El proyecto

Amelia salió del psicólogo como todos los martes, cada vez más triste y con menos esperanza. No veía progresos en el tratamiento ni veía transformaciones en su conducta. Quería pero no podía dejar de sentir miedo. Todos lo intentos del profesional para averiguar el motivo habían fracasado. Sólo le había provocado más angustia indagar en su niñez y en el trato con su padre. Todo revuelto, nada resuelto. Pero quería curarse porque había un hombre que le atraía. Soñaba poder estar con él. Era libre como ella, pero el miedo se interponía y la tiraba fuera de toda esperanza.
Cuando Amelia salió del consultorio entró Armando. Su fobia a las mujeres nació en el liceo apenas entró en la pubertad. Se daba cuenta de que les temía porque su cuerpo reaccionaba ante las chicas transpirando copiosamente. Se mojaba en terror. Se convirtió en misógino pero tampoco le gustaban los hombres. Cuando terminó el liceo les planteó a sus padres que quería ser cura. Sus padres estuvieron de duelo. Su hijo los dejaba sin futuro, sin la esperanza de ser abuelos. Les negaba la poderosa necesidad de perpetuarse, de generar herederos de recuerdos.
Amelia y Armando se veían todo los martes en el cruce de horarios para ver al psicólogo. Se miraban con el recelo que da la categoría de ser pacientes. Comenzaron a sonreírse a los dos meses, cuando Armando ayudó a Amelia a juntar el desparramo involuntario del interior de su cartera al piso. Las manos se rozaron. Él las retiró sin haber transpirado. Ella no sintió temor, y apreció la tibieza del contacto y la perfección de sus dedos.
El consultorio comenzó a acunar un amor incipiente y asombrosamente sano. El tratamiento parecía surtir efecto. El psicólogo recibía confidencias que así lo indicaban. A los pocos meses, iniciaban el proyecto de la boda. El psicólogo sería el testigo principal para avalar tanta felicidad.
Ante los preparativos, surgieron detalles de la vida de cada uno que nunca antes se habían planteado. Así, se supo que tanto Armando como Amelia, propietarios de tan castizos nombres, eran en realidad judíos de origen y tradición y se casarían con la ceremonia Hebrea, utilizando sus primeros nombres Daniel y Sara.
Entonces, el psicólogo reaccionó mal. Su xenofobia era visceral. Así había nacido, así se había criado, y jamás se había tratado al respecto porque no lo consideraba un defecto o un problema. El pertenecía a una clase superior. Otto Nancen era fundador del movimiento de un nuevo hombre para una nueva era destinado a la nueva raza aria, única capaz de interpretarlo y llevarlo adelante.
Al retirarse el psicólogo del proyecto de casamiento, éste comenzó a naufragar. Armando se empapaba en sudor apenas veía a Amanda y Amanda no podía ocultar el miedo y el asco que le provocaba Armando.

Ahora Armando da misa todas las mañanas de domingo en la iglesia de mi barrio y Amanda asiste en las tardes a las reuniones dominicales dirigiendo al coro parroquial.

One thought on “El proyecto

  1. Me encantó Graciela. Muy original argumento!! Nuestros miedos que pueden ayudar a conocernos y amarnos pero también a odiarnos y separarnos. ¡Excelente!

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