Una mala noche

Lo que terminó de despertar a José Pedro no fue el sonido estridente de los taxis, ambulancias y patrulleros que pasaban constantemente a pocos metros de él, sino el frío. Nunca había sentido tanto frío pero especialmente nunca había sentido ese tipo de frío. El frío que no va de la piel hacia adentro sino que parece venir de adentro, que sale del triperío del cuerpo y se expande hacia afuera. Era como si él fuera la fuente de frío. Se despertó tiritando y tomó real conciencia de estar vivo al sentir en su cara ese líquido pastoso que le corría por la mejilla metiéndose en sus labios. Apretó su boca para impedir tragarse la inmundicia.
El dolor en su pierna derecha tardó en aparecer y en realidad lo sintió al tratar, horrorizado, de enderezar el cuerpo huyendo de eso que chorreaba desde su pelo. Fue como una cuchillada en su pierna, aunque nunca lo habían apuñalado se imaginó que así tendría que ser el dolor. Asustado, dejó la pierna quieta, inmóvil, para evitar el insoportable sufrimiento.
No tenía ni idea dónde estaba ni como había ido a parar allí. Su confundida mente se negaba a traerle recuerdos de las últimas horas pasadas.
Como sus brazos volvieron a la vida sin generarle dolores, José Pedro intentó recorrer su torso buscando eliminar un peso que sentía sobre su abdomen. Cuando su mano toco la masa cálida y húmeda trató de sacársela de encima frenéticamente pero, al removerla, invadió su nariz el repugnante hedor de las heces humanas frescas. No pudo evitar vomitar lo que lo obligó a hacer el esfuerzo de enderezar su cuerpo. Sus movimientos coincidieron con la extraña sensación de estar elevándose con todo la basura que lo rodeaba. El ruido del motor del camión recolector al levantar el contenedor le hizo entender lo que realmente le había sucedido. Recién ahora, al ver la mugre incalificable que lo rodeaba contrastar con el color celeste del cielo apenas manchado de algunas blancas nubes, tomó conciencia de donde estaba.

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