Mano anómala

Acompañaba a su padre a realizar el trabajo en aquellas pocas hectáreas de campo que habían heredado del abuelo.
Este lo observaba con orgullo, carpir, ordeñar y ayudar a ensillar el tordillo con el que llegaban hasta el pueblo para hacer los mandados.
Con sus seis años a cuestas, realizaba con habilidad estas tareas bajo la mirada complacida de su progenitor. Todo un hombre de campo me resultó el crío… les decía habitualmente a sus vecinos, exhalando un suspiro de alivio. Vislumbraba su lejana ancianidad descansando tranquilo al dejar el trabajo en manos de su hijo.
El pequeño movía sus manos con desempeño, impulsadas por movimientos precisos y ejecutando con suma exactitud las ocupaciones rurales.
La izquierda era la dominante, hecho que sus padres habían tomado con total naturalidad atribuyéndole a dicha mano la responsabilidad de las destrezas que el niño manifestaba. El maestro ya había visitado a la familia y había dejado en claro que esperaba ver al niño sentado en el banco escolar el primer día de clases.
El tercer lunes de marzo, Juan, montado sobre la mansedumbre del equino, recorrió los caminos hasta llegar a la escuela. Su madre le había planchado la moña cuyo lustre oscuro contrastaba con el blanco inmaculado de la túnica.
Fue recibido por las caras asustadas de ocho niños de diferentes edades y el saludo seco y cortante del maestro que le indicó su asiento.
Desde su ubicación, Juan miraba con sorpresa el yermo salón decorado con un desgastado pabellón nacional. A un lado del mismo, el cuadro del prócer llamaba su atención. Sus ojos pequeños y castaños eran atraídos por la mirada señera del héroe que irradiaba solemnidad a la atmósfera del aula.
Al frente, un enorme y negro pizarrón lo anonadaba, recordándole su ignorancia acerca de las cuestiones escolares. Era el único alumno en primer grado, se sentía vulnerable, asustado, sensaciones por él desconocidas hasta ahora, tan diferentes a las experimentadas cuando acompañaba a su padre al campo.
El maestro escribió con la tiza blanca sobre el pizarrón la fecha y el estado del tiempo.
Hoy es lunes 17 de marzo.
Las nubes tapan el sol.
Juan abrió el cuaderno y temerosamente intentó copiar las palabras que tenía ante su vista apretando con fuerza el lápiz en su mano izquierda. Las letras salían deformes y renegridas muy diferentes al modelo, pero aún así sentía satisfacción por su propio esfuerzo en la realización del trabajo.
El primer palmetazo propinado por el maestro y su rezongo feroz le hicieron estallar en sollozos sin poder comprender lo que estaba pasando.
¡Mocoso, toma el lápiz con la otra mano! ¡Se escribe con la derecha! Si llego a verte otra vez usar la mano izquierda, no uno sino veinte azotes te voy a dar.
La escuela, con el devenir de los días, logró convertirse, de esta manera, en una verdadera tortura para el niño.
Muchas habían sido las veces que Juan tomaba el lápiz con la mano equivocada, ésta ya lucía enrojecida evidenciando las señales de los golpes.
Al cabo de un buen tiempo, el severo maestro había logrado torcer la natural lateralidad del alumno sustituyéndola por el hábito de escribir con la mano contraria.
Juan no lograba comprender cómo una parte de su cuerpo podía al mismo tiempo ser fuente de orgullo para su padre y objeto de odio para el maestro. Y todo lo que él creía del mundo comenzó también a transformarse, su alma dividida creía ver todo blanco o negro, bueno o malo.
Al terminar el ciclo escolar, se había convertido en un chico rebelde que no le interesaba estudiar y formaba parte de una banda que se reunía para fumar a escondidas y cometer pequeños robos.
Cuando tenía catorce años, una noche sin luna huía de un gallinero con sigilo, tocando la grava apenas con la punta de sus pies.
La bolsa que colgaba de su hombro denunciaba el robo de la gallina que iría a vender al día siguiente por unos pocos pesos.
A sus espaldas creyó ver la luz de una linterna y escuchar el sonido de una voz que le exigía detenerse.
Sin pensarlo dos veces, su cuerpo giró media vuelta, mientras su mano izquierda desenvainaba el cuchillo del cinto y lo hundía en el abdomen del hombre dueño de esa voz. Este aullaba de dolor aferrándose el vientre con las manos. La linterna caída al costado iluminaba el suelo regado con gotas de sangre.
El graznido de un búho sobresaltaba el silencio de la noche y, por encima de éste, la voz de Juan que decía
¿Vio maestro? Y usted…que la creía tan inútil…

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