Reunión en el cielo infinito

Anu, Enki y Enlil eran los nombres que aquellos primeros humanos que vivían en la Mesopotamia les dieron a sus Dioses más importantes. Anu, que es muy responsable y meticuloso, se había convencido de que Enki y Enlil eran de confiar y con ellos discutía siempre los resultados de los distintos experimentos, que hacían por esos mundos. Una tarde, los tres conversaban reunidos en un rincón de los cielos.
—Hoy tenemos que tomar alguna decisión con esos seres que llamamos humanos y que pusimos en un pequeño planeta que ellos llaman tierra. Ya hemos permitido que se desarrolle el experimento y, a mi entender, los resultados no son satisfactorios. Yo creo Enlil, sin ánimo de polemizar, que te equivocaste con ellos, han resultado mucho peores de lo que todos esperábamos.
—Gran ser supremo, Dios de Dioses, perdóname pero discrepo con tu juicio, sigo creyendo que los humanos tienen un gran potencial y que tu no estás informado correctamente —dijo Enlil.
Enki, conocido por su sabiduría, se acomodó en su silla, pensó unos segundos y luego comentó:
—Para ser franco, a mí nunca me gustaron los humanos, los encuentro muy agresivos y, sinceramente, me molesta la forma en que maltratan el planeta en que los ubicamos. A mi entender, deberíamos terminar con ellos y lo más simple sería hacer colisionar ese pequeño planeta con su sol y a otra cosa.
—A mí me rechina su soberbia, algunos parecería que creen ser ellos los Dioses. Yo he sabido aceptar que los que viven en cada zona del planeta tengan sus propias creencias pero me molesta que no nos respeten como deberían, al fin y al cabo, ellos existen porque nosotros los pusimos allí —dijo Anu quien, sin duda, estaba desconforme con el experimento.
—Al paso que van, en pocos siglos, no se podrá vivir en ese planeta. Maltratan y matan a los otros seres que pusimos allí. Se odian y se matan entre ellos. Son un verdadero peligro para el universo.
—Enlil, no he escuchado de ti argumentos que me convenzan, tienes una última oportunidad de defender a esas bestias antes de que ordene hacer saltar en millones de pedazos ese planeta —dijo Anu notoriamente cansado del tema.
—Sí, Uds. tienen razón. Los humanos a veces son terribles, se odian y se matan entre ellos, consumen los bienes del planeta sin mucho control, no respetan a los otros seres pero de cualquier forma son mi experimento más exitoso. Yo me siento responsable de los humanos y Uds. saben que puse en ellos lo mejor de mí. Admito que en muchos aspectos son insoportables, pero los invito a bajar en secreto a su mundo y conocerlos.
—De acuerdo hagamos esa visita pero tú necesitas decirnos qué cosa de ellos debemos conocer, tienes que guiarnos.
— Muy bien, como mínimo la visita tiene que incluir: Ver “La llegada de la Primavera “de Botticelli, escuchar la Quinta Sinfonía de Beethoven, contemplar “La Pietá” de Miguel Ángel en el Vaticano, mirar a una madre amamantar a su hijo, ver a un hombre y una mujer amarse apasionadamente y, sentados sobre una alfombra persa de Kashan, leer un poema completo de Walt Whitman. Luego de que hagamos eso aceptaré vuestro veredicto sin discutir.
Cuando los tres Dioses se volvieron a reunir en el pequeño rincón de los cielos, sólo se escuchó la voz de Anu.
—Este triunvirato de Dioses decide que se encomienda al Dios Enlil mantener el experimento humano, seguirlo de cerca y volver a reunirnos por este asunto en algunos miles de años.

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