Desde la tribuna

El partido se había puesto aburrido. Los muchachos del  Libertad Football Club llevaban tal ventaja sobre los del Oriental Deportivo que el final era clarísimo.

En una de las filas más altas de la platea, Teresa y Mariana charlan mientras miran el partido en el que juegan sus hijos.

— ¿Decime, aquella  rubia de saco marrón que está sola allí abajo no es Julia, la mamá de Arturito, el golero?

—¡Ah! Sí, mirá… no la había reconocido.

—El hijo de ella está en la clase de Ricardo, ¿verdad?

—Sí, sí, yo este año la veo seguido, charlo con ella casi todos los viernes.

—¿Y ahora cómo anda la pobre? ¡Con todo lo que le pasó!

—Bueno, se  ha recuperado bien, es una mujer que no se achica, ¿viste? Cuando el marido se fue estaba hecha un desastre, la pobre nunca esperó que el muy atorrante la dejara por esa loca.

—Sí…yo escuché algo, pero no sé bien cómo fue.

—El marido había armado  un buen negocio, prestigiado y con mucha clientela. Todos sabíamos que lo mantuvo porque ella laburaba con él como una  fiera. Llevaba las cuentas, se entendía con proveedores y se ocupaba de todo. Realmente de todo. El marido era el de las relaciones públicas, siempre un dandy y muy simpático, pero el negocio marchaba por ella.

— Pero y… ¿qué les pasó?

—Les pasó que un día este nabo contrató a una vendedora, joven, bonita y bastante putona y, como era de esperar, ella lo enloqueció. Al principio, disimulaban pero, al poco tiempo, Julia se dio cuenta, lo enfrentó y el muy idiota le dijo que estaba perdidamente enamorado y se fue. Se fue con la vendedora, se llevó un montón de plata que tenían del negocio en un banco y la dejó a Julia con Arturito, el negocio y sin plata.

—¡Ah! ¡qué horrible! ¿Y qué hizo, pobre mujer?

—Primero lo quería matar,  después se concentró en salvar al negocio. Laburaba día y noche y, de a poquito, fue poniéndose al día con las deudas.  ¿Viste que en ese tipo de boliche si no estás al frente todo el día no camina? Bueno,  ella se puso las pilas y lo salvó. Le llevó como 4 años salir a flote pero ahora está marchando. La última vez que le pregunté, me dijo que ya está más tranquila. En medio de todo eso, no se pierde ni las reuniones del Liceo ni los partidos de Arturito.

—¿Y qué le  pasó al marido?

—El muy boludo se refundió todo. La mina lo dejó en cuanto se acabó la guita. Terminó laburando de sereno en una obra y viviendo en una pensión. ¡Hay que ver las pretensiones que tenía este idiota y cómo quedó!

—Y bueno, se lo merecía por estúpido.

—Sí. ¡Qué se joda!

En la cancha el juez cobró un penal y se arma  gran gritería.

—Mirá Teresa, si se arma lío yo agarro a mi hijo y ¡me voy!

—Sí, bueno… pero espera un poquito. Ya se están tranquilizando.

—Y Julia sigue tranquila allí abajo. ¿Decime  ese tipo que se acerca a ella con dos potes de café en la mano, no es…?

—¿Quién?… No, no puede ser.

—¡Sí! Es… sí, ¡es él! Pero no se puede creer. ¡Mirá que hay gente que nunca aprende!

Un poco de calor

La noche estaba fría. La casa estaba toda fría a no ser por ese rincón en que se hallaba la estufa. Unos pocos leños se bastaban para dar el calor y la luz que había en  la habitación. Prender las luces… ¿para qué? La mirada bucólica se concentraba en el fuego y se perdía absorta en las lenguas doradas que este desprendía. Tomó un trago. De a poco, parecía irse hundiendo en el sillón. Rápidamente, se estaba hundiendo en la vida.

