Manos no santas

Esas manos estaban teñidas de sangre. Su furia había golpeado sin misericordia y apretado hasta llevarse el último suspiro de su víctima. Ahora, esposadas esperaban que quien de ellas era responsable aceptara su culpabilidad. Cientos de dedos lo señalaban. Puños en alto pedían justicia, en tanto algunos enojos se hacían adjetivos y eran lanzados con violencia.
Asesino. Mal nacido. Hijo de….…
El aire estaba tenso. La prensa se había hecho presente en buen número por la conmoción social que el evento había causado.
La víctima era un pastor de una pequeña parroquia barrial sumamente comprometido con la comunidad. El hermano Pedro entregó su vida por los demás. Siempre solidario. Una sonrisa, un abrazo, una mano extendida generosa o una palabra de aliento nunca faltaban. Tal vez por jugarse la ropa y enfrentar a corruptos, traficantes y otros personajes encontró el final de sus días.*

En el juzgado, mortíferas miradas cargadas de odio apuntaban al presunto victimario. Él no las desafiaba. Cabizbajo y solo esperaba al juez. Parecía tranquilo. Cuando atinaba a levantar la cabeza su mirada era fría y su sonrisa bueno… ella esperaba por mejores oportunidades.
Aguardaba sentado con los dedos repiqueteando suavemente la mesa que estaba a su frente. La ansiedad empezó a ganarle y la transpiración en sus manos comenzó a aparecer. Ellas sabían todo cuanto había sucedido. Estaban nerviosas. Inquietas. Cuando les preguntaron en relación al asesinato del sacerdote Pedro Bermúdez cómo se declaraban, ellas admitieron todo lo que la boca negó. Las manifiestas incongruencias parecieron importar poco al fiscal y al juez. Posiblemente, una mano negra había estimulado una decisión que resultó muy controversial. Hubo quienes sugirieron la existencia de serias amenazas y tráfico de influencias. El imputado fue sobreseído. Sus manos liberadas. La verdad de lo que sucedió aquella noche no pudo saberse y, tal vez… nunca se sabrá.

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