La boina gris

Pascual tenía un negocio de compra-venta de ropa usada en la calle principal del pueblo.
Las noticias de fallecimientos, separaciones o mudanzas se propagaban como la peste y a los pocos días del hecho un montón de curiosos se agolpaban en el comercio del viejo tendero para conocer la nueva mercadería que había ingresado a raíz del hecho de conocimiento público. Estaban aquellos también que, necesitados de algún ingreso extra, le dejaban vestimenta que ya no usaban para que éste las vendiera exponiéndolas en las perchas que estratégicamente colocaba a la entrada del negocio para atraer la atención de la gente.
Era llamativa la vereda del comercio de Pascual, con una variedad de prendas multicolores prolijamente colocadas en percheros y alineadas de acuerdo a la temporada en una suerte de show-room que incitaba al comprador a continuar mirando en el interior del negocio.
Él conocía muchas de las prendas, se daba cuenta, sin nunca equivocarse, cuáles tenían poco uso y que con un lavado o un zurcido quedaban como nuevas para poder venderlas. Reconocía inmediatamente las ya que ingresaban por segunda vez. Este era el caso de la boina gris.
Parecía abrigada, de paño y de modelo unisex, tanto se la probaban hombres como mujeres que luego de mirarse complacidos en el espejo del mostrador se la llevaban.
Lo que Pascual no entendía era la razón por la cual la boina era revendida tantas veces: nadie se había encariñado lo suficiente con ella o posiblemente su paño no era de buena calidad y no protegía del frío o del viento imperante en la campaña.
La explicación le llegó una vez de boca de un hombre de acento extranjero que había sido contratado por la empresa encargada de la explotación forestal. El hombre hablaba correctamente el español pero arrastraba las palabras fruto de una borrachera que intentaba disimular a costa de grandes esfuerzos.
Pascual creyó entender que el sujeto devolvía la boina porque ésta estaba embrujada, ya que tenía el poder de hacer ver a quien la usara aquellas situaciones en las que se requería poner un punto final o decir ¡basta! Entre hipos y lamentos contó que de tanto usar la boina había llegado a la conclusión que debía evitar mezclarse en juegos de cartas para no endeudarse más, pero que dicha abstinencia lo estaba llevando al límite de sus fuerzas y por ello había caído en las garras de la bebida. La mujer con la que compartía su cama todas las noches, había usado también la boina para ir de compras y al volver él a la casa, sobre la mesa de luz, había encontrado un nota de ella: No me busques. No quiero verte más.
El tendero, intrigado por la confesión del extraño, decidió comprobar la veracidad de sus afirmaciones y se dispuso a usar la boina unos días antes de ponerla de nuevo a la venta.
Se armó un mate, se cubrió con ella la cabeza y salió a la vereda a sentarse en el banco frente a la vitrina del negocio. Ni bien se recostó sobre el vidrio y se vio absorbido por un aluvión de imágenes que se proyectaban ante su vista como película retrospectiva. Un dolor muy antiguo le removió el corazón ya curtido por los años. Se vio joven recién llegado al pueblo danzando al compás de acordeones y guitarras con una muchacha morena cuyos ojos claros lo habían elegido como partenaire de baile.
A partir de ese baile en el club en el que se conocieron, se amaron por muchos años más hasta que ella y el hijo de ambos murieron en el momento del parto
Ya aquel primer día en que compartieron la pista y el ritmo de las rancheras, él se enteró que ella era la prometida de Blas un joven como él, hijo del jefe de policía.
Blas aún vivía en el pueblo. Luego de aquella noche funesta en la que hizo el ridículo ante todos sus vecinos mirando impotente cómo su novia bailaba en brazos de un forastero, había pasado un buen tiempo alejado de las ruedas sociales, evitando cruzarse con los conocidos y con una expresión de resentimiento en el rostro de la cual nunca había podido librarse. Un buen día conoció a una maestra que había llegado a trabajar en la escuela pública donde él se desempeñaba temporalmente como albañil y al poco tiempo estaban casados. Tuvieron varios hijos pero Blas nunca pudo superar el desengaño que había experimentado en su juventud, su carácter se fue agriando cada vez más y su personalidad se fue trastornando progresivamente convirtiéndolo en un anciano solitario y hermético.
Pascual no supo muy bien por qué, pero abrumado por la nostalgia y los recuerdos que esa boina había traído del pasado, decidió pedirle perdón a Blas. Iría hasta su casa e intentaría llevar a cabo una conversación que nunca había tenido lugar.
Entró para dejar el mate y el termo sobre el mostrador y, al darse vuelta para salir, vio a Blas frente a él. Debió entrar sigiloso como un jaguar aguardando su presa ya que él no lo escuchó.
Solo alcanzó a oír las tres detonaciones y sentir que su cuerpo se desmadejaba sobre el piso mientras creía escuchar a Blas que decía: Yo también usé la boina.

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