Testigos que no mienten

Es de público conocimiento que las piernas son quizás las partes más atractivas de la anatomía femenina. Esta no es una conclusión de sesudas encuestas con muestreos estadísticos aleatorios estratificados. Es algo que muchos hombres lo sabemos o simplemente lo sentimos, sólo que esta afirmación se derrumba si tenemos en cuenta algunos factores. Por ejemplo, si nosotros – los admiradores o simplemente curiosos – aplicamos algún criterio de estratificación por edad por peso probablemente ya no encontremos interesantes ni los miembros inferiores ni ninguna otra parte de determinado biotipo femenino. De la misma forma si ambos extremos de las benditas piernas no son tan agradables como ellas, probablemente cambiemos la mirada para observar una flor o alguna cosa más interesante. Por ejemplo, si los extremos inferiores de las piernas son pies planos, con juanetes o dedos regordetes, seguramente las bien diseñadas piernas pierdan todo interés. No sé si a todos les pasará lo mismo, a mí sí. Prefiero unos pies bonitos acompañados de unas piernas más o menos que la situación opuesta, piernas lindas junto con pies feos.
Muy distinto es lo que me sucede con los miembros superiores. Es claro que los brazos juveniles son agradables para todos y yo no soy ajeno a reconocer esos encantos, pero las manos, ah las manos…, esas siempre me cautivaron. Y en este caso no sólo las manos bellas que las hay y muchas, todas las manos.
Estas son en mi opinión el órgano más sincero, menos traicionero y más confiable de todo nuestro cuerpo. Pueden trabajar algo menos que el corazón o los pulmones pero jamás te van a matar, nunca van a alojar un cáncer que te vaya comiendo. Las manos sienten, regalan caricias, pelean, te llevan la comida a la boca, siempre frontales, bien dispuestas, serviciales.
Las manos de un bebé, esas manos de dedos gorditos que acarician el pecho materno. Las de un viejo albañil: los miles de metros cuadrados de casas que habrán construido y que ahora disfrutamos. Las manos de un pintor o de una artesana: ¿cómo cuantificar los millares de imágenes y objetos de enorme belleza, texturas y coloridos que han creado por décadas? Las de un cirujano: ¿cuántos órganos enfermos recompusieron, cuántas vidas salvaron todos los días durante años?
Las manos son muy sinceras, son cruelmente sinceras. Nunca mienten. Mientras la piel se puede estirar hasta hacer un moñito de pellejo en la nuca o detrás de las orejas, mientras las narices, las tetas y las nalgas se hacen por catálogo y los labios y otras partes se llenan de botox, ellas están allí, intactas, tal como el paso inexorable de los años las fue esculpiendo. Venosas, con artritis, con cada vez más arrugas y lunares, ellas están allí diciendo que todo lo demás es mentira, que ellas son la única verdad.
Me encantan las jóvenes manos de las violinistas, parecen palomas que inician su vuelo. Me encantan las finas y expresivas manos de las bailarinas de ballet, que tan bien acompañan la grácil destreza de sus menudos cuerpos. Pero no sólo me gustan estas bellas manos, también me conmueven las de una campesina africana ¿Cuántas toneladas de comida habrán producido esas viejas manos para alimentar a su familia? ¿Cuánta agua habrán transportado en enormes baldes encima de sus cabezas? Manos que parecen por su color y consistencia tallas en ébano, la fabulosa madera que es privilegio de su continente.
Y las de un rústico pastor andino ¿Cuántas casas o cabañas sencillas habrán construido en décadas de duro trabajo? ¿Cuántos hijos, cuántas generaciones de llamas, alpacas y vicuñas cuidaron y alimentaron? Manos callosas y piel curtida por inclementes soles que no encuentran oposición en la rala atmósfera de la alta montaña.
Los campesinos de rudas manos no estrechan las nuestras en un saludo, apenas las ponen en contacto. Parece un gesto de sumisión, no lo creo. Prefiero ese saludo que sé que es sincero que un fuerte apretón de un gordo blanco y próspero cuya arrogancia repudio. También me desagradan las blancas y finas manos de un burócrata y de un oficinista: ¿cuántos expedientes y proyectos habrán enterrado, cuántas ilusiones postergadas? Igual que las de un empleado de banco o de casa de cambio: ¿cuántos millones de pesos esas tristes manos han contado durante treinta o cuarenta años? ¿Y para qué? ¿Y a beneficio de quién?
Mis manos son distintas a todas las que me he referido. También me gustan y las disfruto. Son las de un simple tipo que las usa para trabajar, para crear, para jugar, para gozar.

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