cuando transitaba el camino que separaba su hogar de la calle, vio como una de las ventanillas del vehículo se bajaba. En su interior dos misteriosos hombres vestidos con trajes oscuros y lentes de sol lo miraron. Él los vio a ellos. Sintió cierto escalofrío que le recorrió el cuerpo. El hombre que estaba en el asiento del acompañante lo llamó. Con más dudas que certezas, se acercó hasta allí. Inmediatamente, la reconoció. Quizás por su pálido rostro. Tal vez por el aire gélido que la rodeaba. Aún, cuando viniera con chofer y vestida de hombre, la muerte, la parca, la dama fría, la de mil nombres y un millón de disfraces poco podía hacer para calmar la impresión que le causó a aquel hombre ansioso de vivir.
—Es la hora— le escuchó decir, a la vez que sintió como su huesuda mano con fuerza lo tomaba del brazo.
El corazón se le aceleró. Las piernas se aflojaron. Los nervios se apropiaron de todo su cuerpo haciéndosele nudo en el estómago y la garganta. Sus temblorosas palabras en un desesperado intento argumentaron pidiendo por un plazo extra manifestando asuntos pendientes.
—No hay tiempo— le escuchó decir esta vez.
Las palabras eran categóricas, implacables y también serenas.
—Quizás podamos negociarlo— dijo él casi implorando a la vez que hacía fuerza por soltarse de aquellos dedos que lo atenazaban.
—Es mi trabajo y no puedo tranzar. Debes aceptarlo. Así fue pactado.
El hombre apeló a sus últimas fuerzas y, en un rápido movimiento casi marcial, consiguió por fin liberarse….
Según afirman algunos testigos, el propio acompañante del camionero aún blanco del susto expresó: “Aquel hombre salió de atrás de un auto y sin mirar intentó cruzar la calle a toda prisa”.

Reunión en el cielo infinito

Anu, Enki y Enlil eran los nombres que aquellos primeros humanos que vivían en la Mesopotamia les dieron a sus Dioses más importantes. Anu, que es muy responsable y meticuloso, se había convencido de que Enki y Enlil eran de confiar y con ellos discutía siempre los resultados de los distintos experimentos, que hacían por esos mundos. Una tarde, los tres conversaban reunidos en un rincón de los cielos.
—Hoy tenemos que tomar alguna decisión con esos seres que llamamos humanos y que pusimos en un pequeño planeta que ellos llaman tierra. Ya hemos permitido que se desarrolle el experimento y, a mi entender, los resultados no son satisfactorios. Yo creo Enlil, sin ánimo de polemizar, que te equivocaste con ellos, han resultado mucho peores de lo que todos esperábamos.
—Gran ser supremo, Dios de Dioses, perdóname pero discrepo con tu juicio, sigo creyendo que los humanos tienen un gran potencial y que tu no estás informado correctamente —dijo Enlil.
Enki, conocido por su sabiduría, se acomodó en su silla, pensó unos segundos y luego comentó:
—Para ser franco, a mí nunca me gustaron los humanos, los encuentro muy agresivos y, sinceramente, me molesta la forma en que maltratan el planeta en que los ubicamos. A mi entender, deberíamos terminar con ellos y lo más simple sería hacer colisionar ese pequeño planeta con su sol y a otra cosa.
—A mí me rechina su soberbia, algunos parecería que creen ser ellos los Dioses. Yo he sabido aceptar que los que viven en cada zona del planeta tengan sus propias creencias pero me molesta que no nos respeten como deberían, al fin y al cabo, ellos existen porque nosotros los pusimos allí —dijo Anu quien, sin duda, estaba desconforme con el experimento.
—Al paso que van, en pocos siglos, no se podrá vivir en ese planeta. Maltratan y matan a los otros seres que pusimos allí. Se odian y se matan entre ellos. Son un verdadero peligro para el universo.
—Enlil, no he escuchado de ti argumentos que me convenzan, tienes una última oportunidad de defender a esas bestias antes de que ordene hacer saltar en millones de pedazos ese planeta —dijo Anu notoriamente cansado del tema.
—Sí, Uds. tienen razón. Los humanos a veces son terribles, se odian y se matan entre ellos, consumen los bienes del planeta sin mucho control, no respetan a los otros seres pero de cualquier forma son mi experimento más exitoso. Yo me siento responsable de los humanos y Uds. saben que puse en ellos lo mejor de mí. Admito que en muchos aspectos son insoportables, pero los invito a bajar en secreto a su mundo y conocerlos.
—De acuerdo hagamos esa visita pero tú necesitas decirnos qué cosa de ellos debemos conocer, tienes que guiarnos.
— Muy bien, como mínimo la visita tiene que incluir: Ver “La llegada de la Primavera “de Botticelli, escuchar la Quinta Sinfonía de Beethoven, contemplar “La Pietá” de Miguel Ángel en el Vaticano, mirar a una madre amamantar a su hijo, ver a un hombre y una mujer amarse apasionadamente y, sentados sobre una alfombra persa de Kashan, leer un poema completo de Walt Whitman. Luego de que hagamos eso aceptaré vuestro veredicto sin discutir.
Cuando los tres Dioses se volvieron a reunir en el pequeño rincón de los cielos, sólo se escuchó la voz de Anu.
—Este triunvirato de Dioses decide que se encomienda al Dios Enlil mantener el experimento humano, seguirlo de cerca y volver a reunirnos por este asunto en algunos miles de años.