En poco tiempo, quedó sin trabajo y sin esposa; se sentía viejo y sin fuerzas ni ánimo para volver a empezar. Se quitó los zapatos y se sentó en el piso sobre su alfombra. Tomó otro trago. Los recuerdos de los buenos tiempos no se acordaban de él. Una incipiente barba pretendía, aún sin éxito, ocultar sus pesares. Su imaginación, otrora prolífica en tonterías, no encontraba caminos. Solo la gran tontería parecía ganar espacio en sus pensamientos. Cayó en la cuenta de que hacía unos días que no se bañaba. Un poco de agua caliente le vendría bien. Recorrió los pocos metros que lo separaban del baño. Encendió la luz, se quitó la ropa, abrió la canilla y se metió en su bañera. Debía dejar esos pensamientos recurrentes pero no sabía si quería. Disfrutó del agua caliente como pocas veces. Tal vez eso era lo que necesitaba… un poco de calor. Se quedó un rato, tranquilo, con los ojos cerrados.

Unos ruidos lo sobresaltaron. La luz se apagó y algo de humo empezó a colarse por debajo de la puerta. Estaba a ciegas pero tomó una toalla y salió del baño para encontrarse con lo que ya sabía. Algún leño habría rodado. Su casa se estaba incendiando. No había salida. Volvió a la bañera, cerró los ojos y… esperó.

 

Fronteras desdibujadas

Un hecho insólito conmovió la opinión pública.

Después de leer este artículo, usted se preguntará: ¿No hay límites para los marginales?  ¿No hay barreras que los detengan?

La maniobra según investigación proporcionada por la jefatura indicó que la joven (posiblemente integrante de una banda) declaró ante la justicia.

Ella dijo no tener conocimiento de ningún hecho delictivo sino de un hecho fortuito, de un equívoco.

Los hechos ocurrieron el viernes entre las ocho y nueve de la noche. Se presume que, bajo engaño, el portero le proporcionó la entrada al predio. La empleada asumió la responsabilidad de haber hecho pasar a la joven y de haberla alojado en el living.

En un principio, no se descartaba la posibilidad de que ambos, portero y doméstica, estuvieran involucrados pero las pericias indicaron que no había notorios hechos como para procesarlos.

La empleada, bajo un estado de histeria al ver que había sido engañada por la joven, llamó a la policía.

Estos asumieron el hecho como un “copamiento” y desplegaron todos sus efectivos apostados en todas las salidas del predio.

Manos en alto, la joven fue reducida y llevada a la comisaría donde fue interrogada.

El suceso podía haber tenido ribetes trágicos si no hubiera sido por el abogado de la familia que intervino para que no llegara a mayores.

La joven de iniciales J.G se recupera en su hogar.

Le transcribimos abajo una conversación que ella mantuvo con otra compañera, según se supo, quedó en libertad pero aguardaba desde su casa la resolución final del juez.

 

Gentileza de jefatura (conversación grabada a partir de la línea pinchada)

 

***

—¡Hola…! ¿Estás con tiempo? Te cuento algo cortito. Me invitaron el otro día a una reunión en el apartamento de una compañera del club, viste como soy de alocada ni me fijé el número del edificio en el mail que nos mandó. Ella había comentado como era la fachada del predio, así que fui hasta ahí. Le pregunto al portero y  me dice que ella está en el apartamento pero que él no me pude dejar subir hasta que no me anuncie por el portero eléctrico. Me  atiende una empleada, me hace subir  y me dice que tome asiento que la señora ya viene. Bué, ¡viste como soy! me puse a  mirar el mobiliario del living. Me sorprendió lo antiguo que era todo. En ese momento… empecé a  dudar de mi capacidad de entendimiento. Creía haberla escuchado decir que se había comprado todo nuevo para inaugurar su nueva morada. No llegué a ir más lejos con mis pobres pensamientos pues, de repente, apareció una señora mayor  que me vino a saludar como si nos conociéramos de toda la vida. Te imaginas que la señora  vivía en otra dimensión desconocida. Yo, a pesar de mi distracción, aun  tenía capacidad de discernimiento, así que  llamé a la empleada y me escapé de esa situación bochornosa. ¡Qué  momento! ¡Y todavía te reís! ¡Decime! ¿cuál es la probabilidad de que exista una persona con el mismo nombre en el momento equivocado y en el lugar equivocado?

