El final

Los haces de luz reflejaban el agua sobre la basta tierra seca, nada quedaba de la tierra fértil que una vez fue. La selva talada había corrido a los animales de su hábitat natural. La vegetación frondosa daba paso a grandes extensiones de plantaciones de soja. Él miraba desde arriba dándose cuenta que faltaban piezas de aquel hermoso rompecabezas que una vez había armado. Varias especies exóticas se habían extinguido.
Pensó en la vorágine del hombre guiada por el consumismo. Ya nadie hablaba con otras personas, caminaban como robots por las calles contaminadas, enchufados a los audífonos. Todos sumergidos en sus propios mundos. No había gestos de alegría en sus rostros pálidos, se notaban cansados. No salían, se mantenían en su mundo electrónico y gris dentro de sus casas. Sólo salían a cumplir sus robóticas horas de trabajo para poder ganar más dinero y comprar el último teléfono celular o la última televisión de plasma. Los fines de semana se consumían dentro de los centros comerciales para informarse de los últimos avances en cualquier producto electrónico, haciendo un pequeño descanso para engullir una hamburguesa con papas fritas y una bebida cola llenando sus cuerpos, maravillosa máquina perfecta, de grasa y azúcar. La obesidad iba ganando terreno y la vida pasiva los adornaba con pronunciados vientres. Ya no se sentaban en una plaza a tomar un helado o simplemente a disfrutar del aire y del sol. El sol era malo desde que la capa de ozono tenía un cráter que ocupaba cuarta parte del planeta y el aire que se respiraba estaba contaminado por la emanación de gases de los grandes centros industriales. Los niños eran depositados en guarderías a los tres meses de nacidos y pasaban las ocho horas de trabajo de sus padres dentro del recinto. Sus maestras eran su primer contacto con el mundo exterior. Con ellas los niños daban sus primeros pasos y pronunciaban sus palabras. La superpoblación de autos se controlaba a partir del último número de sus matrículas, lunes miércoles y viernes los pares y martes jueves y sábado los impares. El domingo libre. A Él se le ocurrió dar avisos del fin, enviando tornados y tsunamis, a los más inteligentes les imprimió en la conciencia el calentamiento global. Sin embargo los grandes gigantes fueron devastando todo a su paso, destruyendo selvas enteras, los pulmones del mundo, arrasaron con la vida marítima, perforaron tierra fértil en busca de petróleo y agotaron los acuíferos naturales.
¿Cuánto tiempo más resistirían? De las innumerables maravillas que Él había creado, el hombre era un error, ahora se daba cuenta. El hombre había consumido el planeta entero y no paraba de procrearse como una especie de plaga inmunda. Ciudades atestadas de gente, recursos agotados y graves cambios climáticos. Decidió eliminar la raza humana, limpiar el mundo para un nuevo renacer. El amor por lo creado había retrasado su decisión pero ahora era imperante poner un punto final. Extendió sus brazos al universo y desató una tormenta solar. Las gigantes llamas fueron acercándose a la tierra como una bandada de cuervos furiosos arrasando un maizal. Vio arder el mundo como una antorcha y sintió alivio. Otro día, quién sabe cuándo, crearía un nuevo mundo con criaturas bellas, tierra fértil y aguas limpias. El hombre ya no está en sus planes.

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