Polos opuestos

¡Ahh! esto no está funcionando bien, hace tiempo que lo vengo notando, hay momentos en que parece que se arregla, que se vislumbra un destello… pero que tonta me engaño a mí misma, ¡puras ilusiones! Estoy cansada, ya se lo dije a él pero como si nada, no le da el grado de importancia que debiera darle. No sé qué espera, ¿qué reviente todo?
Para colmo de males cada vez nos vemos menos, no quiero agregar más dramatismo a la situación, pero hay veces que creo que nos rehuimos, o… ¿será que me estoy poniendo paranoica? También está el tema de los turnos cambiados, cuando uno llega el otro se va o está durmiendo y así vamos por la vida sin solucionar las cosas.
Cuando nos reunirnos los fines de semana, es cuando yo creo que él se va a tomar un tiempito para tratar de solucionar “el temita” pendiente, pero ¡no! Se interponen mil cosas, la levantada tarde, el asadito, que la siestita, que el partidito de futbol, que los nenes, que las cuentas y, de ahí, en delante, otros temas que se suman y terminan por acortar el dichoso fin de semana. ¡Y dale que va! ¡Otra semana sin solucionar nada!
Yo creo que esto se ha convertido en un tema “tabú”, la sola presencia de algún monosílabo referente al problema ¡uf! Se le desfigura la cara y encima me hace preguntas que ya sabe la respuesta, ¿ahora, tiene que ser? Y yo vuelvo a lo de siempre y le digo: que si no sale de él, entonces que me deje buscar ayuda ¡uy! Ahí, sí que se pone peor, parece que fuera a perder su masculinidad.
Pero, ¡ya me harte! Se a- ca- bo, tomo ya la iniciativa aunque me cueste la vida. Apago el interruptor general de la luz, busco uno por uno el maldito fusible que me tiene sin luz en el pasillo ¡y lo cambioooo!

El final

Los haces de luz reflejaban el agua sobre la basta tierra seca, nada quedaba de la tierra fértil que una vez fue. La selva talada había corrido a los animales de su hábitat natural. La vegetación frondosa daba paso a grandes extensiones de plantaciones de soja. Él miraba desde arriba dándose cuenta que faltaban piezas de aquel hermoso rompecabezas que una vez había armado. Varias especies exóticas se habían extinguido.
Pensó en la vorágine del hombre guiada por el consumismo. Ya nadie hablaba con otras personas, caminaban como robots por las calles contaminadas, enchufados a los audífonos. Todos sumergidos en sus propios mundos. No había gestos de alegría en sus rostros pálidos, se notaban cansados. No salían, se mantenían en su mundo electrónico y gris dentro de sus casas. Sólo salían a cumplir sus robóticas horas de trabajo para poder ganar más dinero y comprar el último teléfono celular o la última televisión de plasma. Los fines de semana se consumían dentro de los centros comerciales para informarse de los últimos avances en cualquier producto electrónico, haciendo un pequeño descanso para engullir una hamburguesa con papas fritas y una bebida cola llenando sus cuerpos, maravillosa máquina perfecta, de grasa y azúcar. La obesidad iba ganando terreno y la vida pasiva los adornaba con pronunciados vientres. Ya no se sentaban en una plaza a tomar un helado o simplemente a disfrutar del aire y del sol. El sol era malo desde que la capa de ozono tenía un cráter que ocupaba cuarta parte del planeta y el aire que se respiraba estaba contaminado por la emanación de gases de los grandes centros industriales. Los niños eran depositados en guarderías a los tres meses de nacidos y pasaban las ocho horas de trabajo de sus padres dentro del recinto. Sus maestras eran su primer contacto con el mundo exterior. Con ellas los niños daban sus primeros pasos y pronunciaban sus palabras. La superpoblación de autos se controlaba a partir del último número de sus matrículas, lunes miércoles y viernes los pares y martes jueves y sábado los impares. El domingo libre. A Él se le ocurrió dar avisos del fin, enviando tornados y tsunamis, a los más inteligentes les imprimió en la conciencia el calentamiento global. Sin embargo los grandes gigantes fueron devastando todo a su paso, destruyendo selvas enteras, los pulmones del mundo, arrasaron con la vida marítima, perforaron tierra fértil en busca de petróleo y agotaron los acuíferos naturales.
¿Cuánto tiempo más resistirían? De las innumerables maravillas que Él había creado, el hombre era un error, ahora se daba cuenta. El hombre había consumido el planeta entero y no paraba de procrearse como una especie de plaga inmunda. Ciudades atestadas de gente, recursos agotados y graves cambios climáticos. Decidió eliminar la raza humana, limpiar el mundo para un nuevo renacer. El amor por lo creado había retrasado su decisión pero ahora era imperante poner un punto final. Extendió sus brazos al universo y desató una tormenta solar. Las gigantes llamas fueron acercándose a la tierra como una bandada de cuervos furiosos arrasando un maizal. Vio arder el mundo como una antorcha y sintió alivio. Otro día, quién sabe cuándo, crearía un nuevo mundo con criaturas bellas, tierra fértil y aguas limpias. El hombre ya no está en sus planes.