Día de locos

Macarena llegó a los cuarenta años llena de obligaciones y deberes. Lo que de niña había imaginado nada tenía que ver con la realidad. El ser madre, esposa, ama de casa y empleada estaba muy lejos de ser los sueños de una niña. Si bien la llenaban de satisfacciones también la colmaban los problemas. De tanto creer que ella podía con todo, ella misma se fue ganando que todo cayera sobre sus hombros. Cuando sonó el despertador se tiró de la cama media dormida, las seis horas de sueño no le habían sido suficientes. Se lavó la cara y se vistió a toda prisa mientras preparaba el desayuno para toda la familia.

hay me olvidé del teléfono, no creo que vaya a lavar ropa.

Eran las nueve y la familia estaba levantada, tomando la leche, menos ella que intercalaba algún mate mientras cocinaba y preparaba la vianda para los chicos que a las diez los pasaba a buscar la camioneta.

—Otra vez me voy con la camisa arrugada Macarena ¿podrás plancharme alguna?— le dijo Martín insistentemente sabiendo que hacía ya tiempo su pedido era en vano.

Ella ni siquiera contestó a la pregunta, tenía en la cabeza otras cosas que debía solucionar en el día.

—Mamá ¿hoy puedo llevar plata para comprarme la merienda?

—No, hoy no, el viernes quizás. Para comprarte las papas chips de porquería ni loca.

así están los chiquilines ahora gordos y con colesterol. Al final solo viven a papas y hamburguesas estos. Además me rompí todo el fin de semana haciendo escones y galletitas caseras para que ahora coma porquerías

—¡Apurate! Anda a lavarte los dientes que se te hace tarde.

me revienta que me toque el timbre la tipa de la camioneta porque estos dos no están prontos

A las10.30  la casa se sumerge en una disfrazada tranquilidad. Macarena tiende las camas, ordena ropa, repasa el baño, lava las tazas, barre el piso, se baña, se viste y sale a trabajar. Baja a la calle y corre el ómnibus, cuando va a pagar el boleto busca dentro de su cartera la billetera pero la dejó olvidada en la cocina. Se baja pidiendo una disculpa.

a no pero soy una pelotuda todavía que llego tarde me olvido de la plata no dejo la cabeza porque la tengo pegada me diría mi abuela.

En el camino la llama Martín al celular.

—¿Llevas los papeles de Gómez y López?

—Sí ¿por qué?

—Tiene que estar todo pronto  para hoy a las tres de la tarde, ellos van para la oficina.

—Tranquilo ya voy en camino, decile que los espero con  la escritura lista.

—Dale, gracias. Ah, y no te olvides de pasar por lo de María del Carmen Barrios a dejarle el recibo.

—No, no, tranquilo

éste se cree que tengo ruedas en vez de pies tremendo idiota

Otra vez camino a la oficina y ya subida en el ómnibus respiró profundo. Repasó la lista de tareas a cumplir mientras miraba las vidrieras de los comercios por la ventanilla.

un día tengo que venir con tiempo me tengo que comprar un pantalón y alguna camisa estoy podrida de usar siempre lo mismo bah igual con lo gorda que estoy quien me va mirar bueno eso no importa hay que estar prolija.  

Se sonrió y se paró para bajar en la próxima parada. Llegó a la oficina y, apenas se sentó, llegaron los señores Gómez y López. Los recibió con la amabilidad conocida por sus clientes y, mientras conversaban del asunto y firmaban los documentos, ella armaba una lista en su cabeza para la cena.

ya sé hago un pastel de carne medio kilo de  picada papas huevos aceitunas tengo mejor puré instantáneo sale pastel al toque.

Las horas pasaron de prisa y, cuando se quiso acordar, estaba nuevamente en el bus camino a su casa. Bajó dos paradas antes y compró lo pensado. No le daban las manos entre la cartera, carpeta y bolsas de supermercado. Al llegar a la casa, puso agua a hervir y encendió un cigarrillo, tomó unos mates y habló con Martín, su madre y su suegra. Llegaron los niños y preparó leches, mientras lavaba las viandas del día y freía la carne picada, colaboró con los deberes y recortó palabras que comenzaran con la letra eme.

tengo que revisar mi correo que hace días no lo abro pero como me crecieron las uñas uy! mañana tengo hora con el dentista de Gabi qué embole y la reunión con la maestra de Fer

—Fernando, ¿te animas a traerme la lima que está en el baño?

—¿Dónde está mamá?

—Adentro del mueble al costado del hilo dental.

