Despertate que se hace tarde

Cuando sonó el reloj, Eugenia ya estaba despierta. Seis horas de sueño no le habían alcanzado para descansar lo suficiente. Hacía largo rato que luchaba con la incómoda almohada culpable de su dolor de cuello y el vago descanso que había tenido. Se iba a tirar de la cama como siempre pero esa mañana no tenía fuerzas suficientes, estaba agotada. Deseó quedarse hasta que tuviese ganas, sin embargo, las fastidiosas responsabilidades se agolpaban en su cabeza y le martillaban el sentimiento de culpa. Repasó el sinnúmero de actividades que tendría ese día tratando de no olvidarse de ninguna. Con los ojos aún cerrados visualizó la heladera y trató de recordar lo que había planeado para las viandas de sus hijos. Pablo, su marido, ya estaba tomando su ducha habitual. Esperaría unos minutos más para también bañarse y relajar su cuerpo cansado. Entrecerró los ojos y se encontró unos veinte años más joven, de pie frente al espejo cepillando su pelo. Sintió el llamado de su madre y el olor a desayuno tibio, recordó el aroma del pan fresco untado con manteca y azúcar. Saboreó el momento si apuros, las tardes tirada sobre una hamaca de jardín donde su única preocupación era leer libros o garabatear cosas de adolescente hasta quedar adormecida por la brisa pura del campo. Se llenó de olor a pasto mojado y a uvas recién cortadas. Recordó su corazón agitado corriendo cerro abajo hasta caer y girar en carreras alocadas junto a sus hermanos. Vio caer el sol entre los árboles de hojas ocres dando paso al otoño y sintió el viento de la primavera remontando cometas caseras. El grito de su esposo diciendo “despertate que se hace tarde” llamándola la trajo nuevamente aterrizándola en su cama y a su realidad.

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