Pantalla en blanco

La computadora está con su pantalla en blanco. Cómo mi mente. Hace tres días que sucede lo mismo. Y cada noche me acuesto con una terrible sensación de vacío, como si esa pantalla abierta a ser transitada por todo tipo de palabras y conceptos, por un relato único e irrepetible, desembocara en un estrepitoso vacío blanco. Ya no es una pantalla de PC luminosa y oferente, es un hueco a la nada, es un punto blanco repelente, es la antítesis del agujero negro galáctico. Siento algo así como un desierto cósmico. Uno no entiende, nunca sospecha, que cualquier acto cotidiano, hasta benigno e inocente, puede convertirse en algo tan frustrante y bochornoso.
El miércoles de la semana pasada, hace justamente una semana, caminaba feliz y segura hacia mi clase de Taller Literario. Iba con el regocijo interior que nos da estar en el lugar adecuado en el momento justo de nuestras vidas. Esa coincidencia de ajuste, de que algunas cosas están dónde deben estar y dónde uno encaja con regocijo. Ese sentimiento sensual por lo placentero del contacto con los libros y el mundo de las ideas, del compartir lo bello con otros seres con un mismo fuego. Me planteaba lo importante que es para mí escribir, y hacerlo lo mejor posible. ¿Por qué este rigor? Si en mi vida personal soy tan permisible y suelo cometer errores terribles que autojustifico enseguida con cualquier trivialidad que me libere de culpa. Este miércoles desembocaría en una gran frustración que yo no sospechaba.
“Para el miércoles que viene los deberes serán…” dijo la profesora, y nos explicó con detalles.
En ese momento no tuve miedo, los demás creo que tampoco. Ella se esmeró en que entendiéramos, y yo entendí.
Imbuida de buena lectura y de gratas sensaciones caminé hasta mi casa. Enseguida tuve una idea para hacer el ejercicio, pero la deseché dos cuadras antes de llegar a mi casa. Al otro día, estuve muy ocupada, apenas adelanté en el libro que estoy leyendo. Después vino el fin de semana y mi atención se dispersó. De vez en cuando, pensaba en los deberes señalados pero… era de vez en cuando. En realidad, estaba a la espera de esa inspiración que nos toma por asalto, esa que aparece sin esfuerzo, cuando menos lo pensamos. Esas son las que amo. Pienso en que no pensar es el estado ideal de cualquier inspiración. Confío más, mucho más en mi inconsciente que en mi intelecto.
Mmmm, enseguida me cuestiono. ¿Será pura haraganería? Es que me da mucho trabajo pensar. Tiendo a vivir a impulsos. Hago, después pienso. Mirando hacia atrás confirmo lo que acabo de escribir. Lamentable, ¿no? ¿Acaso puedo confiar en mí a esta altura de mi vida? Cuando todos tienden a tener las cosas claras y en orden, a mí se me revuelven las emociones todos los días un poco más. Como ahora, después del inofensivo miércoles pasado, dónde lo último que yo quería era confrontarme conmigo misma y llegué inocente y feliz a clase.
¿O será ésta la intención maligna de la profesora? ¿Lo logrará con todos nosotros? ¿Qué está realmente pretendiendo con sus clases? ¿Liquidarnos de a uno? ¿Qué perversión se esconde detrás del Taller Escribe un Cuento? No tengo respuestas, sólo tengo mi fracaso… y un folio de papel entre mis manos…