Limó, fritó y puso la mesa con el teléfono apoyado entre su cabeza y su hombro. Coordinó reuniones y planificó salidas con amigas.

—¿Al cine…? ¿el sábado…? sí…  sí… Martín se queda con los nenes, dale beso.

Después de varias carreras al baño alcanzando toallas y trayendo medias sucias, puso en marcha el lavarropas.

la puta me olvidé de poner la camisa a lavar que me importa mañana me la pongo igual.

Increíble, las nueve y media de la noche, ya estaban todos cenando, hablando de cómo le fue a cada uno.

Tecleó los dedos sobre el mantel para avisar que en breve se levantaría de la mesa para lavar los platos. Con suerte a las once podría dedicarse a mirar un poco de tele o leer alguna página del libro que una amiga le había prestado.

libro o tele me baño y veo.

—Mamá me olvidé de decirte que mañana tengo merienda compartida en catequesis y quedé que llevo algo salado.

—¡Y a esta hora me lo venís a decir! ¿tenés idea de la hora que es? ¡Pero mijo me lo hubieras dicho cuando llegaste de la escuela! ¡Andá a acostarte! haceme el favor.

Sacó el bowl de hacer las tortas y la harina.

por suerte hay queso y huevos lo voy a matar a este pendejo pelotudo mirá a la hora que me avisa

—Gorda, si no te enojás me voy a ir acostando que mañana tengo que salir temprano.

—No, andá tranquilo que me quedo un rato más levantada, Gabriel se olvidó de decirme que tiene merienda y lleva comida.

 poco queso más que un fainá de queso va a ser una torta salada y bue.. es lo que hay…

A la media hora, lo sacó del horno, lo dejó sobre la mesada para enfriar, se cercioró de que había apagado el horno y se lavó los dientes. Para cuando llegó a la cama, Martín dormía. Arropó  a sus hijos y volvió al dormitorio dispuesta a leer un rato.

carajo no me acuerdo en qué página iba ni siquiera me acuerdo de lo que leí bueno empiezo otra vez.

Cuando la despertó la posición incómoda, miró el reloj ya eran las tres de la mañana.

 me dormí otra vez.

Cerró el libro. Se sacó los lentes. Desconectó el despertador y apagó la luz.

Perpetuidad

                                                                                                      “Uno de los mayores misterios de la vida es cómo el chico que no era lo suficientemente bueno para casarse con su hija pueda ser el padre del nieto más inteligente del mundo. (Proverbio Judío)”

Su cuerpo ya manifestaba las señales de un trajinado campo de batalla.
De vez en cuando, las jaquecas eran tan molestas que solo podía aliviarlas recostando sobre la almohada la maciza cabeza de cabello blanco.
Los ojos, cansados de ilusiones perdidas por la realidad de los años ,dormían entregados al placer reparador del sueño.
Su pecho subía y bajaba en un fatigoso vaivén. Un viejo compañero de ruta que, por primera vez, había encendido en su boca el día que estrenaba pantalones largos , había hecho estragos en sus pulmones. Estos frecuentemente lo asaltaban con algún catarro pero él no abandonaba su vieja costumbre de fumar.
La hora de la siesta transcurría bajo la templada tarde otoñal; el aire, que se colaba por la ventana entreabierta del dormitorio, tocaba suavemente su piel refrescando las añosas piernas salpicadas por algunas venas violáceas. Instintivamente tomando la sábana las cubría sin salir de su estado de sueño.
Entregado al bienestar del descanso, su corazón latía acompasadamente, aunque hacía algún tiempo que se daba cuenta de la lentitud de su ritmo. Gracias al pequeño comprimido que le devolvía la vitalidad podía hacer sus diarias caminatas hasta la escollera donde se sentaba a leer el diario bajo el olor salitre y el estridente sonido de las gaviotas.
La alarma del reloj le recordaba puntualmente a las cinco que debía levantarse ya que llegaban Enrique y Pablo, dos viejos anarquistas que se reunían con él a tomar mate y rescatar del pasado antiguas discusiones políticas y filosóficas ya perimidas.
Esa tarde, junto al sonido del reloj, los gritos de júbilo de su hija lograron sacarlo de la modorra.
¡Papá, papá vas a ser abuelo! clamaba en voz alta ante la puerta agitando en su mano el sobre con el informe que contenía las pruebas de su embarazo.
Su sangre, la primera en reaccionar ante la noticia, lo impulsó a escuchar el llamado de su nieto. Trabajosamente pero feliz, se calzó las pantuflas. La vida le estaba regalando un nuevo comienzo.

