Trabajo maloliente

Ese trabajo era lo mejor que había encontrado después de gastar horas viendo los anuncios clasificados en el periódico y visitando antiguos patrones para pedirles una carta de recomendación.
Su nuevo empleo le quedaba en un barrio de la periferia, lugar donde estaba enclavada la fábrica de alfajores.
Al comienzo, el olor dulzón del bizcochuelo le despertaba las ganas de comer hasta el hartazgo todos los alfajores que se le ocurrieran pero, luego de varios días, ese mismo olor le provocaba náuseas que sólo eran atenuadas por el rocío perfumado del spray para ropas que esparcía en su tapabocas.
Aún así, el resto de su uniforme, por más que lo lavara, conservaba el aroma de la masa recién horneada, aroma que inundaba permanentemente el aire aprisionado en el interior de la fábrica. Luego, al terminar su jornada, salía a la calle con el hedor aún pegado a su cuerpo y cabellos. Ella creía que formaba parte ya de su identidad y, al subir al ómnibus, pensaba que los pasajeros imaginaban que trabajaba como cocinera o repostera.
En la planta, también trabajaba un gordo cincuentón que cada dos por tres pasaba a inspeccionar a los empleados que al igual que ella tenían el cometido de sacar de la línea los alfajores fallados.
Sentía el aliento baboso del gordo cada vez que él la sorprendía parado detrás de sus espaldas mientras que, pellizcándole el cachete o una nalga, le repetía: “Qué tal Olguita? ¿mucho trabajo hoy? Si estás muy cansada… a la salida te alcanzo a la parada del ómnibus…” Ella detestaba el tonito lascivo del encargado y respondía: “No estoy para juegos” sin despegar la vista de los alfajores que se deslizaban ante sus ojos perfectamente alineados como soldados en un desfile.
Al llegar a su casa, pasaba largo tiempo bajo la ducha intentando volatilizar ese olor hediondo que aún tenía adherido a sus poros, mientras pensaba de qué forma liberarse de un trabajo tan pesado.
Luego se tiraba en el sillón con las piernas en alto ya que siempre las sentía cansadas y, a veces, se hinchaban a la altura de los tobillos. Desempeñaba su tarea de pie y la media hora de descanso no le proporcionaba el alivio que necesitaba.
Recostada cómodamente en su casa, aprovechaba a mirar algún reality por el cable mientras, para sus adentros, despotricaba contra los protagonistas que vivían una vida ficticia con problemas fingidos para obtener fama y popularidad.
Estos no hacen nada….son unos guachos que no saben lo que es un trabajo….
No podía concebir cómo había gente que se fabricaba los conflictos pudiendo encontrar muchos con los cuales lidiar en la vida real.
¿Será porque buscan emociones? ¿experiencias nuevas? Algún provecho han de sacar…
Cambió el canal, aburrida ya de tanta estupidez y puso el informativo vespertino.
El periodista entrevistaba a unos vecinos en una protesta callejera. Habían cortado la calle y desfilaban con pancartas. Voces indignadas se escuchaban aquí y allá. El reportero corría de un lado para el otro intentando recabar varios testimonios.
Esto sí sucede en la vida real… ¿será verdad eso que reclaman?…Quizás no importa….pero tienen a los canales televisivos pendientes de su problema…
Una idea terminó de esbozarse en su mente al completar la frase. Se levantó del sillón. Bajó el volumen del televisor y tomó la guía telefónica. Marcó el número del canal y esperó que la atendieran.
—Soy Olga López, empleada en la fábrica de alfajores “Antojos y Sabores”. Les interesaría saber algunas cosas que suceden allí?…

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