La boina gris

Pascual tenía un negocio de compra-venta de ropa usada en la calle principal del pueblo.
Las noticias de fallecimientos, separaciones o mudanzas se propagaban como la peste y a los pocos días del hecho un montón de curiosos se agolpaban en el comercio del viejo tendero para conocer la nueva mercadería que había ingresado a raíz del hecho de conocimiento público. Estaban aquellos también que, necesitados de algún ingreso extra, le dejaban vestimenta que ya no usaban para que éste las vendiera exponiéndolas en las perchas que estratégicamente colocaba a la entrada del negocio para atraer la atención de la gente.
Era llamativa la vereda del comercio de Pascual, con una variedad de prendas multicolores prolijamente colocadas en percheros y alineadas de acuerdo a la temporada en una suerte de show-room que incitaba al comprador a continuar mirando en el interior del negocio.
Él conocía muchas de las prendas, se daba cuenta, sin nunca equivocarse, cuáles tenían poco uso y que con un lavado o un zurcido quedaban como nuevas para poder venderlas. Reconocía inmediatamente las ya que ingresaban por segunda vez. Este era el caso de la boina gris.
Parecía abrigada, de paño y de modelo unisex, tanto se la probaban hombres como mujeres que luego de mirarse complacidos en el espejo del mostrador se la llevaban.
Lo que Pascual no entendía era la razón por la cual la boina era revendida tantas veces: nadie se había encariñado lo suficiente con ella o posiblemente su paño no era de buena calidad y no protegía del frío o del viento imperante en la campaña.
La explicación le llegó una vez de boca de un hombre de acento extranjero que había sido contratado por la empresa encargada de la explotación forestal. El hombre hablaba correctamente el español pero arrastraba las palabras fruto de una borrachera que intentaba disimular a costa de grandes esfuerzos.
Pascual creyó entender que el sujeto devolvía la boina porque ésta estaba embrujada, ya que tenía el poder de hacer ver a quien la usara aquellas situaciones en las que se requería poner un punto final o decir ¡basta! Entre hipos y lamentos contó que de tanto usar la boina había llegado a la conclusión que debía evitar mezclarse en juegos de cartas para no endeudarse más, pero que dicha abstinencia lo estaba llevando al límite de sus fuerzas y por ello había caído en las garras de la bebida. La mujer con la que compartía su cama todas las noches, había usado también la boina para ir de compras y al volver él a la casa, sobre la mesa de luz, había encontrado un nota de ella: No me busques. No quiero verte más.
El tendero, intrigado por la confesión del extraño, decidió comprobar la veracidad de sus afirmaciones y se dispuso a usar la boina unos días antes de ponerla de nuevo a la venta.
Se armó un mate, se cubrió con ella la cabeza y salió a la vereda a sentarse en el banco frente a la vitrina del negocio. Ni bien se recostó sobre el vidrio y se vio absorbido por un aluvión de imágenes que se proyectaban ante su vista como película retrospectiva. Un dolor muy antiguo le removió el corazón ya curtido por los años. Se vio joven recién llegado al pueblo danzando al compás de acordeones y guitarras con una muchacha morena cuyos ojos claros lo habían elegido como partenaire de baile.
A partir de ese baile en el club en el que se conocieron, se amaron por muchos años más hasta que ella y el hijo de ambos murieron en el momento del parto
Ya aquel primer día en que compartieron la pista y el ritmo de las rancheras, él se enteró que ella era la prometida de Blas un joven como él, hijo del jefe de policía.
Blas aún vivía en el pueblo. Luego de aquella noche funesta en la que hizo el ridículo ante todos sus vecinos mirando impotente cómo su novia bailaba en brazos de un forastero, había pasado un buen tiempo alejado de las ruedas sociales, evitando cruzarse con los conocidos y con una expresión de resentimiento en el rostro de la cual nunca había podido librarse. Un buen día conoció a una maestra que había llegado a trabajar en la escuela pública donde él se desempeñaba temporalmente como albañil y al poco tiempo estaban casados. Tuvieron varios hijos pero Blas nunca pudo superar el desengaño que había experimentado en su juventud, su carácter se fue agriando cada vez más y su personalidad se fue trastornando progresivamente convirtiéndolo en un anciano solitario y hermético.
Pascual no supo muy bien por qué, pero abrumado por la nostalgia y los recuerdos que esa boina había traído del pasado, decidió pedirle perdón a Blas. Iría hasta su casa e intentaría llevar a cabo una conversación que nunca había tenido lugar.
Entró para dejar el mate y el termo sobre el mostrador y, al darse vuelta para salir, vio a Blas frente a él. Debió entrar sigiloso como un jaguar aguardando su presa ya que él no lo escuchó.
Solo alcanzó a oír las tres detonaciones y sentir que su cuerpo se desmadejaba sobre el piso mientras creía escuchar a Blas que decía: Yo también usé la boina.