Bendita TV

El coronel miraba la pantalla del televisor sin parpadear. Sentado en la cómoda bergere del living, su cara demostraba una gran compenetración. A veces sonreía y otras veces su preocupación era evidente. Desde la pantalla, la periodista entrevistaba al panel. Los temas eran arduos y los debates surgían por cualquier cosa. Él los seguía atentamente. En un momento dado, un entrevistado dijo algo muy ofensivo hacia los mandos militares. El coronel masculló algo y torció la cara pero cuando intentó aclarar su voz para protestar, los avisos de la tanda perforaron el living con su estridencia. Entonces permaneció callado y sumiso. Pero pronto se prendió al Crucero que lo llevaba a Cancún en cómodas cuotas. Rápido se dirigió al dormitorio y trajo la Guayabera desteñida por los años. Estuvo observándola durante unos minutos y verificando el cierre de los dos bolsillos. Todo bien. Tranquilo la volvió a su lugar. Apenas ubicado, el aviso de la barra de chocolate parecía salirse de la pantalla con un mordisco ya dado. El coronel sacó la lengua y la pasó por sus labios entrecerrando sus ojos mientras sus glándulas salivares se activaban. En seguida, siguió el programa: “Entrevistas de la semana”. La periodista había logrado calmar los ánimos de sus invitados y les estaba proponiendo pasar a tomar el café en el living del estudio del canal. Entonces el coronel, se paró formalmente frente al televisor y, casi con una reverencia, les fue indicando de a uno dónde ubicarse en los asientos y butacas de su living. Para la mujer más bonita de las panelistas, reservó su propio sillón bergere y él fue a la búsqueda de una butaca del comedor para ubicarla a su lado. Desde allí, miraba a hurtadillas a la pantalla y a la panelista en su sillón. A veces le sonreía. Estaban hablando mal de los militares, muy mal. Pedían explicaciones sobre los restos de los desaparecidos, daban detalles sobre las tremendas torturas. Querían saber sobre los restos mutilados y los vuelos de la muerte. El coronel apretaba sus labios hasta convertirlos en un fino cuchillo. Su miraba se iba endureciendo y se hizo tan sólida como el hierro de las rejas de su casa, mientras sus manos comenzaron a moverse con un tic descontrolado. Diríase que el monstruo escondido quería salirse de su encierro. La mujer contaba que había sido sometida a torturas y conteniendo apenas su llanto, dio algunos detalles de violaciones reiteradas. Torpemente el coronel llevó su mano izquierda al bolsillo de su pantalón, extrajo un pañuelo prolijamente doblado y se lo extendió a la mujer. Luego y sin titubear con su mano derecha extrajo el arma de reglamento, preciado regalo de su padre al inicio de su carrera militar, leal y protectora fiel amiga, dueña absoluta del mundo de sus actos, y en un gesto único e irrepetible, la llevo a su cien y apretó el gatillo.

Recuerdo

Tu mano me alcanzó,
cuando decidí correr.
Tu mano me sostuvo,
cuando estuve a punto de caer.
Tu mano me dio calor,
cuando el frío heló mi piel
Tu mano acarició mi pelo,
cuando mi alma lloraba.
Tus manos mi refugio eterno.
Tus manos mi amanecer y mi ocaso.
Tus manos alimento de mi corazón.
Tus manos forjadoras de creación.
Y hoy que estoy solo,
el recuerdo es lo que sostiene mi ser.
Despierto sintiendo tu sentir,
pienso en alquimia para mi dolor
y exijo tener un elixir
Que permita por un instante absoluto
detener el tiempo tirano
que te arrancó de mi lado
Dejando solo el recuerdo de tu mano.

