Esbozos de cuentos

Una mala noche
Lo que terminó de despertar a José Pedro no fue el sonido estridente de los taxis, ambulancias y patrulleros que pasaban constantemente a pocos metros de él, sino el frío. Nunca había sentido tanto frío pero especialmente nunca había sentido ese tipo de frío. El frío que no va de la piel hacia adentro sino que parece venir de adentro, que sale del triperío del cuerpo y se expande hacia afuera. Era como si él fuera la fuente de frío. Se despertó tiritando y tomó real conciencia de estar vivo al sentir en su cara ese líquido pastoso que le corría por la mejilla metiéndose en sus labios. Apretó su boca para impedir tragarse la inmundicia.
El dolor en su pierna derecha tardó en aparecer y en realidad lo sintió al tratar, horrorizado, de enderezar el cuerpo huyendo de eso que chorreaba desde su pelo. Fue como una cuchillada en su pierna, aunque nunca lo habían apuñalado se imaginó que así tendría que ser el dolor. Asustado, dejó la pierna quieta, inmóvil, para evitar el insoportable sufrimiento.
No tenía ni idea dónde estaba ni como había ido a parar allí. Su confundida mente se negaba a traerle recuerdos de las últimas horas pasadas.
Como sus brazos volvieron a la vida sin generarle dolores, José Pedro intentó recorrer su torso buscando eliminar un peso que sentía sobre su abdomen. Cuando su mano toco la masa cálida y húmeda trató de sacársela de encima frenéticamente pero, al removerla, invadió su nariz el repugnante hedor de las heces humanas frescas. No pudo evitar vomitar lo que lo obligó a hacer el esfuerzo de enderezar su cuerpo. Sus movimientos coincidieron con la extraña sensación de estar elevándose con todo la basura que lo rodeaba. El ruido del motor del camión recolector al levantar el contenedor le hizo entender lo que realmente le había sucedido. Recién ahora, al ver la mugre incalificable que lo rodeaba contrastar con el color celeste del cielo apenas manchado de algunas blancas nubes, tomó conciencia de donde estaba.

Una buena película
Mientras Joel Grey saltaba sobre la pantalla gesticulando, por alguna razón y de forma más que estridente, el sonido de “Life is a Cabaret” llenaba la sala de cine. Jorge conocía la canción y le encantaba pero no podía dejar de sentir una molestia por el sonido demasiado fuerte. Miró de reojo la cara de Carmen y se contuvo de hacer un comentario. A ella no le gustaba que le charlara mientras veían una película. El tibio calor de su mano sobre la suya le agradaba tanto que volvió sus ojos a la pantalla con una sonrisa de satisfacción.
Jorge volvió a mirar discretamente a su compañera y se alegró de pescarla mirándolo de costado a él. Le gustaba la sensación de cosquilleo que los dedos de Carmen, siguiendo el ritmo de la música, le hacían sobre la palma de su mano. Ahora se mantuvo unos segundos observando su perfil perfecto. Los labios de la muchacha brillaban de forma encantadora con la luz de la película.
Mientras Liza Minelli se meneaba sobre el escenario, Jorge no podía sacar de su mente los tentadores labios de su novia. Cuando la música tuvo una especie de pausa, Jorge no pudo resistir más y, rápidamente, acercó su cabeza a la de Carmen y le dio un fuerte beso.
Carmen quedó quieta, no reaccionó ni dijo cosa alguna pero él sintió que sus dedos apretaron su mano con fuerza y tomó eso como una señal de aprobación.
Jorge siguió por un rato el desarrollo de la película pero lo embriagaba el perfume a jazmín que se desprendía de la presencia de la muchacha.
En otro momento de diálogo entre los actores Carmen le acercó a su boca un chocolate, se miraron y sonrieron. Él no hubiera podido explicar, aunque quisiera, cuál sabor era más dulce, si el del cacao o el de los labios de Carmen en los suyos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.