El pasajero

Él subió al ómnibus como de costumbre, en la misma parada y a la misma hora con pasos cansados, aplomados no solo por su edad si no por su sobrepeso; era la antítesis del primer hombre que puso el pie en la luna, le costaba trabajo subir los escalones. Tal vez un arduo día de trabajo le hacían difícil el ascenso. Su vientre de gran dimensión no era punto a favor para tal cometido. Inmediatamente, el olor de su cuerpo invadió todos los espacios del coche, mezcla de mar salado con especias traídas de la India. Sus regordetas manos llenas de bellos desobedientes hacían fuerza agarradas al pasamano debatiéndose con la gravedad del planeta y todo el peso de su cuerpo. La aspereza de sus cayos se pegaba al metal como ventosas de un pulpo en aprietos. Sus piernas, en total comunión con el resto del cuerpo, lograban subir a aquel ser humano en cámara lenta. Su rojiza mirada escondida bajo sus espesas cejas blancas y un gorro azul de lana tejido a mano, buscaba el asiento más próximo a la puerta, mientras una de sus manos que había logrado liberarse del caño metálico buscaba las monedas dentro del bolsillo de su pantalón para pagar su boleto. Esa tarea le demandaba cierto tiempo y los pasajeros ansiosos de subir comenzaban a resoplar, otros a murmurar. Pero él, sumergido en su mundo interno, realizaba todos sus movimientos sin inmutarse por los demás. Ya con el boleto en mano, arrastrando sus pies llegaba a sentarse en algún asiento vacío, apoyaba sus manos en sus rodillas y giraba su rostro hacia la ventanilla dirigiendo su mirada hacia la calle en donde sus ojos se perdían en la locura de la ciudad infinita, sólo cambió la dirección de su vista cuando el conductor del ómnibus gritó: “Se pinchó una rueda, vayan descendiendo por favor”.

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