Una mala noche

Lo que terminó de despertar a José Pedro no fue el sonido estridente de los taxis, ambulancias y patrulleros que pasaban constantemente a pocos metros de él, sino el frío. Nunca había sentido tanto frío pero especialmente nunca había sentido ese tipo de frío. El frío que no va de la piel hacia adentro sino que parece venir de adentro, que sale del triperío del cuerpo y se expande hacia afuera. Era como si él fuera la fuente de frío. Se despertó tiritando y tomó real conciencia de estar vivo al sentir en su cara ese líquido pastoso que le corría por la mejilla metiéndose en sus labios. Apretó su boca para impedir tragarse la inmundicia.
El dolor en su pierna derecha tardó en aparecer y en realidad lo sintió al tratar, horrorizado, de enderezar el cuerpo huyendo de eso que chorreaba desde su pelo. Fue como una cuchillada en su pierna, aunque nunca lo habían apuñalado se imaginó que así tendría que ser el dolor. Asustado, dejó la pierna quieta, inmóvil, para evitar el insoportable sufrimiento.
No tenía ni idea dónde estaba ni como había ido a parar allí. Su confundida mente se negaba a traerle recuerdos de las últimas horas pasadas.
Como sus brazos volvieron a la vida sin generarle dolores, José Pedro intentó recorrer su torso buscando eliminar un peso que sentía sobre su abdomen. Cuando su mano toco la masa cálida y húmeda trató de sacársela de encima frenéticamente pero, al removerla, invadió su nariz el repugnante hedor de las heces humanas frescas. No pudo evitar vomitar lo que lo obligó a hacer el esfuerzo de enderezar su cuerpo. Sus movimientos coincidieron con la extraña sensación de estar elevándose con todo la basura que lo rodeaba. El ruido del motor del camión recolector al levantar el contenedor le hizo entender lo que realmente le había sucedido. Recién ahora, al ver la mugre incalificable que lo rodeaba contrastar con el color celeste del cielo apenas manchado de algunas blancas nubes, tomó conciencia de donde estaba.

Testigos que no mienten

Es de público conocimiento que las piernas son quizás las partes más atractivas de la anatomía femenina. Esta no es una conclusión de sesudas encuestas con muestreos estadísticos aleatorios estratificados. Es algo que muchos hombres lo sabemos o simplemente lo sentimos, sólo que esta afirmación se derrumba si tenemos en cuenta algunos factores. Por ejemplo, si nosotros – los admiradores o simplemente curiosos – aplicamos algún criterio de estratificación por edad por peso probablemente ya no encontremos interesantes ni los miembros inferiores ni ninguna otra parte de determinado biotipo femenino. De la misma forma si ambos extremos de las benditas piernas no son tan agradables como ellas, probablemente cambiemos la mirada para observar una flor o alguna cosa más interesante. Por ejemplo, si los extremos inferiores de las piernas son pies planos, con juanetes o dedos regordetes, seguramente las bien diseñadas piernas pierdan todo interés. No sé si a todos les pasará lo mismo, a mí sí. Prefiero unos pies bonitos acompañados de unas piernas más o menos que la situación opuesta, piernas lindas junto con pies feos.
Muy distinto es lo que me sucede con los miembros superiores. Es claro que los brazos juveniles son agradables para todos y yo no soy ajeno a reconocer esos encantos, pero las manos, ah las manos…, esas siempre me cautivaron. Y en este caso no sólo las manos bellas que las hay y muchas, todas las manos.
Estas son en mi opinión el órgano más sincero, menos traicionero y más confiable de todo nuestro cuerpo. Pueden trabajar algo menos que el corazón o los pulmones pero jamás te van a matar, nunca van a alojar un cáncer que te vaya comiendo. Las manos sienten, regalan caricias, pelean, te llevan la comida a la boca, siempre frontales, bien dispuestas, serviciales.
Las manos de un bebé, esas manos de dedos gorditos que acarician el pecho materno. Las de un viejo albañil: los miles de metros cuadrados de casas que habrán construido y que ahora disfrutamos. Las manos de un pintor o de una artesana: ¿cómo cuantificar los millares de imágenes y objetos de enorme belleza, texturas y coloridos que han creado por décadas? Las de un cirujano: ¿cuántos órganos enfermos recompusieron, cuántas vidas salvaron todos los días durante años?
Las manos son muy sinceras, son cruelmente sinceras. Nunca mienten. Mientras la piel se puede estirar hasta hacer un moñito de pellejo en la nuca o detrás de las orejas, mientras las narices, las tetas y las nalgas se hacen por catálogo y los labios y otras partes se llenan de botox, ellas están allí, intactas, tal como el paso inexorable de los años las fue esculpiendo. Venosas, con artritis, con cada vez más arrugas y lunares, ellas están allí diciendo que todo lo demás es mentira, que ellas son la única verdad.
Me encantan las jóvenes manos de las violinistas, parecen palomas que inician su vuelo. Me encantan las finas y expresivas manos de las bailarinas de ballet, que tan bien acompañan la grácil destreza de sus menudos cuerpos. Pero no sólo me gustan estas bellas manos, también me conmueven las de una campesina africana ¿Cuántas toneladas de comida habrán producido esas viejas manos para alimentar a su familia? ¿Cuánta agua habrán transportado en enormes baldes encima de sus cabezas? Manos que parecen por su color y consistencia tallas en ébano, la fabulosa madera que es privilegio de su continente.
Y las de un rústico pastor andino ¿Cuántas casas o cabañas sencillas habrán construido en décadas de duro trabajo? ¿Cuántos hijos, cuántas generaciones de llamas, alpacas y vicuñas cuidaron y alimentaron? Manos callosas y piel curtida por inclementes soles que no encuentran oposición en la rala atmósfera de la alta montaña.
Los campesinos de rudas manos no estrechan las nuestras en un saludo, apenas las ponen en contacto. Parece un gesto de sumisión, no lo creo. Prefiero ese saludo que sé que es sincero que un fuerte apretón de un gordo blanco y próspero cuya arrogancia repudio. También me desagradan las blancas y finas manos de un burócrata y de un oficinista: ¿cuántos expedientes y proyectos habrán enterrado, cuántas ilusiones postergadas? Igual que las de un empleado de banco o de casa de cambio: ¿cuántos millones de pesos esas tristes manos han contado durante treinta o cuarenta años? ¿Y para qué? ¿Y a beneficio de quién?
Mis manos son distintas a todas las que me he referido. También me gustan y las disfruto. Son las de un simple tipo que las usa para trabajar, para crear, para jugar, para gozar.

