Bendita TV

El coronel miraba la pantalla del televisor sin parpadear. Sentado en la cómoda bergere del living, su cara demostraba una gran compenetración. A veces sonreía y otras veces su preocupación era evidente. Desde la pantalla, la periodista entrevistaba al panel. Los temas eran arduos y los debates surgían por cualquier cosa. Él los seguía atentamente. En un momento dado, un entrevistado dijo algo muy ofensivo hacia los mandos militares. El coronel masculló algo y torció la cara pero cuando intentó aclarar su voz para protestar, los avisos de la tanda perforaron el living con su estridencia. Entonces permaneció callado y sumiso. Pero pronto se prendió al Crucero que lo llevaba a Cancún en cómodas cuotas. Rápido se dirigió al dormitorio y trajo la Guayabera desteñida por los años. Estuvo observándola durante unos minutos y verificando el cierre de los dos bolsillos. Todo bien. Tranquilo la volvió a su lugar. Apenas ubicado, el aviso de la barra de chocolate parecía salirse de la pantalla con un mordisco ya dado. El coronel sacó la lengua y la pasó por sus labios entrecerrando sus ojos mientras sus glándulas salivares se activaban. En seguida, siguió el programa: “Entrevistas de la semana”. La periodista había logrado calmar los ánimos de sus invitados y les estaba proponiendo pasar a tomar el café en el living del estudio del canal. Entonces el coronel, se paró formalmente frente al televisor y, casi con una reverencia, les fue indicando de a uno dónde ubicarse en los asientos y butacas de su living. Para la mujer más bonita de las panelistas, reservó su propio sillón bergere y él fue a la búsqueda de una butaca del comedor para ubicarla a su lado. Desde allí, miraba a hurtadillas a la pantalla y a la panelista en su sillón. A veces le sonreía. Estaban hablando mal de los militares, muy mal. Pedían explicaciones sobre los restos de los desaparecidos, daban detalles sobre las tremendas torturas. Querían saber sobre los restos mutilados y los vuelos de la muerte. El coronel apretaba sus labios hasta convertirlos en un fino cuchillo. Su miraba se iba endureciendo y se hizo tan sólida como el hierro de las rejas de su casa, mientras sus manos comenzaron a moverse con un tic descontrolado. Diríase que el monstruo escondido quería salirse de su encierro. La mujer contaba que había sido sometida a torturas y conteniendo apenas su llanto, dio algunos detalles de violaciones reiteradas. Torpemente el coronel llevó su mano izquierda al bolsillo de su pantalón, extrajo un pañuelo prolijamente doblado y se lo extendió a la mujer. Luego y sin titubear con su mano derecha extrajo el arma de reglamento, preciado regalo de su padre al inicio de su carrera militar, leal y protectora fiel amiga, dueña absoluta del mundo de sus actos, y en un gesto único e irrepetible, la llevo a su cien y apretó el gatillo.

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