Manos no santas

Esas manos estaban teñidas de sangre. Su furia había golpeado sin misericordia y apretado hasta llevarse el último suspiro de su víctima. Ahora, esposadas esperaban que quien de ellas era responsable aceptara su culpabilidad. Cientos de dedos lo señalaban. Puños en alto pedían justicia, en tanto algunos enojos se hacían adjetivos y eran lanzados con violencia.
Asesino. Mal nacido. Hijo de….…
El aire estaba tenso. La prensa se había hecho presente en buen número por la conmoción social que el evento había causado.
La víctima era un pastor de una pequeña parroquia barrial sumamente comprometido con la comunidad. El hermano Pedro entregó su vida por los demás. Siempre solidario. Una sonrisa, un abrazo, una mano extendida generosa o una palabra de aliento nunca faltaban. Tal vez por jugarse la ropa y enfrentar a corruptos, traficantes y otros personajes encontró el final de sus días.*

En el juzgado, mortíferas miradas cargadas de odio apuntaban al presunto victimario. Él no las desafiaba. Cabizbajo y solo esperaba al juez. Parecía tranquilo. Cuando atinaba a levantar la cabeza su mirada era fría y su sonrisa bueno… ella esperaba por mejores oportunidades.
Aguardaba sentado con los dedos repiqueteando suavemente la mesa que estaba a su frente. La ansiedad empezó a ganarle y la transpiración en sus manos comenzó a aparecer. Ellas sabían todo cuanto había sucedido. Estaban nerviosas. Inquietas. Cuando les preguntaron en relación al asesinato del sacerdote Pedro Bermúdez cómo se declaraban, ellas admitieron todo lo que la boca negó. Las manifiestas incongruencias parecieron importar poco al fiscal y al juez. Posiblemente, una mano negra había estimulado una decisión que resultó muy controversial. Hubo quienes sugirieron la existencia de serias amenazas y tráfico de influencias. El imputado fue sobreseído. Sus manos liberadas. La verdad de lo que sucedió aquella noche no pudo saberse y, tal vez… nunca se sabrá.